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Un muchacho peronista

Quinta entrega de "El día que Néstor murió". Diez escritorxs argentinxs recuerdan durante 10 días aquel 27 de octubre de 2010. Cada unx pone en perspectiva, desde la literatura, la importancia de un hecho ineludible para la historia argentina.

Yo había soñado con la muerte de Néstor la noche antes de que pasara. Me lo dijo Pedro, el hermano menor de Lea, que nos dio la noticia esa mañana. Dice que lo miré y se lo dije y que él no se lo olvidó más. La verdad que no me acuerdo porque en general es raro que me acuerde de las cosas que sueño. Dormir para mí es una pausa oscura y profunda y soy más bien una persona diurna. Esa noche, la anterior al 27, yo me había quedado a dormir en la casa de Lea y me había despertado demasiado temprano al día siguiente. Esto me pasaba seguido y como en general me daba vergüenza salir de la habitación y encontrarme a solas con el resto de una familia que no era la mía, mi solución era quedarme a oscuras, jugando con el celular hasta que también mi amigo se despertara. Esa vez estaba jugando al Pokemon Crystal.

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Pedro, que era un nene de unos doce años en ese momento, abrió la puerta de la habitación y entonces alguien levantó las persianas, entró la luz gris de un día nublado, antes o después se prendió el televisor y el ruido de un noticiero demasiado parco inundó el ambiente. Había muerto Néstor Kirchner y para mí eso no significaba prácticamente nada. Nada. Mar del Plata era una ciudad tan refractaria a la gestión peronista como su inevitable encarnación histórica y espiritual. Habíamos tenido interventores milicos re-electos, intendentes vecinalistas y radicales (incluso uno que era poeta y terminó renunciando). Pero ¿qué hubiese sido Mar del Plata sin las vacaciones pagas, los aguinaldos, los hoteles de los sindicatos, los contingentes de niños de primaria que viajan a conocer el mar? ¿Hay algo más peronista que la peatonal, la playa popular, la rambla? De alguna forma extraña, el peronismo no había gobernado la ciudad, pero la había convertido en lo que era, la había formateado de manera irreversible y así también (¿cómo podría ser de otra forma?) a las personas que vivían y nacían ahí.

Pero yo no era peronista todavía.

Mi mamá había fundado la franja morada en su universidad y tenía una foto con Alfonsín y mi papá se identificaba como peronista, pero como buen abogado que era tranquilamente podía argumentar en contra. Ellos estaban separados y yo no hablaba mucho de política en ese entonces. Ese 27, después de irme de lo de amigo, volví a mi casa y nadie estaba llorando. Yo vivía con mi hermano más chico, y mi papá, que laburaba en obra pública, apenas se lamentaba mientras por la pantalla veíamos desfilar a una multitud de personas en la plaza y en las calles. En ese momento no sentí que me estuviera perdiendo de nada. No sentí la necesidad de fundirme en esa marcha, como haría en años siguientes, ni sentí que un pedazo grande de la historia dejaba su marca en ese momento. Yo acababa de cumplir dieciocho años. Estaba en mi último año de secundaria y usaba un aro de coco en la oreja izquierda. Estaba pensando en irme a vivir a Capital para estudiar cine. Estaba sufriendo porque era un adolescente y, como todos los adolescentes, no sabía nada del mundo pero estaba desesperado por entenderlo.

¿Dónde estaba el peronismo en mi vida, además de en las fibras subterráneas de mi ciudad costera? El gorilaje local se expresaba muy fuertemente en las escuelas y la mía era la norma. A excepción de un profesor. Quizás por alguna lógica de acción y reacción, como esa teoría que dice que si hay superhéroes hay supervillanos y viceversa, este profesor de Historia era rabiosamente peronista. No lo matizaba sino que, al revés, aprovechaba el campo libre que dejaba la asepsia y el desprecio por la política de los demás docentes para pincharnos con el descaro, la viveza y la mugre que el peronismo usaba como armamento. Y funcionaba, porque para despejar las dudas estaba la realidad, que es la única verdad. Y también estaba Leonardo Favio.

No sé cómo habrá vivido mi profesor ese día. Seguro lo hablamos, pero no me acuerdo. Probablemente haya estado muy triste.

Sin embargo, y un poco como Evita, la muerte realizaba una especie de exorcismo. Néstor era trasladado a una dimensión mítica que se cristalizaba más en ciertos ideales y actos puntuales que en la humanidad porosa y contradictoria que todos acarreamos, la que en definitiva había encarnado esos valores. El dibujo del Nestornauta es eso, en parte. Una reducción. Con la muerte de Néstor vino el archivo, la revisión y el montaje. Pasolini dice que la muerte es el montaje de la vida que la antecedió. Ordena sus actos, los separa, les da jerarquía, y entonces omite y eleva. Néstor fue, con su muerte, una gran puerta de entrada al peronismo posible del siglo XXI para mí y para muchos de mi generación. El montaje de su vida sintetizaba la posibilidad real de un cambio a través de la política. Bajar el cuadro, plantarse contra Bush, comerse un piedrazo, pero también los juicios, la redistribución, las notebooks. Las fotos fijas y la película en movimiento. Contraponer algo puede cambiar” al que se vayan todos de un 2001 que había sido especialmente feroz en Mar del Plata.

En esos años mi mamá, una ingeniera agrónoma, había trabajado de cajera y después de secretaria. Las empresas constructoras donde trabajaba mi papá habían fundido. Los marplatenses odiábamos a los turistas que durante los mejores meses venían con todo su ruido y toda su desconsideración y dejaban la ciudad hecha un chiquero, pero en ese momento entendimos que no podíamos vivir sin ellos. Había que elegir entre el caos o el desierto. Y el desierto era helado. Mar del Plata había tenido los índices más altos de desempleo. Mis recuerdos de esa infancia eran los de una ciudad clausurada, el esfuerzo de una clase media colgada de un piolín.

Sin embargo, no se trataba de una experiencia personal que bien podía justificar la adhesión a un proyecto que había logrado recomponer las cosas, sino la experiencia colectiva alrededor de algunas consignas que considerábamos tan justas como necesarias. Y saber que era la política la única herramienta real porque ya no estábamos para revoluciones. ¿Pero qué era la política? En nuestra ciudad de sobrevivientes, entre familias que, un poco como todas, habían sido defraudadas por este país una y otra vez, ¿qué era? Nuestro profesor de Historia se esforzaba por hacernos entender que eso que tan fuertemente pregnaba en nuestro idealismo juvenil no era todo (y esto lo entendí recién más tarde). El peronismo despejaba el caretaje, la falsa humildad, el puritanismo y la ingenuidad. No podíamos esperar a los iluminados, a los buenos. Nadie hace el mal en nombre del mal. El peronismo entendía la política como una dimensión humana de conflicto: se trataba de hacer lo necesario con lo que había, sin esperar soluciones mágicas, sin apelar al voluntarismo y sin esconder la cara.

Yo nunca milité y ahora siento que ya estoy un poco grande. Siento que es algo de gente joven con ganas, con tiempo, con energía. Jóvenes en las universidades discutiendo de forma inútil, jóvenes en los barrios rompiéndose el lomo para mejorar las cosas: dos caras distintas del mismo sacrificio. Un poco me arrepiento, no porque crea que eso habría cambiado algo de los acontecimientos, sino porque de esa forma, al menos, habría puesto el cuerpo, la experiencia real del peronismo y de la política, lo que puso Néstor con su muerte.

A mí aquel 27 de octubre me marcó de forma imborrable. No por lo que sucedió puntualmente, sino por la cantidad de ecos y resonancias que disparó a futuro: una modulación insondable que cambió todo para siempre. Estoy seguro de que yo sería otra persona si no hubiera comprendido ciertas cosas que creí comprender cuando la presencia de un tipo se borró de la Tierra. Cuando me convertí, de forma definitiva, en un joven peronista.

Valentino Cappelloni nació en Mar del Plata en 1992. Estudió Artes Audiovisuales en la UNA y actualmente se encuentra terminando una película sobre Witold Gombrowicz. En el 2019 su cuento Una novia china fue premiado en la Bienal de Arte Joven y publicado en el libro Divino tesoro. Cuando puede escribe críticas de cine.

El texto es parte del libro El día que Néstor murió, que podés descargarte de forma exclusiva y gratuita de Infonews.com y en el que 10 autores recuerdan a Kirchner a 10 años de su muerte.

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