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El día que Néstor murió: Tan lejos

Novena entrega de "El día que Néstor murió". Diez escritorxs argentinxs recuerdan durante 10 días aquel 27 de octubre de 2010. Cada unx pone en perspectiva, desde la literatura, la importancia de un hecho ineludible para la historia argentina.

El desayuno es con pan lactal y manteca. Un gringo viejo toma el té sentado en un almohadón en el piso, y deja ver que no usa calzoncillos.

Nos presentan a Ahmed y Ahmad. Ahmed va a ser nuestro guía en español. Ahmad es el chofer. Ahmed usa chomba. Ahmad, camisa.

Hay algo latente que no sabemos qué es. Puede ser miedo, porque nunca estuvimos tan lejos de casa. Puede ser incomodidad: no sabemos qué parte del cuerpo nos va a doler cuando veamos pirámides construidas hace cuatro mil años.

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El auto esquiva un tránsito inverosímil. Parece no haber reglas. La ciudad es un revoltijo de carne colgada en la vereda de los negocios, smog y ruido. Todo es tan ajeno y tan misterioso. El río, que se cuenta a sí mismo en su anchura, está adelante y de repente no está más.

Cuenta Ahmed que hace no tantos años las pirámides podían verse desde El Cairo. Pero ahora que la ciudad perdió los bordes y se extendió sin freno hay que esperar un rato para que aparezcan, allá al fondo. Algunos edificios son pura cáscara: se construyó el frente, pero atrás no hay nada.

El calor es un calor sin humedad al que no estamos acostumbrados. El viaje, después de una sucesión de recovecos, se convierte en una recta. El auto es viejo y Ahmad lo maneja como si no importara. Ahmed hace su trabajo: nos da datos, nos cuenta curiosidades, es simpático. Busca a Messi en el diario y nos lee un párrafo en el que se habla de sus goles y de Iniesta.

Y de repente ahí están. Dibujadas con ángulos perfectos y polvo flotando alrededor. Es la primera vez que vemos el desierto. Nos abruma y nos inmoviliza, y no podemos llorar ni decir ninguna palabra.

Hay una serie de trámites y explicaciones. Ahmed compra nuestras entradas y nos acompaña. Ahmad se queda en el auto y dos minutos después está dormido. Hay algo de indefensión que no se licúa con la presencia de un guía egipcio que habla español. Como si estar ahí fuera peligroso no porque vaya a pasarnos algo malo, sino porque estar lejos es arriesgarse a la pérdida.

Keops, Kefrén, Micerino. La Esfinge. Están ahí. Existen. Igual que nosotros: estamos ahí, y existimos.

Nos pasamos todo el día ahí. Sacamos fotos, esquivamos otros turistas (porque también lo somos y eso es incómodo cuando uno toma dimensión), morimos de calor. Tocamos la piedra milenaria. Hay una sensación de incredulidad. En algún momento se va a revelar el truco, la trampa. Alguien nos va a decir que estamos alucinando y que en realidad nunca dejamos el desayuno, el pan lactal, el yanqui en pelotas. Pero no. Acá estamos. Nuestra entrada incluye conocer la Gran Pirámide por dentro.

Entramos, que es lo mismo que decir bajamos, o invadimos, o nos sumergimos.

Son muchos metros de andar con las rodillas flexionadas. No en cuatro patas, no de pie. En cuclillas. El pasillo es agobiante pero frío. Muy frío. Le pregunto si se siente bien y me dice que sí. Ella va primero. Yo me siento como nunca. Es el momento de mayor libertad en toda mi vida. De alguna manera, no existe otra cosa. Solo ese largo pasillo que baja y el frío de las paredes.

Empieza a verse el final y un minuto después se abre una cámara inverosímil. Es enorme, es alta, y podemos estar de pie. Lo que sigue es la fascinación, el asombro y el miedo. Volvemos por otro pasillo como el primero. Subir agachado me hace doler las rodillas.

Ahmad nos recibe con una sonrisa. Ve en nuestras caras la huella del cachetazo que acabamos de recibir. Arranca el auto y nos vamos.

No hablo con nadie. Solo quiero mirar hacia atrás y que la imagen no se borre. No funciona. Un rato después solo hay frentes de edificios vacíos.

Ahmad y Ahmed se despiden hasta mañana. Compramos en el Mc Donald’s que está enfrente del hostel y nos metemos en la habitación. Miro las fotos una y otra vez. Soy yo la persona que mide lo mismo que cada ladrillo de la pirámide de Kefrén. Soy yo el que está en primer plano con el desierto y la Esfinge atrás. Nunca estuve tan lejos de casa y nunca estuve en un lugar tan viejo, tan ineludible, tan ajeno.

Prendo la tele. Lo único que puedo mirar y entender es Al Jazeera en inglés. Como pasó anoche, el noticiero dura media hora y vuelve a empezar. La penúltima noticia, que no llego a escuchar, muestra las caras de Néstor y de Cristina. Sin ninguna gráfica impresa en la pantalla. Cuando salimos de Argentina se discutía quién de los dos sería candidato a presidente. Si sería pingüino o pingüina. Pero no me entero. El noticiero termina y decido verlo de nuevo, completo, hasta que sus imágenes vuelvan a aparecer.

Ella se va a bañar.

Pasan noticias de Afganistán, de Siria, de Marruecos. Después de Europa. Y de América Latina.

Y entonces el pingüino y la pingüina vuelven a aparecer en pantalla, y ahora sí entiendo lo que dicen las voces, y ahora sí leo el titular.

Me gustaría volver al momento feliz en el que un largo pasillo hacia abajo me daba frío y libertad.

Se murió, grito.

Quién, pregunta ella.

Él, respondo. Se murió él.

Mañana vamos a ir al museo, y no sabemos qué parte del cuerpo nos va a doler.

Diego Tomasi nació en Morón en 1982. Publicó los libros Cortázar por Buenos Aires, Buenos Aires por Cortázar (Seix Barral, 2013); El caño más bello del mundo (Hojas del sur/Planeta, 2014) y Mil galletitas (Hojas del sur, 2016). Es guionista de radio y televisión y realiza la columna Mapas en el programa Maldita suerte que se emite por El Destape Radio. Forma parte del colectivo Cheque en Blanco, cuyo programa se emite por Futuröck, y es integrante del Congreso Gombrowicz.

El texto es parte del libro El día que Néstor murió, que podés descargarte de forma exclusiva y gratuita de Infonews.com y en el que 10 autores recuerdan a Kirchner a 10 años de su muerte.

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