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Celebrar a Charly García: siete vidas de arte y rock en carne viva

Somos contemporánexs del hombre que escribió la banda de sonido de varias generaciones, del tótem viviente de la música en castellano. Celebremos, escuchemos y brindemos por él.

De los 70 años de vida que Charly García cumple este 23 de octubre, más de 50 los vivió (y sigue viviendo) sumergido en las mieles, luces, sombras y descensos a los infiernos que el rock incluye por default en su abanico de cultura popular, rupturas y arte estallado. Charly protagonizó y potenció cada una de esas características; subió y bajó cada uno de los escalones al hall of fame del sexo, las drogas y el descontrol. Y aquí está, con siete décadas de vida, siete vidas ya utilizadas, hoy a puro bonus track.

Somos contemporánexs del músico argentino que más canciones dejó plantadas en la memoria emotivo-musical de la patria, el autor de letras y melodías que atravesaron una dictadura, que sonó en casas, oficinas, aguantaderos, autos, motos que van a mil. Desde algún lugar intangible Piazzolla, Spinetta, Atahualpa, Cerati, Pappo, Mercedes, saben que es así. Solo por eso, sin tener que apelar a otro motivo, se entiende y se explica que la semana de su cumpleaños el país se haya teñido con los colores de su bigote, que hayan sonado sus himnos con más fuerza y el amor de los y las argentinas por sus artistas se haya vehiculizado hacia él. Necesitábamos una celebración y Charly, otra vez, nos dio lo que precisábamos, estando acá, entre nosotrxs.

En 1972, cuando Sui Generis editó su disco fundacional, Vida, nadie suponía que ese flaco desgarbado, pianista de formación clásica, recibido de profesor a los 12 años, terminaría marcando a fuego la historia y compondría la banda de sonido de la vida de varias generaciones. Mucho menos que haría de su cabeza y su cuerpo una obra en carne viva, una performance de arte constante que iría acelerando su velocidad hasta dejar abolladas todas las banquinas que se le cruzaron.

charly garcia máquina de hacer pájaros
Charly en los años 70s.

Charly en los años 70s.

Pasó casi medio siglo desde aquel vinilo iniciático (para Charly, para Nito Mestre, para miles de argentinxs que comenzaron a escuchar rock argentino gracias a ellos) y este 2021, a la luz de los años recorridos, la obra escrita y las vidas gastadas, una de las tantas frases iluminadas de Charly García aparece en relieve: "¿Cuántas veces tendré que morir para ser siempre yo?", como escribió en El show de los muertos, gema de Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, la obra cumbre de Sui Generis.

La máquina de hacer pájaros, Serú Girán, una carrera solista demoledora y abismal (mención obligada para Clics modernos y Piano bar, los dos puntos más altos de la discografía del rock en español) están en el aire como protagonistas insoslayables de la historia del país, de los años de fuego (¿alguno no lo fue en este rincón del planeta?). Las canciones de Charly contaron la historia y la escribieron porque son parte de ella. Como él sobre un escenario, tocando sus mejores acordes o partiendo en dos una guitarra, entregando cuatro horas de música inoxidable o haciendo esperar cuatro horas al público, como aquella vez en Córdoba, cuando abrió a las 4 am un concierto que debía comenzar a las 0 al grito de "yo no llego tarde, llego a la hora que quiero".

Los cariñosos saludos de cumpleaños para Charly García de sus amigxs

Dicho esto a modo de resumen (¿se puede resumir la carrera de una bestia de la música popular en unos cuantos párrafos más allá de la buena voluntad del escriba?), la nota pasa a modo autorreferencial, con las disculpas del caso.

Ingresé al universo Charly García en 1989, con el hitazo que fue y sigue siendo Fanky, track de Cómo conseguir chicas, uno de sus discos más pop y a su vez de los menos considerados por la crítica (quizá por eso alguna vez él lo eligió como su favorito). En ese entonces, con 16 años a cuestas, compré el casete. Un año después llegó Filosofía barata y zapatos de goma, el que lo llevó a tribunales para explicarle a un imbécil con título de abogado por qué había grabado el Himno Nacional Argentino con máquina de ritmos y guitarra eléctrica.

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Charly García post piletazo, año 2000

Charly García post piletazo, año 2000

Ese mismo año, 1990, fue mi verdadera puerta de entrada a Charly García: un concierto en el Gran Rex, parte de una larga tira de shows que incluyeron una noche con corte de luz en el medio y una velada con un fan que subió al escenario con una pistola de juguete y le apuntó a la cabeza.

Esa noche de noviembre de 1990 fui testigo desde la fila 3 de la platea de un concierto visceral y a la vez regado de música inmortal. Descubrí canciones que hasta entonces no había escuchado, le conocí yeites, tics, su ingenio desbordante, su capacidad de improvisación, su rebeldía arrolladora. "Si no vuelve la luz en 20 minutos le prendemos fuego al teatro", dijo en un momento a un público que no paraba de cantar que "si no sale Charly va a haber quilombo". La cosa no pasó a mayores y a cambio de eso el flaco salió con una guitarra acústica a tocar canciones de los Beatles y los Rolling Stones, hasta que volvió la luz al teatro y el show continuó como si nada hubiera pasado. Pero sí había pasado, al menos en mi, que una semana después tenía ya comprados todos los casetes de sus años solistas hasta ese momento.

Son 30 años de García, de los distintos Charly García que hemos visto en estas décadas. El flaco, el internado, el desintoxicado, el reinternado, el que se tiró de un piso 9 para caer como una gacela en una pileta de natación, el que habló mal de Carlos Menem y después fue a tocar para él a la Quinta de Olivos. El de Say No More siempre al borde del precipicio, el que se rió de De la Rúa ("Chupete, Chupete, ponete el brazalete"), el que coqueteó con Néstor y Cristina, el que tocó en tantas Plazas de Mayo del 2003 para acá, el que le dijo a los funcionarios macristas "brutos" por convocar a alguien que décadas atrás lo había censurado. El que resucitó con Palito Ortega, el que editó un disco en 2017 (Random) que nos sorprendió y encandiló por haber sido, quizá, el mejor que hizo en casi dos décadas. Y también el Charly que en 2020 editó con Roberto Pettinato una placa de versiones atravesadas por el free jazz y su voz quebrada pero presente.

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Charly García (sesión de fotos para el álbum Random, 2017)

Charly García (sesión de fotos para el álbum Random, 2017)

Tengo un Charly para cada año de los últimos 30, por ello es que se me hace difícil cerrar este artículo que me lleva más tiempo del previsto. Es inevitable mencionar postales, dejar en palabra escrita noches lluviosas de antología como la de aquel Quilmes Rock de 2004 cuando se paró sobre el piano guitarra enchufada en mano bajo un diluvio que podría haberlo fulminado en vivo; o la noche del regreso detox en el Velez de 2009 donde además de reencontrarse con el público después de su tormenta personal se volvió a cruzar en un escenario con Luis Alberto Spinetta.

O su desplante de 1996 cuando (casi) presentó Say No More en el Ópera con un concierto que duró unos pocos minutos hasta que se enojó con el público porque no contestó bien a una pregunta.

—¿Ustedes saben cómo nació Say No More?

—...

—¡Con Los Beatles!. Vuelvan en marzo, chau.

Entre otras decenas de epopeyas, escenas, situaciones algunas contables y algunas indecibles, otras reservadas a la memoria personal, al amor, al dolor, al placer y al displacer de ser admirador, fan, escucha constante y también, como él mismo supo definir más de una vez: como aliado.

Charly García hoy, el de hoy, sigue grabando cosas en su casa, tirado en una cama, rodeado de iPads con sonidos, ideas y borradores de lo que en el corto plazo seguramente será otra obra para atesorar. Lo tenemos acá, cerca, mucho más cerca que el hecho de que viva en la esquina de Coronel Díaz y Santa Fe en la bombardeada Buenos Aires, esa que alguna vez será de forma oficial la Esquina Charly García, con cartel y todo.

Un Charly, todos los Charlys, el que cada unx elige pensar, escuchar y querer. El grito sagrado del rock argentino. Gracias, Charly García, por la obra, por haber nacido acá, por estar cada día en el sonido de la ciudad, del país, del universo todo.

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