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200 Argentinos - El Ángel de la muerte

Carlos Eduardo Robledo Puch es el preso más antiguo y el asesino múltiple récord. Criado en la zona más rica del Gran Buenos Aires, con conocimientos de piano y alemán, saltó a la tapa de los diarios por una impresionante sucesión de crímenes ejecutados por la espalda o mientras sus víctimas dormían.

Por Rodolfo Palacios

Se proclama el heredero de Perón y repite sus discursos con la voz impostada, vaticina que al mundo le quedan diez años de existencia y jura que podría ganar millones de dólares como doble de riesgo en películas de acción. Aferrado a sus delirios y a la compañía de su vieja gata “Kuki”, Carlos Eduardo Robledo Puch pasa sus días en la celda 711 de la cárcel de Sierra Chica. Ya no lo llaman El Ángel de la Muerte: los guardias y sus compañeros le dicen Carlitos. El mayor asesino múltiple de la historia criminal argentina está preso desde hace 38 años por matar a once personas por la espalda o mientras dormían.

Nació el 19 de enero de 1952 en Capital Federal. Su padre, Víctor Elías, era inspector viajante de la General Motors. Su madre, Aída Josefa Habedank, se había recibido de química pero nunca ejerció. Robledo se crió en Florida, partido de Vicente López. Tuvo una infancia sin sobresaltos: jugaba a los vaqueros con la pistola de cebitas que le había regalado su abuelo, tocaba el piano (estudió siete años), coleccionaba las figuritas de fútbol Crack e iba a misa con su abuela materna, que le enseñó a hablar alemán.

En su adolescencia, el “Colorado”, como le decían, tuvo problemas en la escuela. Una vez, después de una mala nota, revoleó adelante de su maestra una silla contra el pizarrón. Otro día, robó la recaudación del kiosco del colegio. En la calle, se dedicaba a robar motos y autos, sus dos pasiones. Por esos delitos, pasó un año en el reformatorio Bonanza de La Plata. Después de cumplir el castigo, les prometió a sus padres que no volvería a “manchar el apellido”. Lo inscribieron en el colegio Cervantes de Vicente López. Allí se hizo amigo de Jorge Ibáñez, alias “Queque”. Mientras otros chicos se juntaban a escuchar música, Robledo iba a la casa de su compañero a practicar tiro al blanco en el patio. Dejó la escuela en segundo año para trabajar en un taller mecánico. Al final, se fue de su casa y empezó a planear asaltos con Ibáñez. “A los 20 años no se puede andar sin coche y sin plata”, fue su declaración de principios.

Pacto de sangre

Una noche, la pareja criminal hizo un pacto: eliminar a todo aquel que se le cruzara en el camino. Comenzaron a cumplirlo el 15 de marzo de 1971, a ocho días de la asunción del presidente de facto Alejandro Agustín Lanusse. Robledo e Ibáñez entraron a robar en el boliche Enamour, en Olivos. Robledo mató a Félix Mastronardi, el gerente, y a Manuel Jesús Godoy, el barman que esa noche se había quedado a dormir de casualidad. Robaron 500 mil pesos.

El 9 de mayo se metieron por una claraboya en un local de repuestos de Olivos, donde dormían un matrimonio y su beba de diez meses. Robledo Puch mató a José Bianchi de dos balazos. Ibáñez intentó violar a la mujer. Antes de irse, Robledo la hirió de un balazo. Una tercera bala rozó los barrotes de la cuna donde dormía la beba. Se fueron con 300 mil pesos moneda nacional, que en ese entonces equivalían a 800 dólares.

Volvieron a robar 15 días después en el supermercado Tanti, en Olivos, donde el sereno Juan Scattone dormía panza arriba. “Andá y matalo”, le ordenó Ibáñez a Robledo, que asesinó al hombre de un balazo. Los amigos festejaron con un whisky que sacaron de una góndola. La policía sospechaba que los crímenes eran ejecutados por miembros de Montoneros que buscaban financiación y armas a través de robos y asaltos. Nadie pensaba en dos jóvenes del rico norte bonaerense que mataban por diversión.

La madrugada del 13 de junio de 1971, en la Panamericana, a la altura de Pilar, Robledo mató de cinco balazos por la espalda a Virginia Eleuteria Rodríguez, una prostituta de 16 años que antes había sido violada por Ibáñez en el asiento trasero de un Ford Farlaine. En esa zona, once días después, le tocó el turno a Ana María Dinardo, una modelo de 23 años. La vieron en la calle y la obligaron a subir a un Chevy blanco. Ibáñez la violó y su amigo la mató de seis balazos.

El 5 de agosto, en Núñez, Robledo chocó la Siam Di Tella de su padre contra un árbol. Ibáñez murió en el acto. Siempre se sospechó que lo había matado Robledo.

Bala y soplete

Robledo reemplazó a Ibáñez por Héctor Somoza, hijo de una panadera. El 15 de noviembre robaron en el supermercado Rincón, en Boulogne, donde Robledo mató al sereno Raúl Delbene. Dos días después, entraron por la noche en la concesionaria Pasquet, a dos cuadras de la quinta presidencial de Olivos. Después de matar de un balazo al cuidador Juan Carlos Rozas, Robledo y su amigo huyeron con 90 mil pesos.

El 27 de noviembre entraron en la agencia Dodge de Puigmarti, en Acassuso: Robledo fusiló de tres tiros al sereno Bienvenido Ferrini y se llevaron 1.500.000 pesos.

El 3 de febrero de 1972, la pareja asaltó la ferretería Masseiro, en Carupá. Robledo mató al sereno Manuel Acevedo de dos balazos. Luego, mientras sacaba 1.400.000 pesos de la caja fuerte, Somoza lo agarró por la espalda. Nunca se sabrá si ese movimiento repentino fue una broma a destiempo o una traición inconclusa. El Ángel Negro le pegó un codazo en el pecho y le disparó dos veces. Antes de escapar, lo desfiguró con el soplete para borrar pruebas. Pero olvidó sacar la cédula de identidad de la víctima. Al otro día, fue detenido en su casa de Villa Adelina. Tenía 20 años.

Durante cinco jornadas fue torturado en una sala de la comisaría 1ª de Tigre (años después ese lugar sería centro clandestino de detención durante la última dictadura militar). Robledo confesó sus crímenes. Cuando le preguntaron por qué había matado a uno de los serenos mientras dormía, respondió: “¿Qué quería, que los despertara?”. Declaró que el segundo balazo que le disparó a Somoza fue para que no sufriera porque era su amigo.

En las reconstrucciones de los homicidios, el público intentó lincharlo. La Justicia no lo pudo condenar a la pena de muerte, instaurada por la dictadura de Onganía, porque sólo se aplicaba en casos de secuestros y crímenes políticos.

Los periodistas del diario Crónica lo llamaron chacal; vampiro afeminado; fiera humana; asesino pelirrojo; niño muerte; ignominioso Puch; muñeco maldito; carita de ángel; monstruo perverso; gato rojo; tuerca malvado; mozalbete siniestro; canalla inmoral; asesino unisex.

El 7 de julio de 1973, Robledo se fugó de la cárcel de La Plata, descolgándose de un muro con sábanas anudadas. Lo detuvieron a los tres días.
Nacido para matar

Después de examinarlo, el perito Osvaldo Raffo concluyó que Robledo era un psicópata cruel y desalmado incurable. “Nació y morirá psicópata: sus padres no tuvieron la culpa por eso”, dictaminó el forense. Siempre sospechó que Robledo había cometido diez asesinatos más de los que le adjudicaban.

En esa época, el neurocirujano Raúl Matera –colaborador de confianza de Juan Perón– le quiso hacer una lobotomía frontal a Robledo para quitarle la agresividad. El asesino se negó.

El forense Vicente Cabello pidió que el cerebro de “este antropoide y abominable delincuente” sea extraído como una valiosa pieza de anatomía patológica. Un astrólogo llamado “Cariño” atribuyó la maldad del asesino al choque planetario entre Urano y Saturno, ocurrido el día de su nacimiento.

El juicio oral comenzó el 4 de agosto de 1980. Tres meses y 23 días después, Carlos Eduardo Robledo Puch fue condenado a reclusión perpetua por tiempo indeterminado por ser el autor de 36 delitos: once homicidios, una tentativa de homicidio calificado, 17 robos, dos hurtos, dos violaciones, un intento de violación, y dos raptos.
Antes de escuchar la sentencia, Robledo se paró ante los camaristas y dio su veredicto:

–Esto es un circo romano. Algún día voy a salir y los voy a matar a todos.

De las Malvinas a Hollywood

En 1982, Robledo le mandó una carta al presidente de facto Leopoldo Fortunato Galtieri para combatir en la guerra de Malvinas porque quería “matar por la patria”. Nadie tuvo en cuenta su pedido.

La Semana Santa de 1996, su nombre volvió a aparecer en los medios por el sangriento motín de Sierra Chica, donde una banda conocida como Los Doce Apóstoles incineró a ocho presos en el horno de la prisión. En esa revuelta, Robledo –que vivía en el pabellón 10 de homosexuales– se refugió en la parroquia con una Biblia. Años después, despertó creyéndose Batman y prendió fuego parte del taller de Sierra Chica.

Nadie lo visita: su madre murió en un manicomio y a su padre lo sorprendió un ataque al corazón cuando brindaba el 31 de diciembre de 2005. Los pocos familiares que le quedan se cambiaron el apellido.

El 5 de febrero de 2009, la Sala I de la Cámara de Apelación y Garantías en lo Penal le negó la libertad que Robledo había pedido siete meses antes, declarándose ahora inocente. Es el preso argentino que más años lleva detenido en una cárcel.

En sus delirios sin límites, reclama a Hollywood tres millones de dólares a cambio de escribir el guión de la película que cuente su vida. Y exige que lo interprete Leonardo DiCaprio, bajo dirección de Quentin Tarantino o Martin Scorsese.

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