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El día que Néstor murió: Tu voz es un mito del que puedo dar fe

A 10 años de la muerte de Néstor Kirchner, 10 escritorxs argentinxs recuerdan durante 10 días aquel 27/10/10. Cada unx pone en perspectiva, desde la literatura, la importancia de un hecho ineludible para la historia argentina.

Una estaca fría y seca clavada por atrás. Una sorpresa del destino, del devenir de las cosas, una reafirmación de la mortalidad de la especie, un aporte a la estadística, una edición en Wikipedia. Una sorpresa violenta, destructora, debilitante, fría y seca clavada por atrás. Para quienes sintieron ese puñal, el día corrió a otro tiempo. Los que pudieron contener la hemorragia y saltar el umbral de sinsentido lloraron, salieron a la calle y gritaron. Exteriorizar el dolor ayudaba, había alivio en compartirlo, algo de moverse y de que fuera en multitud daba la sensación cálida de que era hacia adelante. Quiero decir: de que había un adelante. No sobreviviríamos como especie si no compartiéramos también las penas. No sobreviviríamos si el dolor fuera soportable.

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El 27 de octubre de 2010, por la mañana, el país estaba detenido. La población argentina comenzaba su censo cuando la radio, la televisión y los portales nacionales y de todo el mundo anunciaron que había muerto el expresidente Néstor Kirchner. Para algunos no hubo consuelo, otros celebraron, algunos fueron a la plaza a despedirlo e hicieron cola durante horas, otros necesitaron tiempo y a varios los eclipsó el desconcierto. Esta es la historia de ese rato en dos casas o dos personas o dos caminatas.

Julieta estaba terminando su primer año en la Universidad Nacional de la Plata y militaba, hacía algunos meses, en el Movimiento Evita. Ese día le tocó censar City Bell, la parte de las casas quintas. Como se anotó tarde, fue sola. En la primera casa todo sucedió rápido y bien: entró, allí vivía sólo una persona, explicó, llenó el formulario y se fue. En la segunda, ni siquiera terminó de explicar.

“Las casas estaban una al lado de la otra, pero había que caminar media cuadra porque eran todas muy grandes, entonces pensé que mi censo iba a ser cortísimo, eran pocas” cuenta hoy, y cada tanto, cuando la cronología permite el hipo, comenta que con Néstor siempre tuvo algo especial, que siempre le voló la cabeza, que todo esto no hizo más que intensificar algo que, igual, ya bullía.

Dice de la segunda casa, entre una decena de cosas difíciles que dirá, que a veces tiene miedo de haberlos odiado tanto que eso haya teñido su recuerdo. Es probable que también haya teñido su experiencia. Un puñal no ejerce el mismo daño en todos los organismos. Una vez leí que no hay inmunidad contra el olvido (la memoria a veces es bastarda), pero quizás, pienso, por muy pasional o incluso triste que suene, esa inmunidad sea el odio. Bajo esa premisa, sigue: “un living muy grande, la familia más tipo que te puedas imaginar, mamá papá hijo hija labrador. Los chicos eran chicos, 10 o 12 años. Había todo un show con el tema censo, me invitaron a sentarme y llamaron a los hijos para que fueran espectadores. Me sentía súper observada”. Sacó las hojas y comenzó, de la manera didáctica que le habían enseñado, su instrucción sobre las distintas partes del formulario para tipificar el hogar. El padre respondía y ella iba marcando círculos; la mujer servía té, que muy amablemente rechazó sin animarse a pedir un mate.

Su papá la llamó una, dos, tres, ocho veces. Él sabía que yo no podía atender pero llamó tantas veces que Julieta pensó okey, pasó algo. Con vergüenza pidió disculpas y se apartó unos pasos. “Mi viejo, cero tacto, pobre, él también estaba re angustiado y le salió decir directo ‘se murió Kirchner’, y lo primero que pensé fue cuál”. Se quedó unos segundos sin decir nada, él también, o tampoco: una conversación entre silencios. Cortó, giró y la familia entera estaba mirándola, como a la espera de que explicara qué había pasado. Les dijo que se había muerto Néstor, así, en dos palabras: murió Néstor. Las primeras reacciones fueron de destemple, desajuste, ocho ojos enormes, lo más abiertos humanamente posible mirándola: el show del censo había sido interrumpido de forma abrupta. El padre prendió la televisión que era la más grande que Julieta había visto en su vida, y en efecto la noticia estaba en todos los canales. “Lo vimos todos, todos mirando la tele y yo no le vi la cara a nadie, imaginé algo de tristeza o rareza, pero no vi nada”. Reconstruye: Él se da vuelta, mira a la mujer y le sonríe como si se hubiera ganado la lotería, ella le devuelve una sonrisa cómplice, pero también registra que Julieta no se siente cómoda. La mujer, atenta; él en absoluto, se olvidó de que existía. Se quedó en el sillón con los papeles en la mano, paralizada. Los hijos estaban metidos en una película que no entendían, que les era completamente ajena, seguían con los ojos las reacciones de un lado y otro como si fuera una final de ping-pong. Julieta permaneció sentada y la mujer finalmente le preguntó si estaba bien, pero ella, aturdida, no podía responder, quería terminar de censar e irse. El hombre va a la cocina y desde ahí se escucha que grita pero no se escucha qué. “Les grita, o nos grita, porque quizá calculó que estábamos todos en la misma, y cuando lo miro tiene una botella de champagne en la mano, y mientras se acerca al sillón exclama vamos a descorchar, esto hay que festejarlo”. Julieta les dijo que se tenía que ir mientras la mujer le seguía preguntando estás bien, estás bien, estás bien. Él flotaba en las buenas nuevas, nunca registró su partida. Se volvió física, molesta, incluso dolorosa la idea de que cada familia es un mundo.

Cuando salió se sentó en un tronco y empezó a hacer llamados en busca de alguien con quien compartir la tristeza. La mayoría estaba censando o llorando con alguien que también lloraba. Las casas enormes, el verde insoportablemente vasto, la soledad, el desastre desparramado, inasible; la anatomía del desamparo. No pudo seguir y se fue caminando a la escuela desde la que había salido, que quedaba bien lejos. “Me atajaron las porteras del edificio, una me dijo que lo conocía a Néstor y me empezó a hablar de él, me decía que cómo no se iba a morir Néstor si en los inviernos del sur, cuando había una casa en el medio de la nieve, él se bajaba del tractor y caminaba hasta ahí, enterrado hasta la cintura, para darle la mercadería a la doña; que cómo no se va a morir, que el flaco se murió militando, que lo dio todo, y ahí sí, me lloré la vida”.

Intentó retomar: habrá censado, como mucho, ocho casas. Un propietario le dijo que era un gran día y otros, la mayoría, mostraban desinterés o preocupación leve. Esa noche no durmió. La mañana siguiente fue a la plaza, el funeral seguía y duraría incluso otra jornada. “Hicimos la fila 14 horas. Velamos a Néstor. Éramos un mar de lágrimas. Ese tipo me voló la cabeza”.

Aquella casa quinta en City Bell finalmente no fue censada. Esa familia argentina no está contemplada en los 40.117.096 de argentinos que había entonces.

El 27 de octubre de Franco fue menos solitario. Tenía 18 años y vivía donde vive, en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se levantó temprano para estudiar, pero muy pronto su mamá le tocó la puerta y le dijo que tenía una noticia fea. “Mi reacción fue muy rara, no puedo decir que fue tristeza, eso surgió después. Al principio fue adrenalina”. También pensó en la posibilidad de que los medios estuvieran mintiendo, en el afán de sembrar algún tipo de caos o disputa. Mucho se había hablado de la enfermedad de Néstor las semanas previas, incluso había tenido lugar un gran acto en el Luna Park, recuerda, en que él iba a hablar y finalmente habló Cristina, pero ahí estaba, se lo veía de pie, sano, quizá sí era cuestión de rumores para apagar el fervor. Al día siguiente de aquel acto los medios oficialistas fogonearon esta hipótesis, pero la mañana del censo la hipótesis se refutó. “A partir de ese momento mi casa fue habitada por un silencio y un vacío gigante. No existía intención de hacer ninguna especulación política, no había ni ganas de pensar en ¿ahora qué? No había nada, no sabíamos qué sentir”.

Habló con mucha gente, como si cada conversación fuera un paso ascendente, uno para salir de la espiral de incertidumbre en la que había entrado. Cuando la noticia se asentó un poco más, con toda la tristeza a cuestas se fue junto a un grupo de amigos a Plaza de Mayo. Lo primero que vio, dice, fue una multitud. Después pudo desgranarla: miles de ojos vidriosos, manos mirando al cielo, algunas caras también, gente hablándole a Néstor, pensando o sintiendo que ahí estaba, que estaría siempre. “Un sentimiento de tristeza individual se convertía en un hecho colectivo, Néstor dijo un día Salgan, den una demostración de conciencia popular y eso hacíamos, y nos acompañaba”.

Para Franco esa despedida era terrible, claro, pero también un comienzo, una invitación y, en la partícula más minúscula de su emoción, una posibilidad de siembra: entre la tristeza podía sentir algo gestándose. Quizás sea recién hoy, una década después (la memoria a veces es piadosa), cuando adquiere la capacidad de leer tras las líneas de esa fuerza colectiva, a pesar de la estaca fría y seca que había partido el tiempo, la historia por la mitad y luego en millones de pedazos, que provocaba lágrimas, brindis, que auguraba el fin del kirchnerismo. Todavía tiene un póster que dice TODOS A FERRO. KIRCHNER 2011. Néstor era el candidato. Sin Néstor, a dónde, sin Néstor por qué.

Aún no había voluntad para responder. La de Néstor Kirchner se trató de una despedida de tres días, ningún portal arriesga un número de la cantidad de gente que se acercó a llorarlo, todos hablan de ‘cientos de miles’. Franco y su puñado de amigos se juntaron en algún punto de Callao y de ahí fueron a la plaza. Cantaron algo que se inventó en el momento:

Néstor, fuerte se escucha

junto a Cristina seguiremos en la lucha

en siete años, de construcción, le devolviste a la Argentina la ilusión

de una patria para todos, justa, libre y federal

en el cielo te acompañan... Evita y el general.

El gobierno decretó tres días de duelo nacional: 27, 28 y 29 de octubre, pero el funcionamiento de las escuelas transcurrió (exceptuando el día de censo) con normalidad. “A la plaza fuimos los tres días, ese y los siguientes cuando salimos del colegio. Nos pusimos una banda negra cruzada en el brazo, encima del uniforme. Queríamos un duelo no sólo explícito, compartido, queríamos que lo vieran los que lloraban y los que festejaban: queríamos llevarlo también en el cuerpo”. Sentía, por ese entonces, que era una muerte sin igual, pero también que estaban parados sobre un punto de inflexión, un vértice que tenían la responsabilidad y el honor de encauzar. “Todos creían que Cristina tenía mucha imagen negativa. Cuando vimos la multitud, los abrazos, las gente gritando, la cosa empezó a cambiar. Pero igual en ese momento sólo se trataba de aguantar: de eso, de aguante, no de fortalecimiento”.

La última tarde de velorio volvió y conversó con su abuela, que le contó sus recuerdos de la muerte de Eva Perón. Describió el puñal y la herida tal cual la sentía él, por más joven que fuera ella al fallecer, por más dulce y bella, por diferente que resultara el efecto estético, por mucho tiempo que hubiera pasado había, en esa conversación, un palíndromo hecho de muertes. Pero ahí estaban, la vida personal, política y colectiva había continuado sin Evita, había crecido también; y también, sabemos hoy, lo haría sin Néstor.

Como en Julieta, la figura de Kirchner en Franco retumba, mueve y provoca. Como en Julieta, en Franco, y en cientos de miles, tantos que ningún medio arriesgó a contar. Seguramente serán muchos otros los que habrán celebrado, necesitado tiempo o vístose eclipsados por el desconcierto. Así funciona el filo. Hacia el final, Franco dice que Néstor no solo ayudó a poner de pie al país, sino que dio los elementos y enseñó el camino sobre el cual tejer la continuidad de nuestra historia política; “y de alguna manera está presente en todos y todas los que buscamos una política al servicio de la justicia social”.

Hay un poema de Leandro Gabilondo que empieza con Tu voz es un mito del que puedo dar fe y termina con Tengo miedo, y me la banco. En el medio, como siempre, pasan otras cosas: Necesito confiar en algo, Falta mucho para otra ausencia, Lo poco que me queda es un desierto de paro, y otras. Me han dicho que los poemas son del autor mientras se están escribiendo, que el durante del poema es el deseo, el magma, pero una vez que se termina, que toma contacto con la superficie, una vez que tiene forma esa propiedad se disuelve y el poema es de cada lectura.

Este, para mí, en mí, al menos hoy, habla del 27 de octubre de 2010 a la mañana. De ese rato en distintas casas, personas, caminatas.

El presente texto es parte del libro El día que Néstor murió, que podés descargarte de forma exclusiva y gratuita de Infonews.com y en el que 10 autores recuerdan a Kirchner a 10 años de su muerte.

Julieta Habif nació en 1991 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Estudió Comunicación Social y actualmente trabaja en la UBA. También es editora de El Gato y La Caja. Coescribió No me olvidé de vos, un proyecto de literatura epistolar. Colabora en medios digitales. Vive en Palermo, con dos perros.

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