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¿Qué es la educación de formación docente? Una respuesta a Soledad Acuña

Un análisis y una respuesta a las frases más contundentes y polémicas de la ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, quien develó su estigmatización hacia lxs docentes.

Hace unas pocas horas se viralizó un video de la Ministra de Educación porteña para quien les docentes son personas que eligen la carrera de enseñanza profesional como “tercera o cuarta opción luego de haber fracasado en otras carreras”. Soledad Acuña llegó a ser Ministra de Educación más que por curriculum, por contacto político (como muches otres ciudadanos que consiguen algún puesto de renombre en las arcas del poder estatal en nuestro país).

La trayectoria formativa de Acuña, quien es licenciada en Ciencias Políticas (Universidad de Buenos Aires) y concluyó una maestría en Administración Pública (Universidad de San Andrés), tiene un perfil académico que bien sería mejor ligar a algún ámbito de alguna otra cartera política en algún otro ministerio o sub-área ministerial y no, propiamente como hoy sucede, ofrecer el control político sobre un área tan importante como lo es la educación.

Sin ir más lejos, y dado que hablamos de una figura política es menester dar cuenta de algunas otras declaraciones de Acuña para entender el grado de displicencia con la cual, la ministra, se maneja a la hora de referirse a les docentes.

Acuña declara que, su gestión llevó a cabo un “proceso de evaluación no sin pocas luchas porque entrar a los institutos es una discusión de política partidaria constante”. Sería interesante que la ministra entienda, primeramente, que los centros de formación (a lo largo y ancho del país) no son – en modo alguno- claustros cerrados solo a los contenidos curriculares emanados de cada cátedra, sino -más bien- ámbitos de discusión política en donde (históricamente) se juega el futuro de muchos posibles caminos políticos (sin con ello denostar la lucha que se lleva a cabo en otros espacios de discusión y movilización como ser: las calles, fabricas, etc).

Las palabras de la ministra no pueden ser desechadas como una afirmación inocente, siendo que ella se formó en una de las universidades públicas más importantes de Latinoamérica en donde la lucha partidaria es moneda corriente (y más que “moneda corriente”, moneda deseada). Proponer, de la manera en que Acuña lo dice, que existen esas luchas dentro de los institutos es – no ya desconocer esa misma realidad sino- pretender que eso no suceda por considerarlo impropio del ámbito educativo.

Siendo la Ministra de Educación de la CABA no debiera permitirse tanta licencia, porque promover la inexistencia de esas luchas, o criticar que las mismas existan hacia los límites propios de las instituciones de formación docentes es, en modo alguno, promover una idea de educación no crítica, camino que nos llevaría a ser una nación dependiente de las ordenanzas del poder político de turno. En otras palabras, Acuña no solo desea promover la inexistencia del pensamiento político crítico en los ámbitos de formación docente, sino también (pareciera extraerse de su afirmación) alimentar el avasallamiento a ideas emanadas de los poderes políticos de turno, lo que es lo mismo que desear la “esclavitud racional.”

Pareciera ser que el objeto central de su “molestia” en tanto ministra es no menos que “la izquierda”, ya que “la izquierda ha tomado una fuerza muy grande”. Lejos de enaltecer las discrepancias políticas que hacen a una nación republicana y federal como es la nuestra, Acuña se esgrime defensora de una perspectiva en que no hay lugar para las alternativas al pensamiento hegemónico, esto es: no hay lugar para aquelles quienes piensan distinto al poder de turno (Cambiemos).

Acuña cita las conclusiones de una encuesta emanada del Gobierno Nacional (Ministerio de Educación). Según el mismo los inscriptos a las carreras docentes de todo el país son personas cada vez de mayor edad (entiendo, respecto de los años anteriores) y que, además, son sujetos que eligen la carrera docente luego de “haber fracaso en otras carreras”.

Esto pone a Acuña ante una problemática mayor que aquella de la cual ella misma da cuenta (si acaso eso fuese un problema): Acuña no hace otra cosa que discriminar el acceso a la educación terciaria de aquellas personas que no han podido desempeñarse en otros ámbitos educativos o profesionales, cómo si alentara al abandono de posibilidades, cómo si acaso haber fracaso en algún ámbito determine (o deba determinar) el no poder modificar una situación educativa pre-existente. Acuña pareciera ser una teóloga protestante que ve en el progreso individual el sello del destino de la salvación predestinada.

Sin embargo, el ataque a las personas “adultas” (habría que ver qué es ser “adulto” para formarse, progresar, crecer, educarse, trabajar, etc.) no termina ahí. La ministra refiere que, además de la gran franja etaria de personas que se inscriben a los institutos de formación docente en edades “avanzadas”, la mayoría proviene de ámbitos cuyo “nivel socio económico es cada vez más bajo”.

Paremos un poco acá. ¿Debiéramos pensar, entonces, que las personas de “sectores bajos” (habría que ver, nuevamente, a que nos referimos cuando hablamos de “sectores bajos”) son sujetos que “valen menos” que otres para formarse? Ni que hablar de aquellos que, vivenciando una situación socio-económica catalogada como “baja”, además son “mayores” en cuestión de edad. Esos sí que están en problemas. El tema es que la Ministra no está queriendo decir (o al menos eso pareciera) que las personas que deben trabajar sobremanera cargados de responsabilidades familiares y sin poder acceder a las condiciones dignas de vivienda y salubridad se ven impedidos de conseguir, como debiera acontecer con todes les estudiantes de la Argentina, un título académico.

En verdad los dichos de la ministra apuntan a lo contrario: desean afirmar que aquellas personas no debieran estudiar ni (¿quizás?) gastar recursos del estado en, siquiera, intentarlo porque además su “capital cultural y experiencias enriquecedoras al momento de aportar para el aula” no son las más adecuadas para ser impartidas una vez esas personas (si es que pueden hacerlo pese a los muchos obstáculos que se ven forzados a superar día a día) se reciban, finalizando sus estudios y abriéndose lugar a la obtención de un trabajo digno.

(Nota al margen: “capital cultural” es un concepto de Pierre Bourdieu quien refiere que “la condición de capital cultural se impone en primer lugar como una hipótesis indispensable para dar cuenta de las diferencias en los resultados escolares que presentan niños de diferentes clases sociales respecto del éxito “escolar”, es decir, los beneficios específicos que los niños de distintas clases y fracciones de clase pueden obtener del mercado escolar, en relación a la distribución del capital cultural entre clases y fracciones de clase”. La definición del sociólogo francés no es en modo alguno utilizable por él para denostar las características culturales propias de cada conjunto de la sociedad vapuleada por el capitalismo. Todo lo contrario. “capital cultural” es una herramienta (desde su perspectiva metodológica) para determinar la realidad de condiciones particulares de producción y relación entre sujetos (desde una perspectiva ontológica). No es, en modo alguno, una característica que deba ser “criticada” como refiere la ministra, como si hubiese “mayor capital cultural en una clase social que en otra”. Muy por el contrario, el “capital cultural” es transversal a todo sujeto en relación a una sociedad tal o cual. Pareciera que Acuña hace uso de un concepto sin conocer bien su categorización, o quizás no peque de ignorante sino de discriminadora).

Es cierto que el sistema educativo en Argentina es uno muy pobre en materia de cantidad de personas que lo concluyen. Las razones son polivalentes: los valores reales de la economía cada vez son más pobres, la violencia intra-familiar cada vez es mayor, los recursos que el estado promueve para la cumplimentación de las carreras (secundarias, terciarias y universitarias) dejan mucho que desear, unido (ahora sí) a que el sistema educativo arcaico en su generalidad debiera ser reformado. Sin embargo nada de ello pareciera promover la ministra salvo cuando aclara que, desde el Gobierno de la Ciudad (autónoma) la discusión se abrió pero que ninguna de las demás provincias del país promovió el debate (¿punto para la ministra?).

En otro segmento del video en que la ministra da cuenta de su (poco) arsenal argumentativo, refiere que “la raíz está en lo que se define como perfil de un docente en un instituto de formación docente, y por eso yo insisto con que la gran discusión tiene que ser cómo enseñamos a enseñar, porque un docente que aprende bien sabe que lo que tiene que hacer es enseñar a pensar, no decirle a los chicos qué pensar”.

La ministra pareciera esgrimir el postulado de que el conocimiento se puede transmitir (si acaso eso es posible, otra de las cuestiones sobre las cuales hay muchas críticas) de manera “objetiva”, pensando en que les docentes son entidades autónomas parecidas a “robots” que no se relacionan con su medio socio-político. Como si se pudiese abstraer las vivencias particulares de cada quien y dar cuenta de un conocimiento “celestial” que emana de la “razón pura”. La ministra no entiende, (quizás se olvidó de sus clases en la Facultad de Cs. Sociales cuando estudiante) que somos sujetos situades y atravesades por contingencias particulares que condicionan nuestro accionar socio-político, y por lo mismo, educativo.

Lo que considero aún más terrible de todo lo que Acuña propone es que afirma que debe ser la sociedad civil (y con esto estoy de acuerdo pero no por las mismas razones, y buscando los mismos resultados que Acuña) quien debiera inmiscuirse en los ámbitos de formación docente. La propuesta de la ministra se asemejan más a la “purga stalinista” que a otra cuestión de índole política más incluyente y, vale decir, “democrática”. En efecto, la funcionaria llama a que sean las familias quienes (en su rol de conjunto de ciudadanos) controlen que les docentes no se “desvíen” del correcto camino del enseñar. El control no es otra cosa que “denuncia” ya que “si nosotros no tenemos denuncias concretas de las familias es muy difícil que podamos intervenir”.

Parece curioso (pero igualmente importante de remarcar) que los dichos de la ministra se alineen a la nota editorial de Clarín de hace pocos días (06/11/2020) en donde se refiere que Argentina transita “238 días sin clases”. Pareciera, nuevamente, que ciertos grupos socio-políticos proponen ideas similares respecto de la educación. No tan curioso es que, justamente, esos dichos vengan de personas quienes no conocen las realidades socio-educativas de la argentina y aún así sean, una, la ministra de educación de CABA, el otro, editor de un diario nacional que se arroja el poder de escribir sobre estos temas.

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