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Algo está ardiendo

Cuarta entrega de "El día que Néstor murió". Diez escritorxs argentinxs recuerdan durante 10 días aquel 27 de octubre de 2010. Cada unx pone en perspectiva, desde la literatura, la importancia de un hecho ineludible para la historia argentina.

No era un enojo íntimo. Ni conocí a Néstor ni fundo en motivos personales mi amor, mi odio, mi entusiasmo, mi gratitud o mi rabia, si se trata de protagonistas de la política.

Aún no había prendido la televisión cuando me crucé en las escaleras con mi vecina, ya avanzada la mañana. Me lo contó con lágrimas en los ojos. Entré a mi estudio estupefacta, prendí la computadora, me dispuse a trabajar. En ese tiempo estaba cerrando la edición de Los prisioneros de la torre, un análisis de la narrativa que venían escribiendo las personas jóvenes durante ese largo lapso que (por razones fundadas) yo llamaba y sigo llamando postdictadura. La dictadura, en ese octubre 27, llevaba también 27 años de finalizada pero no me cabía ni me cabe duda de que entonces la postdictadura todavía estaba transcurriendo. ¿Está transcurriendo hoy, a diez años de la muerte de Kirchner? Hoy cabe, afortunadamente, la duda. Y eso tiene mucho que ver con que Néstor Kirchner haya existido.

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Pero volvamos a aquel mediodía. Tenía agendada, entre otras, la tarea de escribir mis impresiones de lectura sobre un libro de F.G. Mazzeo alias el Gato, escritor y periodista con quien me gustaba charlar cuando nos cruzábamos en eventos de la Revista Barcelona. Yo acababa de leer su libro de cuentos Ejercicios para la mano izquierda y había decidido extraer de ahí un epígrafe para mi ensayo. Como hago cuando una obra me interpela, decidí redactar mis notas en un email para el autor. Me proponía hablar de su libro pero los dedos se pusieron a volar por su cuenta en el teclado:

Gato querido, cuando ayer pedí tu mail a Dani no tenía cómo imaginarme que te iba a escribir con este estupor, esta desazón. En realidad quería contarte que leí tus cuentos de Ejercicios... y como voy a usar un epígrafe tuyo, preciso tu fecha de nacimiento. Pero me siento Nerón tocando la lira, Gato, pensaba usar todo el día para el ensayo y la clase de mañana y ya veo que no podré dejar de pensar en lo que pasó.

Yo no sé cómo te pega a vos esta historia, no soy kirchnerista (me siento muy poco kirchnerista cuando pasan cosas como Mariano Ferreyra, francamente) pero frente a ciertos enfrentamientos extremos apoyé el kirchnerismo. De todos modos, aunque la muerte de Néstor me agarra bastante furiosa con las políticas K con el sindicalismo (la negación a reconocer a las CTA, solo por dar un ejemplo, es inadmisible), no puedo dejar de acordarme de la real alegría, la real esperanza de aquellos primeros meses del gobierno de Néstor, que voté, no puedo dejar de pensar que mal que bien, estos dos presidentes hicieron los mejores gobiernos que recuerdo desde 1974 (claro que eso no es mucho decir...). Estoy shockeada y preocupada. Y no puedo dejar de sentir una profunda solidaridad con esa mujer que se queda sola después de tantos, tantos años, y tiene que tirar para adelante y seguir gobernando en este momento político tan tenso. Y mirá que detesto varias cosas de esta mujer y de estos dos gobiernos que tantas veces fueron más para el bla bla y la foto que para acciones en serio...

Y sin embargo me pega. Me pregunto si voy a ir hoy al Congreso, creo que sí. Me digo que quise ir al velorio de Perón cuando tenía 16 años y me arrepentí siempre de no haber ido... Hay gente que no podés juzgar solamente con tu juicio individual ni por una coyuntura… Creo que esa sería la conclusión, ¿no? Hay gente que se juzga (o se llora, o se homenajea, o se repudia) incluso más allá del propio llanto y el propio homenaje o repudio, porque tienen una significación histórica cuya evidencia no se debe evitar, no se puede eludir.

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Cuando murió Alfonsín no sentí este dolor, y eso que tuve una cierta conmoción porque fue también el nombre de una breve, brevísima esperanza para mí. Cuando murió Alfonsín mis sentimientos estuvieron más cerca del poema de Pablo Marchetti, pese a que soy de otra generación. De paso te cuento que ese poema va también como epígrafe de un parágrafo de Los prisioneros…: “el problema es/que hoy murió el padre/de nuestro escepticismo y esa muerte/no nos deja ninguna/esperanza”.

Sospecho que Néstor es en cambio el padre de una cierta esperanza. Quizás porque pese a las decepciones, ni él ni Cristina nos terminan de decepcionar.

Recién después de esas largas líneas pude hablarle al Gato de su libro, y cuando terminé le mandé un abrazote en este día tan raro, a lo mejor tan triste. Envié el mail y mi marido me habló desde su estudio:

-Facebook arde -dijo.

Ardor. Una palabra tan hermosa.

Recordé esas noches de intensidad en el viejo Bar La Paz, incluso durante la dictadura: las mesas bullendo de conversaciones, ideas, gente que entraba, se acercaba, contaba proyectos y después se iba pero venía otra que estaba pensando que…, estaba escribiendo que…, proponía hacer esto, lo otro, te abrazaba y gritaba: ¡justo necesitaba encontrarte porque…! Y había risas y había discusiones y hasta insultos y pelea. Algunas noches así, ya años ‘80, Horowicz me había dicho (o yo había pensado): La Paz arde.

Pero el 27 de octubre de 2010 La Paz era un bar de porquería donde algún viejo solo revolvía su café, alguna gente anodina consumía ahí como pudiera haber consumido en otro lado. La Paz no arde hace mucho, pensé, ni cenizas tiene. Hoy algo está ardiendo.

Entró un email de Laura Meradi dirigido a unas veinte personas además de a mí. Reconocí la mayoría de los nombres: varios fueron estudiantes míos en la Facultad, todos eran integrantes de la movida de la nueva narrativa. Laura, una escritora de veintipico, también había sido mi alumna. Yo había leído obra suya, compartimos reuniones, fiestas, lecturas. El email decía:

Amigos: para los que estén pensando en ir, estoy proponiendo un encuentro en mi casa después de la concentración a las 20hs en Plaza de Mayo. Me parece importante compartir nuestras reflexiones, saber qué pensamos. Cualquier cosa me escriben, voy a andar ahí. No sé cuán extensiva hacer la propuesta, disculpen si a alguno le rompe las pelotas este mensaje. Abrazo.

Entonces se me llenaron los ojos de lágrimas. No eran de duelo por Néstor, eran lágrimas de bienvenida, diría de alegría porque a jóvenes como Laura les parecía tan importante juntarse a reflexionar. Año tras año yo daba (doy) clase a chicos y chicas veinteañeros. En los ‘90 me buscaban al final de la clase para putear contra lo que llamaban su generación, a la cual decían (creían) no le importaba nada, pero yo días atrás había escuchado igual queja de una que se sentaba dos bancos a la izquierda del que hablaba, la semana anterior, lo mismo de otro que se sentaba un banco atrás. Entonces respondía: “no te creas, hay muchos como vos, Fulana, atrás tuyo, Zutano, júntense”. Pero juntarse no era concebible en ese tiempo. Lo concebible era la angustia solitaria y también otra angustia con máscara de irónico escepticismo defensivo: todo el arsenal teórico de la postmodernidad al servicio de racionalizar que solo lxs boludxs intentaban una salida colectiva.

Algo cambió después de 2001, al menos alrededor de la literatura. Empezaron las fiestas y lecturas de la nueva narrativa, imitaban las que los poetas habían hecho en los oscuros ‘90, juntarse empezaba a ser posible. Amo el ardor, así que empecé a asistir a esas fiestas. De pronto fue el conflicto por el campo, en 2008, y juntarse sumó otro sentido. Por primera vez en la Argentina de postdictadura, leí una declaración política colectiva firmada por escritores y escritoras menores de 30 años. Firmé de inmediato esa declaración de apoyo al gobierno de Cristina Kirchner. Varixs firmantes habían sido mis estudiantes, de esxs que cultivaban años atrás la ironía escéptica. El árbol de la Historia está volviendo a crecer, pensé. Y este 27 de octubre de 2010, el email de Laura Meradi fue una flor que se abría en su rama. Así que entré al Facebook que ardía y escribí:

No soy kirchnerista y estoy de luto. Y hoy voy a la Plaza. Cierta gente no es solo lo que es, también es lo que hace y lo que significa, y los antes y después que establece su presencia. Ninguna crítica, ni siquiera las mías, por profundas o acertadas que sean, pueden invalidar lo que Néstor Kirchner significó para la Argentina.

Hubo decenas de respuestas empáticas y algunas horrorosas que, como pasa tantas veces, me hicieron saber en qué bando no estaría jamás. Néstor, un político millonario que murió con las venas obstruidas de la buena vida y el stress del poder, escribió un tipo. Contesté: las metáforas que moralizan y culpabilizan los motivos biológicos de una muerte rezuman odio. Hace un rato escuché culpar a Néstor por sus venas obstruidas en TN, supongo que no querés parecerte a TN ni decir Viva el Cáncer. Una muchacha acotó: el gobierno de Néstor Kirchner fue para mi generación la posibilidad de abrazar la política para cambiar las cosas y no para hacerse la pileta en el country. Otra de 25 años puso en su muro: Es innegable que la discusión política (en mi generación y sus alrededores) volvió en 2001 y continuó con el gobierno de Nestor Kirchner. Más allá de las discrepancias que pueda tener, me parece que ese es un motivo más que válido para agradecer.

Ese anochecer en la Plaza encontré decenas de jóvenes que conocía y menos jóvenes también. Kirchner construyó la primera posibilidad de diferencia desde 1976. Y esto más allá de otras conductas del propio Kirchner. Él abrió una puerta nueva. ¿Que esto tiene graves contradicciones? ¿que mucho de lo viejo permanece? Por supuesto, pero no es por esa parte vieja que lo estamos llorando ni que ayer a la noche llenamos la plaza. Y eso lo saben todos. Escribí así el 28 de octubre. Releo, pienso que debería haber escrito: lo sabemos todos solo desde ahora.

El punto final de la muerte entrega a una existencia su sentido; cuando ese sentido está cargado de futuro, la muerte abre paso a la gloriosa tormenta de la vida. El día en que Néstor murió me la pasé escribiendo y fui a la Plaza, vi arder los corazones nobles, sentí el viento correr por las ventanillas del tren que también gracias a él se había puesto en marcha. Y aunque hubo y hay errores, decepciones, agachadas, la vida que desató esta muerte sigue latiendo en millones de personas. Acá estamos: dispuestxs a volver a la plaza y a las calles para ganar por fin esta partida.

Elsa Drucaroff es escritora, crítica y docente. Investiga y enseña literatura argentina contemporánea y teoría y crítica literarias en la Facultad de Filosofía y Letras (Universidad de Buenos Aires. Es autora de las novelas La patria de las mujeres (Marea, 2014), Conspiración contra Güemes (Marea, 2015), El infierno prometido (El Aleph, 2006), El último caso de Rodolfo Walsh (Interzona, 2010), y de los libros de relatos Leyenda erótica (Eloísa Cartonera, 2007) y Checkpoint (Páginas de Espuma, 2019). También escribió los ensayos Mijail Bajtín. La guerra de las culturas (Almagesto, 1996); Arlt, profeta del miedo (Catálogos, 1998); Los prisioneros de la torre. Política, jóvenes, literatura (Emecé, 2011); Otro logos. Signos, discursos, política (Edhasa, 2015) y dirigió La narración gana la partida, Historia Crítica de la Literatura Argentina, vol. XI (2000). Ha sido traducida y editada en el extranjero y ha dado cursos y charlas en universidades latinoamericanas, europeas y norteamericanas.

El presente texto es parte del libro El día que Néstor murió, que podés descargarte de forma exclusiva y gratuita de Infonews.com y en el que 10 autores recuerdan a Kirchner a 10 años de su muerte.

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