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¿Cuál democracia?

En medio de un clima agitado por las tomas y los desalojos, el filósofo Emiliano Primiterra propone analizar el concepto de propiedad privada en un texto que pone a flor de piel -desde distintas perspectivas- las vicisitudes del sistema democrático.

Los orígenes de la industrialización y el concepto de la propiedad privada entendida en su acepción moderna, son concomitantes al desarrollo del concepto (también moderno) de democracia. Pensar el concepto (no ya la idea) de “propiedad” en sentido contemporáneo y no entender que ella se ve , a su vez, circunscripta a la esfera de acción del poder instituido democráticamente, es no poder dar cuenta de un hecho histórico imperante.

Los tiempos presentes, ya bien por propia obliteración del sistema capitalista hacia dentro de sus propios límites, esto es, de manera endógena, ya por accidentes exógenos al mismo (si es que estos pueden ser catalogados como tales) denotan de manera diversa los atisbos de flaqueza que edifican tanto a los conceptos de propiedad como, así también, a los de democracia liberal. En este marco es que pareciera necesario replantear dichos presupuestos para poder entrever cómo los poderes políticos y económicos atraviesan la vida de los ciudadanos.

Ya autores como Hanna Arendt, o Judith Shklar-por nombrar algunes- reflexionan sobre los límites de la democracia y proponen, desde lógicas diversas, distintas críticas a sistemas representativos. La primera de ellas viene a encauzar una crítica a los sistemas totalitarios, los cuales, por medio de sus múltiples herramientas de control, vienen a introyectar sus acciones dentro de la esfera del ámbito privado. La segunda, propone una lectura de la democracia como un sistema que no viene a solventar los problemas emanados de las diferentes interacciones propias de los ciudadanos, sino más bien a tratar de que tales problemas no sean mayores, esto es: la visión de Shklar es, en palabras de Honnet, una lectura de la democracia de corte “negativo”.

En efecto, la democracia en tanto sistema representativo siempre ha sido objeto de críticas desde sus propios inicios- y en esto también la figura de Rousseau, entre otres, es paradigmática-. Actualmente, ya habiendo pasado más de trescientos años desde la fundación de la democracia republicana de corte liberal, el mar de tinta que viene a intentar minar los cimientos de tal hecho histórico perpetuado a lo largo de todo este tiempo pareciera ser, sino infinito, al menos de una magnitud que difícilmente pueda comprenderse en su vasta extensión.

En Argentina la crisis de las instituciones democráticas no es algo que se mantenga al margen de la manifestación ciudadana. Las subjetividades propias del discurso político que vienen a ponderar un cambio en, al menos, alguno de los aspectos del sistema democrático, representativo y republicano argentino, proponen alternativas, sino radicales, al menos necesarios en varias de las agendas del poder político de turno. Sin ir más lejos, actualmente pareciera que el quid de la cuestión se vertebra en torno al concepto de propiedad de la tierra y de una serie de derechos que, dado el relativismo jurídico imperante en nuestro sistema legal, ponen en pugna la dignidad propia de “lo humano”.

Pareciera al menos necesario, -en el marco de este tipo de manifestaciones socio-políticas- detenernos a pensar los alcances mismos del sistema que, de manera concomitante, reproducimos. Votar de manera obligatoria un sistema que pareciera encarnar el camino necesario para la obtención de una maximización de derechos de igualdad, a la vez que ciertas personas claman por tierras para mejorar su calidad de vida, siendo que se ven excluidas de los medios mínimos de subsistencia, es -al menos- una actitud que debiera poder ser revisada dentro de los marcos de una eticidad plausible de ser enaltecida. En otras palabras, continuar reproduciendo una lógica representativa en torno al voto democrático de corte liberal sin siquiera detenernos a pensar qué estamos haciendo cuando “hacemos el voto” es, al menos, una actitud posible de ser criticada dentro de los anhelos de una mejora social.

"En Argentina el problema no es netamente económico, no es ya el problema de un grupo (cerca del 40% de la población habitante) sesgado de derechos mínimos como ser el acceso a un sueldo digno. A ese dilema se suma el problema de una pobreza estructural."

En Argentina el problema no es netamente económico, no es ya el problema de un grupo (cerca del 40% de la población habitante) sesgado de derechos mínimos como ser el acceso a un sueldo digno. A ese dilema se suma el problema de una pobreza estructural no ya solo en materia económica sino- también- en aspecto cultural, educativo, social.

El problema no es ya quién produce riquezas y cómo lo hace (los nombres ya los conocemos todos, los medios son los propios de la explotación capitalista), la pregunta es ¿hasta cuándo?, o más bien ¿hasta que limite vamos a soportar que, en tanto sociedad representativa y democrática, los mismos poderes políticos que debieran ser, valga la redundancia, representativos de las necesidades de la población (o bien de parte de ella) den la espalda a sus propios votantes? El problema no es ya qué tipo de (la) política debiéramos enaltecer como estandarte de representatividad, si acaso es tal o cual partido político el que debiera ser dirigente de una sociedad republicana en su ámbito legislativo y ejecutivo. La pregunta (y por tanto la problemática) es más bien sobre la esfera de “lo político”.

Esta diferencia determinada por Schmitt y reproducida por otres pensadores tales como Mouffe, Laclau, Rosanvallon, entre otros, cobra una suprema importancia en los tiempos que corren. La pregunta no sería ya “¿qué tipo de representante encarna mejor la idea de igualdad que tenemos como sociedad?”, sino más bien “¿Qué tipo de sistema es mejor que el que tenemos hoy en día?”.

El sistema democrático de corte liberal esta, en efecto, mostrando las hilachas de una maquinaria que viene a necesitar engrasarse para poder subsistir. Les representates que vienen a “encarnar” la voluntad general no son más que sujetos proclives a reproducir las desigualdades imperantes que el mismo sistema democrático liberal necesita vertebrar para su propia conformación.

En otras palabras, la incipiente necesidad de votar representantes que perpetuán las desigualdades propias del sistema capitalista, junto a los reclamos de tierras de aquellas personas que las solicitan es, al menos bien, un ejercicio político que debiera ser revisado para poder preguntarnos si acaso debiéramos (o no), continuar sosteniendo este mismo tipo de “contrato social” (si es que acaso algo así existe) ya tan introyectado hacia los limites propios de nuestra sociedad.

Emiliano Primiterra. Licenciado y Profesor de nivel medio y superior en filosofía (UBA-ClaCSo)

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