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Las ruinas del templo

En pocos días, Cemento hubiera cumplido tres décadas. Un libro rescata al lugar como semillero del rock nacional que cerró sus puertas después de Cromañón.

El 30 de diciembre de 2004, mientras en Cemento terminaba de tocar la banda Nuca, el humo comenzaba a expandirse en República Cromañón. Cuando subió al escenario la banda  Sancamaleón, los rumores que llegaban a Constitución decían que en el boliche de Once, donde se estaba presentando Callejeros habían muerto cuatro personas a causa de un incendio. Los integrantes de Sancamaleón no recibieron ninguna orden de suspender su presentación y ante la falta de información y confirmación de lo que estaba ocurriendo a muchas cuadras de ahí, empezaron a tocar. A mitad del show, la noticia comenzó a esparcirse entre el público: no solo estaba confirmado el fallecimiento de decenas de personas sino que otras aún estaban dentro, aun atrapadas. Un grupo de padres equivocados de locación, se agrupaban en la puerta, preguntando por sus hijos.  El clima se enrareció y Sancamaleón fue avisado. Abandonaron el escenario sin saber que serían ellos los últimos en tocar en vivo en ese templo del rock. 
 
Esa noche comenzó a escribirse otro capítulo de la historia de la cultura undeground de Buenos Aires que finiquitaría varios antros, cambiaría el significado de palabras como “autogestión” y modificaría hasta la estética misma de los shows porteños. El último día de 2014, Cemento retomaría  el que era su destino original antes de que a un ex actor devenido en empresario de espectáculos, Omar Chabán,  se le ocurriera convertir ese lugar en una usina cultural. Ese destino era ser lo que es hoy, simplemente un garaje.
 
Semillero. El próximo 9 de julio, Cemento cumpliría 30 años. Pero no podrá ser y eso entristece a mucha gente que veía en ese lugar un templo, el templo del rock, como se lo conocía. Hay quienes incluso aseguran sentir la necesidad de persignarse ante su paso por Estados Unidos 1238 y otros decidieron, directamente, no pasar nunca más para no tentar a los fantasmas de la nostalgia. De algún modo, ese rincón de la ciudad, junto a esos sueños y a ese estilo de “gestión”, se convirtieron en algo sin discusión: pocos se atreven a tocar la llaga del dolor de las 194 familias destruidas la noche del 30 de diciembre de 2004. 
 
Aún así, poco tiempo después de que se cumplieron diez años de la tragedia (o como muchos llaman, masacre) el periodista Nicolás Igarzábal decidió hacer algo así como un movimiento reconstructor y reparador de la parte de la historia que se convirtió en tabú: el lado luminoso de Omar Chabán, único encarcelado por lo ocurrido esa noche. Si bien el libro escrito por Igarzábal, “Cemento, el semillero del rock” no pone el foco en el empresario en sí, al reconstruir el mito del antro y evocar los datos que dan prueba del rol destacado de esa discoteca en la vida (contra) cultural porteña primero y en panorama nacional después, la luz de un personaje retratado como siniestro, es por lo menos, desconcertante. 
 
“Chabán fue demonizado estos últimos diez años y es compresible pero cuando uno investiga todo lo que significó Cemento y la cantidad de gente que lo quería, ve una faceta mucho más compleja y humana. Eso lo vuelve una persona muy difícil de definir”, observa Igarzábal que pronto aclara, no se hubiera animado a escribir únicamente sobre él, en vistas de las heridas que han quedado.
 
Movido por memorias personales, Igarzábal realizó más de 150 entrevistas para dar con un puñado de anécdotas que hacen al relato oral, a la leyenda urbana que flotaba en el aire pero que nadie terminaba de capturar “oficialmente”, sobre la discoteca en sí. El periodista pisó por primera vez el boliche en 1999, a sus 14 años, para ver a Attaque 77. Fue un 12 de noviembre y estaba acompañado de su padre. “Me daba miedo, respeto entrar. El lugar era tenebroso, la verdad, no sonaba del todo bien pero había algo especial, la sensación de estar en un lugar importante. Yo era chico y eso me intimidaba”, recuerda. “Esa noche estaba lleno pero eso no era lo usual. Prácticamente de lunes a domingo, Cemento abría todos los días pero las bandas que tocaban eran chicas y jamás lo llenaban del todo, aun así tenían un lugar”, describe. 
 
Nadie sabe bien cómo era posible que el lugar se mantuviera siendo tan alternativo y poco rentable, aunque tampoco eso era una gran sorpresa: el concepto romántico que Chabán tenía acerca de  su proyecto era una suerte de  piedra fundante de su resistencia. Un tiempo viviendo en Berlín, lo habían convencido de que los galpones eran mucho más que galpones: eran posibles incubadoras de nuevas ideas y artistas. Y hacia eso fue con una tenacidad admirable y una capacidad de improvisación que aunque supo vestirse de encanto, terminaría por pasar factura. Sin ir más lejos, la misma noche de inauguración, el lugar estaba convertido en un pastiche: el cemento que revestía el piso no se había secado y el agua que se filtraba por las goteras de un recinto supuestamente recién modelado, tampoco ayudaban. El engrudo sobre el que había que caminar provocaba que mucha gente perdiera los zapatos.  Eso no impidió que su co equiper, pareja, y socia de aventura, Katja Alemann entrara vestida de  walkyria a bordo de una carroza tirada por caballos. Eran tiempos de punk, del do it yourself y detrás de cada contra tiempo, parecía haber una aventura por vivir. 
 
“Yo pisé el lugar por primera vez a fines de los ´90. Todos me decían que lo mejor había pasado, que los verdaderos años para ir a Cemento eran los ´80. No sé qué tan buenos fueron esos años pero la década siguiente también encontró un lugar muy fértil para bandas nuevas y hasta para las primeras fiestas electrónicas”, asegura. 
 
Cromañón y después. Hoy es difícil sino imposible mensurar los efectos colaterales que Cromañón tuvo en la generación y difusión de las movidas culturales alternativas en Buenos Aires. Aun así, Igarzábal asegura que la serie de clausuras y prohibiciones contribuyeron a limitar la emergencia de nuevos talentos, tanto como el cierre mismo de Cemento. La ciudad se habría quedado sin un gran patio de juego para artistas de todo estirpe. “Mi motivación para escribir este libro fue despertar una nostalgia positiva, de cierta escena cultural que aunque pudiera tener defectos, era rica, compleja, e influía en lo que pasaba en el resto del panorama, algo que hoy no se ve mucho. Tengo fe en lugares como el Matienzo, pero el tiempo dirá”, concluye tan esperanzado como intrigado.

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