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El ataque que marcó un antes y un después en el fútbol

Es injusto para vos. Es injusto para mí. Es injusto para la mayoría de los que amamos este deporte.

Lo de ayer no es una imagen más en la historia de fútbol. Es una captura que describe el daño (palabra que queda chica) al fútbol en un evento que, con el color y sus particularidades, debería ser una fiesta para nuestro país y, también, para el resto del mundo.

La noticia fue clara: algunos pocos violentos pero conocidos por varios agredieron con gas pimienta a los futbolistas de River que salían a disputar el segundo tiempo del Superclásico.

Y luego, en medio de un mar de dudas, entre veedores, policías y el propio árbitro, la situación se tornó aún más vergonzosa.

Sucede que, dejando en un segundo plano la salud, se apresuraban por analizar si el partido podía continuar cuando todo debió haberse decidido minutos después del lamentable episodio.

Pero no: durante más de dos horas los jugadores de River, vale aclarar que con muy poca colaboración y solidaridad del equipo de Boca que hasta incluso se formó simbólicamente en el campo de juego, debió sufrir la pasividad de los encargados en definir que el partido tenía que suspenderse cuanto antes.

Ahora las alternativas que se especulan con el futuro del partido entre el conjunto de Núñez y el xeneize son tan sólo, a raíz de los graves hechos, un detalle en medio del problema de fondo. Ya no importa quién gana el partido. Ya no importa si el partido continúa. No es prioridad. O, al menos, no debería serlo.

Es que esto que pasó-nos pasó- en nuestro amado deporte tendría que significar un antes y un después. Caso contrario, ésa bochornosa jornada que manchó al mundo de la redonda volverá a repetirse una y otra vez. Quizás soy algo reiterativo e insistente, pero estas cosas no pueden volver a suceder. De ninguna manera.

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