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El enigma Putin

¿Un zar moderno? ¿Un émulo de Hitler? ¿Un nostágico de la guerra fría? Como buen ajedrecista, el líder ruso sabe mover las piezas antes que sus rivales.

Si Rusia era un enigma, una adivinanza o un misterio, como afirmaba Churchill, no importa ya. En realidad, ahora a los países, podemos conocerlos no sólo por sus actos sino también por sus líderes. En una tierra, inhóspita y hostil, que los ha tenido de todo tipo y naturaleza, con visión y hasta crueldad, pasando por Iván el Terrible, Pedro el Grande, Catalina la Grande, Lenin, Stalin y Gorbachov, para qué negarlo, Vladimir Putin también debiera subirse a esa vitrina.

Empecemos por su propia historia. Meritocrático, siempre abjuró de ganar espacio a través de las influencias, pero en un país habituado a ello, no las rechazó. Abogado de San Petersburgo, siempre pensó en la carrera pública. Entró a la KGB, allí admiró al ex Secretario del PCUS Yuri Andropov, el primer reformista –aunque autoritario– que tuvo el viejo Imperio marxista-leninista, e hizo una carrera administrativa que culminó casi al mismo tiempo que el Muro de Berlín en la RDA de Honecker y la temible STASI. En ese triste final de los ochenta, para él, Putin empezó a admirar a los alemanes, a quienes envidia su disciplina, fortaleza y productividad. Luego, ya desempleado, y de regreso en la anárquica Rusia de Boris Yeltsin, se reubicó bajo el ala política de Anatoli Sobchak, alcalde de su ciudad, donde ya atraía la atención de políticos y oligarcas, con quienes luego se entendería, cobijaría o eliminaría desde el Kremlin. Así arribó a Moscú, donde, de la mano del propio Yeltsin, se encaramó como primer ministro. Gris, de bajo perfil, esta camaleónico y siempre subestimado personaje rápidamente encontró en la guerra contra el terrorismo checheno, dos años antes del 11S, la excusa perfecta para asegurar al país el orden y la seguridad perdidas durante el postcomunismo noventista. Se esperaba que fuera un primer ministro más, incluso con menos credenciales que los anteriores, pero terminó sobresaliendo más que ninguno. Ganó las elecciones como el “delfín de La Familia” –el mote mafioso de los Yeltsin–, pero apenas llegó al máximo poder, si bien, agradecido, garantizó inmunidad a su “Padrino”, no tardó en diferenciarse, generando una “democracia soberana”, la “vertical del poder” y una lucha denodada contra los factores de poder.

Tuvo y tiene la habilidad para gobernar una coalición muy heterogénea. Liberales en lo económico pero satisfechos con su paternalismo neoautoritario; comunistas post, nostálgicos de una Gran Potencia que se hace respetar en el mundo; nacionalistas y conservadores que reivindican el pasado, el orgullo de ser rusos y el culto profano de la personalidad; populistas que aplauden su versatilidad, desde comunicacional hasta deportiva, ante las masas posmodernas. Con la debida cuota de fortuna, ayudado por los altos precios del petróleo, lo ha sabido aplicar con dureza de mercado a lo Rusia, al gas europeo. A oligarcas, gobernadores y demás poderes fácticos ha puesto freno, aunque también ostente en tal terreno cierta dualidad. Tiene favoritos allí pero es implacable con sus condenados, dentro y fuera de Rusia, como Khodorkovsky (ex preso e indultado por osar desafiarlo en política), Berezovski (ya muerto, uno de sus viejos protectores), Litvinenko (ex colega espía, envenenado), Politkovskaya (periodista asesinada por entrometer sus narices en Chechenia más de lo aconsejable). A los militares, nostálgicos de sus privilegios en la URSS, los ha cooptado, aumentado sus sueldos y presupuesto, y condecora cada 9 de mayo, pero les tiene preparada una profunda reforma estructural, que elimine para siempre la abusiva rémora de la conscripción y los profesionalice, algo temido por ellos, en su espejo con Occidente.

En política exterior, Putin lamentó la caída de la URSS y es nostálgico del orden bipolar, pero razona y sabe que no hay regreso posible. Por lo tanto, despliega una política multivectorial y pragmática, acorde a los intereses nacionales rusos y a sus propios intereses de coalición electoral. Con Estados Unidos coincide en la paz mundial, la cooperación militar-nuclear y la apertura comercial global, pero le pone límites en su espacio postsoviético, intentando frenar a la OTAN y su esquema de primacía global. Con Europa, fomenta el comercio y el turismo, reconoce su historia en parte común pero en términos conservadores, no acepta críticas morales, posicionando a Rusia como la verdadera abanderada de la civilización cristiana, hoy acosada por flagelos como el multiculturalismo, la homosexualidad, el feminismo, etc. Con China, converge en la oposición a la unipolaridad norteamericana, aunque desconfía de ella en múltiples aspectos.

Con el resto del mundo, Rusia se abre y pretende desarrollar vínculos duraderos, no ideológicos, incluyendo el negocio de la venta de armas. Rusia forma parte del bloque BRICS (junto con Brasil, India, China y Sudáfrica) y su Canciller Lavrov acaba de invitar a nuestra presidenta Cristina Fernández a la próxima Cumbre a realizarse en la brasileña ciudad de Fortaleza el 15 de julio próximo. Si bien las diferencias de superficie, endeudamiento y protagonismo a nivel mundial son abismales entre nuestro país y los integrantes del Grupo, cabe hipotetizar que la invitación a Argentina (aún dentro del G-20) forma parte del repertorio de medidas que detonó un Putin siempre rápido de reflejos, entre las que se incluye el reciente mega-acuerdo energético con China, para evitar el aislamiento internacional al que Occidente lo ha sometido tras la anexión de Crimea.

Putin sabe que todo ciclo termina, y apura la marcha. El suyo ya cuenta con 14 años e indicadores enormes de popularidad, pero tiene ante sí el desafío de aprovechar esta bonanza petrolera para acelerar reformas de fondo que la sociedad y parte de la élite rusas han intentado obstruir de una u otra manera. Asumiendo en su propia persona la alternativa liberal-nacionalista-comunista, lo hace con su propio ritmo, estilo e impronta. Lejos de ser revolucionario, se trata de un líder cauteloso, prudente, frío cuando debe serlo, sanguíneo y vengativo cuando lo hieren o lastiman a su amada Rusia. Se siente enormemente responsable por su destino histórico. Para aquellos que torpemente lo confundieron con Hitler, detesta los conflictos (domésticos y externos). No perdona –y no lo olvidará– a Ucrania la crisis expuesta desde noviembre; no obstante ello, llegado el momento, pronto, no dudará en tender una mano al presidente electo Poroschenko, como lo hizo antes con los dirigentes de la Revolución Naranja. A los occidentales no dejará de seducirlos, pero les recordará permanentemente la línea roja. Como se lo vio en los Juegos de Invierno de Sochi, sólo pretende una Rusia moderna, desarrollada y respetada a nivel mundial.  Descartando todo regreso a la Guerra Fría u otra conflagración mundial, irracional, Putin conduce un país que siempre fue Imperio y ahora sólo pretende ser un Estado con una voz equivalente a su tamaño e historia. 

Ajedrecista nato, como bien afirma Bobo Lo, Putin es un oportunista estratégico: siempre espera la ocasión para mover las piezas antes que sus rivales. No sabe cómo, dónde ni cuándo terminará el juego, pero se anticipa. Esa virtud, en el mundo acelerado del siglo XXI, le permite sobresalir interpares.

Montes es Magíster en Relaciones Internacionales y profesor de Política Internacional de la UNVM y la UCC.

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