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El día que Néstor murió: Embarrados hasta las pestañas

Octava entrega de "El día que Néstor murió". Diez escritorxs argentinxs recuerdan durante 10 días aquel 27 de octubre de 2010. Cada unx pone en perspectiva, desde la literatura, la importancia de un hecho ineludible para la historia argentina.

La lucidez viene con algunos hechos que, sincronizados al ritmo galopante del tiempo, caen sin pedir pista. Es el despabilo del instante que congela y permanece, de lo inesperado que se desploma sin hundirse, que marca y salpica sobrevolando el lodo. Lo abrupto hace el surco y el hueco donde se sepultan las previsiones. El terreno se vuelve sinuoso. Eso pasó un 27 de octubre.

Tres horas antes de la partida, papá y señora están en el aeropuerto. Vamos en un taxi. No, no hace falta que nos lleven. Sí, no sé cómo es internet. Sí, cuando llegamos avisamos, quedate tranquila. El avión despega de noche. Por más de ochos horas la comunicación se clausura y mi posibilidad de dormir también. Una opción más amiga del descanso hubiera sido un viaje en micro o un vuelo de día. El celeste pintando la ventana oval me da un poco de paz. La oscuridad, sumada a la falta de tierra firme, aumenta los terrores. Y yo prefiero no aglutinar los miedos, se me pegotean. Esa es la razón por la que sigo teniendo pesadillas con el sonido de la peli Irreversible, pero no recuerdo nada de El Gran Pez.

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Cuando papá tiró su noticia feliz fruncí los labios para no vomitar los comentarios agrios. Los mantras del horror que mi monólogo interno arma: que no vaya a pasar esto, que no vaya a pasar lo otro, que las turbulencias, que si el clima es malo. Las advertencias fantasmagóricas quedan circulando en mi cabeza, por no escupirlas a tiempo. Tengo el hábito de prepararme para lo peor, como si esa previa me dejara ilesa, por precavida. Los “pre” maniatados a una desgracia potencial, para no dejar cabo suelto ni espacio a la sorpresa.

Aunque el destino final iba a ser Padre en la playa con mojito en mano mi cabeza hizo su recorrido siniestro. Lo mismo hubiese pasado si era yo la que viajaba. Las taquicardias arrancan con la imagen de mis pies apoyados sobre un suelo ligero, de kilómetros de aire. La tensión muscular es el acto reflejo. Es que no tengo la capacidad de salto ni las siete vidas de Galileo, mi gato gris, que hace sus piruetas y se lanza desde la heladera al suelo, sin escala. Estoy lejos de la audacia de los acróbatas y mis escasos conocimientos de física sirven solamente para visualizar el manchón de sangre y huesos en el que me transformaría. Así que, como si tuviese algún poder sobre la estabilidad de la nave, cada vez que me siento en el sillón de clase turista no me levanto ni para ir al baño.

La madrugada del vuelo es el limbo, el purgatorio de los miedos. Respiro profundo para condensar las partículas de aire en mis pulmones y así descomprimir el ambiente cargado de catástrofe. El insomnio de padre en avión, Marcos cantando su canción de cuna, de silencios huecos y ronquidos violentos. Nada ayuda. Huyo de ese cuarto musicalizado por la apnea de mi compañero, perdiéndome entre las páginas de Los hombres que no aman a las mujeres. Durante unas cuantas horas me pongo los tatuajes de Lisbeth Salander. Intento zambullirme en la ficción, no necesito alarmas porque no hay que levantarse temprano, el censo regala un feriado.

¿Cele, papá te llamó? ¿Habrá llegado? ¿Cuál es la diferencia horaria? Sí, ya sé que son las ocho, que allá no hay buena señal y todo eso. Ok, me quedo tranqui, dale. Tiro una risita falsa mientras hablo, como si mi hermana se creyera el disfraz de relajada. Del otro lado del tubo ella ve a la perfección mi entrecejo que se arruga con la incertidumbre, con las horas de padre flotando.

Termino el libro, doy vueltas en el colchón que me mantiene mullida. Preparo el mate, prendo la tele. Quiero despertar a Marcos, que charle un rato. Bailo un malambo horizontal pero ni se inmuta. Salteo los canales de noticias, pongo uno de música. Busco la compu, chusmeo el Facebook. Demasiada energía para seguir en la cama. Alrededor de las diez, después de dos termos de mate, decido que es hora de abandonar el camisón y pasar a la ducha, la más breve de la historia.

¿Qué pasó? ¿Es papá? ¿Un avión? ¿Ahora no me contestás? Minutos antes de mis gritos, el agua caliente me masajeaba las vértebras. Duró poco. La voz de Marcos aplastó el momento. El clima zen, que bajo la ducha fluía sedado, pasó a ser fatídico. Escuché un Gorda y pensé en papá. Salí del baño goteando crema enjuague. El agua siguió corriendo mientras yo iba tras los alaridos de Marcos ¡Las noticias! Pensé en las malas y en papá. Vinieron las taquicardias y la tensión. Me resbalé. Caí cuerpo a tierra. Arrodillada agarré un toallón, otra mano buscaba la pared. Pude incorporarme y seguir a los tumbos, con la intensidad de mis latidos calibrando el tiempo, con la sangre acumulada en los cachetes y los pies incómodos entre el agua jabonosa y el cemento alisado. Nunca llegué a enderezarme. Quise correr pero solo avanzaba a resbalones, dejando un camino de charcos espumosos, de burbujas rasantes.

Entré a la habitación chorreando agua y sudor frío. Mi compañero estaba clavado frente a la tele y hablaba por teléfono. ¿Dónde se juntan? ¿Llamaste a todos los delegados? Hay que ir a la plaza. Miré la pantalla. No mostraba un avión, solo una foto de Néstor en primer plano.

Gorda, me voy con los del sindicato, ¿querés venir? Yo no podía digerir lo que había pasado cercada por la testosterona. Elegí volver a la cama y taparme hasta la nariz con el acolchado. Creo que solo saqué las manos para abrazarme al mate o al control remoto.

Los días siguientes son brumosos. Un continuado de setenta y dos horas donde la atmósfera parece aquietarse frente al desconcierto. Pasé mucho tiempo frente a la tele, estancada, petrificada, mirando las placas de los noticieros, salteando de canal en canal para ver lo mismo pero con diferentes tonos. Gente en la calle. Carteles improvisados para una muerte inesperada. Las cámaras alternando la vista aérea de una muchedumbre infinita, con el plano corto sobre caras de todas las edades, igualadas en moco y lágrimas. Una plaza inmensa en la que estaban mis amigos y a la que yo no me animé a ir.

No sé si papá llamó ese día, pero sí sé que vi mucho, mucho, unos lentes de sol apagados por un protocolar luto negro. Una cara ganó protagonismo sobre las otras, la de una mujer ocultando el dolor con la dureza del enojo. No me acuerdo de noticias del viejo cuando llegó a Cuba, tampoco de su cámara mostrando un mar de olas chiquitas. Sí me acuerdo de que a su regreso nos abrazamos fuerte y que en el primer almuerzo después de las vacaciones no intentó mostrar las mil fotos fuera de foco. Hablamos de un funeral y se lamentó por no haber podido estar en la plaza.

Es imposible andar liviano después de uno de esos días lacrados por la violencia de lo que no avisa; no hay forma de seguir con los pasos encabalgados a la costumbre. Los días inexorables son el tsunami que embiste las previsiones, firmes navegantes del vacío rutinario. Porque cuando se suelta la cadena imaginaria de control y nos arrasa lo impensado, ahí sí se marcan las pisadas lodosas, porque los pies desnudos se llenan de barro, porque el cuerpo toma conciencia y se para sobre lo acontecido. Entonces todo se impregna y quedamos embarrados hasta las pestañas.

Belén Longo nació hace cuarenta años en Buenos Aires, pasando su infancia y adolescencia en la localidad de Gregorio de Laferrere. Es abogada y actualmente se encuentra cursando la carrera de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes. Su primera novela, Donde mueren las mariposas, fue seleccionada por Mariana Enriquez, Juan Diego Incardona y Gabriela Cabezón Cámara para recibir el Premio Futuröck de Novela 2019.

El texto es parte del libro El día que Néstor murió, que podés descargarte de forma exclusiva y gratuita de Infonews.com y en el que 10 autores recuerdan a Kirchner a 10 años de su muerte.

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