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¿Hegemonía K o táctica macrista?

Hace exactamente cinco años, en agosto de 2010, en una entrevista que me realizó Iván Schargrodsky –cuando todavía no era la estrella del periodismo joven que es hoy–, respondí, ante la consulta por el juego de la oposición frente a las elecciones de 2011 que “lo bueno de este momento político es que se corren todos por izquierda. La oposición le pide el 82% móvil (al gobierno), ahora va a pedir un decreto de Felicidad compulsiva para todos y el kirchnerismo va a firmar un decreto de Felicidad y alegría compulsiva para todos. Esa competencia por izquierda que se está dando es beneficiosa para el ciudadano medio, porque –culturalmente- se pelean para ver quién puede ofrecer en 2011 mayor cantidad de incentivos. Y ahí hay un cambio cultural, porque la salida del kirchnerismo parecía ser por derecha. (…) Pareciera ser que la preocupación por el bienestar general, entendido en términos económicos, sociales, políticos, culturales, parece estar dentro de la agenda del sector de centroizquierda. No en vano (Hugo) Biolcati se ve obligado a hablar de los pobres; no se refiere a la distribución de la riqueza, porque ahí caería en una propia contradicción. Estoy pensando si en Biolcati mismo no hay también un germen kirchnerista, de tener que hablar de los pobres, porque sino su discurso es absolutamente desestimado. Es interesante el fenómeno que se da: todos están hablando en términos de la agenda kirchnerista”.

No importa si el cambio de Macri es real. Tampoco interesa de si se trata simplemente de una nueva táctica electoralista. Obviamente, la transformación es falsa.

La cita no es vana, y a pesar de la autorreferencia, tampoco intenta ser demasiado vanidosa (o, al menos, la utilidad atempera un poco el pecado). Intenta demostrar, que a pesar del lustro transcurrido, a pesar del cambio de personajes, el escenario político no ha cambiado demasiado respecto de aquella época. Es cierto que aquel año 2010, quizás el más parecido por la pasión, el fervor, el enamoramiento político que vivió gran parte de la sociedad, el Bicentenario y la muerte de Néstor Kirchner, es lo más parecido que han vivido las generaciones nacidas con posterioridad a los años setenta al aquel vibrante 1973 y quedará indubitablemente en la historia argentina como el año que vivimos conmovidos. Y también es cierto que 2015 parece un poco más apagado, menos sazonado y con un poco menos de pasión. Pero lo cierto es que lo que ocurrió el domingo a la noche demuestra que el escenario político en términos discursos no se ha movido demasiado.

Me refiero, claro, a las volteretas ideológicas del desorientado Mauricio Macri, casi ex intendente de la Ciudad de Buenos Aires, en el momento en que su delfín, Horacio Rodríguez Larreta, arañaba la victoria frente a Martín Lousteau. “Nos quisieron hacer creer que sólo hay dos alternativas. O privatizar mal como en los '90 o administrar pésimo como en los 2000 y eso es falso”, dijo Macri ante un auditorio todavía entusiasmado. “La Asignación Universal por Hijo es un derecho, no un regalo que alguien dio y otro puede sacar. Vamos a trabajar en el Congreso para que la AUH esté garantizada por una ley”, continuó y la cosa se puso peliaguda entre los asistentes que no sabían si aplaudir, chiflar, ponerse a llorar o afiliarse al Frente para la Victoria.

Con el disfraz kirchnerista (por un par de días, al menos) Macri aseguró que en caso de ganar la Presidencia, “Aerolíneas seguirá siendo estatal, pero bien administrada, e YPF seguirá manejada por el Estado, pero no la YPF que ellos privatizaron y que después confiscaron violando la Constitución”.  El acabose se produjo cuando, como lo hace siempre la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, habló de “empoderar al pueblo”: con un tonito de niño bien de prima fila en el colegio exclamó entusiasmado “el poder es de la gente”.

Lo realmente importante es que el kirchnerismo está ganando la batalla cultural que se propuso llevar adelante.

Es decir, Macri comprendió que la batalla cultural está perdida, al menos por ahora. Por esa razón retomó la agenda kirchnerista como ocurrió en los años 2010 y 2011. Rápida, inteligente, irónica, la presidenta Cristina celebró el supuesto cambio del intendente de Buenos Aires y reprochó que lo hayan hecho demasiado tarde y que no hayan votado las leyes que ahora reivindican. Y como no pudo con su genio, remato: “Hasta la oposición ahora nos da la razón. Pero nunca habrán escuchado de mi boca ni de la de mi compañero (por Néstor Kirchner) decir algo por conveniencia electoral”.

El kirchnerismo más emotivo puso el acento en el dedo y comenzó a criticar a Macri por las volteretas ideológicas y discursivas. Lo trató de hipócrita, de oportunista, de falso. Y de esa manera se perdió lo que, realmente, había ocurrido ese domingo a la noche: Macri, el representante mimado de la clase dominante argentina, el líder del “progresismo de derecha”, la esperanza blanca de los poderes reales en la Argentina de Héctor Magnetto, los Mitre, los Rocca, los Lanata y los Carrió, es decir, el más rancio de los conservadorismos, debió sucumbir ante la potencia hegemónica de la cultura política kirchnerista.

No importa si el cambio de Macri es real. Tampoco interesa de si se trata simplemente de una nueva táctica electoralista. Obviamente, la transformación es falsa y, en caso de acceder al gobierno, como su mentor Carlos Menem, hará todo lo contrario a lo que dice. No es eso lo fundamental.  Ocurrió otra cosa: el establishment se dio cuenta de que las mayorías, plurales, diversas, contradictorias, no siempre fieles, comparten en gran parte el “catecismo” kirchnerista y que no se puede ni ganar elecciones ni gobernar –Sergio Massa lo sufrió en carne propia en cuanto radicalizó su discurso; Daniel Scioli, con su silenciosa intuición política, lo aprendió rápidamente– sin tener los mandamientos K en las mano.

Lo realmente importante es que el kirchnerismo está ganando la batalla cultural que se propuso llevar adelante en el 2007, cuando Cristina, por entonces candidata presidencial, lo anunció en la tapa de la revista Debates. Y esa batalla cultural fue política, ideológica, pero también y fundamentalmente valorativa. ¿Lo del domingo significa que está ganada esa batalla? Definitivamente, no. Pero marca la posibilidad de que el kirchnerismo –como mejor interpretación del peronismo del siglo XXI- se torne hegemónico en los próximos lustros. 

Los poderes reales lo comprendieron. Y eso se nota en que, mientras toleran las maniobras tácticas de Macri, vuelven a usar las armas que mejor conocen para intentar desbaratar los planes de los sectores rebeldes de la clase política y las imaginerías culturales: los golpes mediáticos y económicos. Ya sabemos a qué atenernos. La derecha cree (o sabe) que billetera mata cultura.

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