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El día que Néstor murió: La brasa

Sexta entrega de "El día que Néstor murió". Diez escritorxs argentinxs recuerdan durante 10 días aquel 27 de octubre de 2010. Cada unx pone en perspectiva, desde la literatura, la importancia de un hecho ineludible para la historia argentina.

Voy a relatar en las palabras de esa trava que era, sin el vicio de lo que sé o soy ahora. No quiero adornar nada o caretearla para que se lea bonito. Expresar la muerte de Néstor tal cual la viví.

Yo no sabía nada de política y mucho menos de estrategias. Era descendiente de peronistas, con ese vínculo de pertenencia que tenemos a las pasiones y a la obligatoriedad lxs que nacemos en hogares de trabajadorxs. De hecho la política para mí era un vaivén donde nada era seguro. Nací en el 78, Malvinas, Alfonsín, Menem, De la Rúa y el desfile presidencial luego de su particular salida en helicóptero. Ya para ese entonces trabajaba en la calle. De más está decir que mi única performance militante era mantenerme viva como tantxs otrxs.

No había fuego que prenda ese rescoldo, aquella brasa que incendiara el pecho. Mucho menos un proyecto que albergara mi pasión bruta de expresar mi descontento ante tanta injusticia vivida, por las mías y por el Pueblo.

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Cuando escuché hablar de Néstor por primera vez ya llevaba gobernando como dos años. No lo conocía, pero había algo en el aire que marcaba cierto bienestar. La risa de lxs laburantes del barrio, empezar a ver cómo los ladrillos huecos afloraban de nuevo en hileras entre los fierros oxidados, detenidos en el tiempo. Las manadas de pibxs paseando en la calle sin ganas de saquear. El humo del asado que se saltaba el tapial. El pueblo andaba, el barrio se llenaba de vida.

Se empezaban a marcar esos paralelismos que mi viejo vociferaba lleno de cal cuando gritaba Con Perón teníamos casa y vacaciones, y otras tantas cosas que se le entrecortaban por lo que fumaba y porque se quedaba sin voz.

Empecé a militar para entender de qué venía la cosa, en una especie de apartado que se llamaba “diversidad” dentro de una organización peronista. Hacíamos talleres de pintura con otras travas, conseguíamos tarjetas de colectivo y bolsones para las compañeras. Por una u otra cosa nunca pude verlo. Quería conocerlo, escucharlo de primera mano aunque sea de lejos. Pasó mucho tiempo. Entonces me lo encontré en una noticia que titulaba: “El exmandatario volverá a Rosario para asistir a un encuentro de militantes que arrancará a las 19 en Tucumán y Oroño”. Fui, porque a esa altura no me movía la curiosidad: me movía la necesidad de verlo.

Escucharlo hizo que el corazón me galope y las lágrimas salten. Su figura desgarbada y su seseo cuando hablaba de argentinas y argentinos me abrazaron como no lo había hecho nada. Recuerdo irme del Sportivo América toda transpirada y revalidada. “El peronismo permite ser lo que se quiera mientras se sea peronista: no niega la identidad, agrega otra” dijo alguien alguna vez y no pude estar más de acuerdo ese día.

Enamorarse de Néstor no era difícil. Él encarnaba la doctrina peronista que rezaba mejor que decir es hacer y llenaba de conquistas sociales al pueblo. No las voy enumerar, pero sí puedo decir que las que me impactaron fueron aquellas que se volvieron imágenes, como la de bajar el cuadro y su impertinente rebeldía frente a Bush, marcando claramente que nosotrxs no íbamos a seguir siendo el perro de la mansión que velara por sus intereses a cambio de una limosna.

Yo, como tantas otras travas, caímos rendidas ante su figura. Éramos o nos sentíamos sus novias, sus hijas, esa figura protectora que guiñaba el ojo cuando se las mandaba a guardar a aquellos que siempre nos hicieron mal. Pero con ese affaire venía el miedo de siempre, del abandono, de la partida rauda, del descorazonamiento.

El 14 de septiembre de 2010 ese miedo se hacía realidad: Néstor estaba internado, algo del corazón había escuchado, algo del mío se detenía también. Era miedo a todo, miedo a perderlo, miedo a perder el horizonte de nuevo. No porque las travas hayamos estado seguras en ese entonces, sino que el Pueblo ahora soñaba y, con ellxs, nosotras. Nosotras, las que creíamos en ese sueño que él propuso de entrada.

El 27 de octubre era el día del censo y yo estaba en casa. Hasta el día de hoy me pregunto por qué. Me llamó una amiga y me dijo: “Néstor se murió”, con la voz quebrada y ahogada en llanto. Yo no le creí, la subestimé con la incredulidad que le tenemos a la muerte hasta que la tenemos de frente. “Este puto loco seguro está fumado” pensé. Lxs periodistas de todos los canales por los que hacía zapping tenían ese gesto entre asombro y dolor. Llegué a ver en algunxs mala leche, incluso la incertidumbre y el miedo.

A las 10:13 lo anunciaban como algo real y entonces la mirada quedó fija en esas letras de la esquina, con esa cursiva y la hora que parecía no avanzar nunca. No tengo muchos recuerdos más de esas escenas, solo breves fogonazos como cuando tratas de acordarte de una pesadilla y por las dudas comés algo para que no se haga realidad.

El futuro se veía borroso de nuevo. No comprendía esta trava rosarina de proyectos nacionales, solo podía recoger los gestos de dolor y amor que pasaban en la tele. Viejxs, laburantes, docentes, mujeres de a pie con sus hijxs llorando desconsoladamente, pero sobre todo pibxs. Es que ese horizonte posible que él prometía involucraba a lxs pibxs y ellxs hicieron de esa brasa que se apagaba un fuego que les consumía el pecho y la vida. Y en la plaza ardían. Y yo ardía a través de la pantalla y ese sentir trava fluía y se acoplaba con ese río-pueblo que inundaba las calles. Podría describir cientos de cosas que hizo, pero seguro que de eso se encargarán aquellxs que recogen datos, que se expresan mejor o quienes puedan tener una mirada mucho más prolija sobre sus memorias. Yo relato como una trava de una ciudad del interior el sentir después del enorme dolor de la muerte de Néstor, la enorme tranquilidad de que quedábamos en buenas manos, de que el miedo no iba a vencer. Porque aún en el barrio se seguía escuchando la risa de lxs pibxs, las mañanas bulliciosas de lxs trabajadorxs y esa inquebrantable tradición de sonreír cuando nos sentimos amadxs.

Hoy comprendo que Néstor no murió, para alegría de muchxs y pesar de los de siempre. Alguna vez alguien recogió las palabras de otro autor y dijo: “Pobre del pueblo que necesita héroes”. Yo pienso que pobre de aquel que no tuvo otra opción que creer eso.

Morena García es militante peronista, travesti, escritora. Nacida en Rosario en 1978. Integrante del Área de Internacionalización de la Universidad de Rosario.

El texto es parte del libro El día que Néstor murió, que podés descargarte de forma exclusiva y gratuita de Infonews.com y en el que 10 autores recuerdan a Kirchner a 10 años de su muerte.

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