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La crisis de la escuela el y impacto de las tecnologías en la educación

Entrevista de Tiempo Argentino a la antropóloga Paula Sibila, especialista en educación. La cientista social reflexiona sobre el impacto de las tecnologías en la educación. "La escuela decimonónica no era ninguna maravilla", aseguró.

El Principito se equivocó: lo esencial ya no puede ser invisible a los ojos. "Hoy hay que mostrarse, porque si no, no existís", explica Paula Sibilia, antropóloga y doctora en Comunicación Social. El problema es que "por un lado, hay que exponerse para ser alguien, pero a la vez somos vulnerables a esa mirada", agrega la investigadora en diálogo con Tiempo Argentino, que se dedica al estudio de temas culturales contemporáneos y que en el último TedX Río de la Plata expuso sobre el fenómeno que expresa esa vulnerabilidad: el bullying.

Esta forma de acoso que adquirió notoriedad en los últimos años también puede leerse en clave del cambio de época. "Es como si la eficacia moralizadora de la culpa hubiera disminuido. Los chicos ya no se preocupan tanto por las amonestaciones o las malas notas en la escuela. En cambio, creció la eficacia moralizadora de la vergüenza, que puede demolerte. Porque si la mirada ajena te dice que no valés nada, quizás no valés nada. No hay dónde refugiarse", explica.

El Principito se equivocó: lo esencial ya no puede ser invisible a los ojos. "Hoy hay que mostrarse, porque si no, no existís".

"Lo que analizo de esta transformación enorme es el cambio en la subjetividad. Y muy rápidamente eso se puede sintetizar en un desplazamiento del eje con el que construimos lo que somos. Antes, en los siglos XIX y XX, el eje estaba puesto en la vida interior, la vida psicológica. El ser humano se definía como dotado de interioridad y esa interioridad se consideraba lo más importante. En las últimas décadas se fue gestando el desplazamiento del interior hacia lo visible. Ahí tenemos el culto al cuerpo, la importancia del aspecto físico, y no sólo la gimnasia o las cirugías plásticas, sino también la administración de la imagen y el gerenciamiento de todo lo que hacemos. En ese sentido, los perfiles de las redes sociales serían emblemáticos, así como las tecnologías emblemáticas de la interioridad en otras épocas eran  las novelas y los diarios íntimos", agrega.

–¿Pareciera que el límite entre lo interior y exterior se hizo ahora más lábil?  

–Es que esas son categorías del siglo XIX y XX que dejaron de tener validez en la forma de explicar cómo funcionan las cosas. Los que están más inmersos en la cultura de la visibilidad, sobre todo los más chicos, hacen menos esa diferencia. No hay una verdad adentro y yo muestro otra cosa, sino que cada vez más lo que muestro es lo que hay, lo que soy. Eso se ve porque no hay distancia entre el hecho y lo que muestro. Muestro directamente sin que esté atravesado por el pensamiento. La selfie sería el emblema. Entonces, pensar que lo que muestro es una máscara y que adentro se es de otra forma es una lectura decimonónica. Lo que está en juego ahora es otra forma de construir la subjetividad y no tiene por qué ser una sola. Son formas flexibles y múltiples de construirse a uno mismo como personaje. Pero eso no lo hace falso.

–¿Los espacios también viven ese desplazamiento de lo privado a lo público?

–La diferencia entre espacios públicos y privados permanece. Antes había una serie de dispositivos que daban cuenta de eso: las puertas, las llaves, las cortinas. Y también dispositivos morales, como el pudor y la discreción, que ayudaban a que la intimidad quedara allí. Eso está cambiando, pero no quiere decir que sea ya mismo. El espacio público y privado siguen siendo distintos y la intimidad sigue siendo valiosa para construir la subjetividad. Es importante para definir quién es cada uno y cuánto vale, pero la diferencia es que esa intimidad tienen que verla los demás, hay que lanzarla al espacio público con la instalación de las redes. Son estrategias inventadas por la sociedad para permitir no desactivar la diferencia entre público y privado pero permitir que algunas cosas que suceden en el espacio privado se hagan visibles. Por eso uso la noción de "extimidad", para nombrar eso que ya no es la intimidad del siglo XIX, que por definición había que ocultar, sino una que se crea para ser visible y que se hace al mismo tiempo que se hace visible. Se desarrolla, incluso, para mostrarla. 

–¿Y cómo ves que reaccionan los padres criados en otros tiempos ante estos cambios?

–Creo que hay mucha perplejidad en ese sentido, pero todos estamos metidos en esto. Nadie sabe muy bien qué hacer en las familias ni las escuelas. Que el bullying se haya transformado en un conflicto social tan fuerte es un indicio de eso. El límite es muy arriesgado. Por un lado, hay que mostrarse y estetizarse pero, por otro lado, siempre estás por caer en el abismo. 

–¿Y cómo analizás la respuesta de una institución tan tradicional como la escuela?

–Creo que es muy difícil saber qué va a pasar. Lo que veo es conflicto y no sé si tiene solución. La escuela es tal vez la institución moderna menos flexible (menos que la fábrica, la casa familiar o el hospital); es un dispositivo muy artificial, de una violencia sobre las formas de vida de los chicos desde que son chiquitos monstruosa, pero que fue implementada en los últimos 200 años y que fue clave en la edad moderna, con sus paredes y el confinamiento, como diría Foucault. Ahora, cuando se termina de configurar este nuevo régimen de las redes y se superpone al de las paredes, creo que la capacidad de la escuela queda en un lugar muy cuestionable. De todas maneras, sería un error pensar que los aparatos móviles de conexión a las redes y con cámaras generaron la crisis de la escuela. La crisis viene de más lejos, como todo el proceso de la transformación de la subjetividad, que es más complejo. Pero como estos aparatos son fruto de la transformación, entonces terminaron de poner en evidencia la crisis y probablemente la pusieron en evidencia a tal punto, que amenazan la existencia de la escuela. Las paredes ya no cumplen más la función de confinamiento, de crear un ambiente de concentración y de transmisión del saber de un profesor a los alumnos a partir de una definición muy jerárquica de las funciones de cada uno. Lo que se intenta ahora es adaptar la escuela con las netbooks de Conectar Igualdad y las nuevas tecnologías, pero mi sospecha es que no son compatibles. 

–¿Y cómo podría hacer el Estado entonces para garantizar la transmisión de determinados conocimientos?

–Creo que eso está en cuestión y por lo que vengo escuchando de psicólogos, maestros y alumnos, no se están garantizando los saberes. La pregunta es si antes funcionaba bien la escuela. Porque viene criticándosela hace mucho, viene perdiendo eficacia hace mucho. Yo ya viví una escuela que no era la del siglo XIX, pero aun así se fingía o se intentaba recrear la situación como si el mundo fuera el mismo. Ahora creo que los dispositivos la terminaron de poner en cuestión. Entonces, hay que pensar cómo se hace. Hay mucho debate al respecto, particularmente en lo que se refiere a la escuela secundaria, y es muy difícil llegar a una posición consensual. Lo que veo, desde una mirada optimista, es que se están ensayando muchas cosas. Es un momento de mucha creación de sentidos, principalmente, porque no queda otra. La situación de aula, de clase, no está dada como en el siglo XIX. Hay que generarla. Y no funciona más por todos los actores que están ahí operando: el respeto a la jerarquía del profesor, el sentido de aprender determinadas cosas. Todo eso se cuestiona y, encima, las redes atraviesan las paredes. Y no solo las redes de celulares, porque hay una subjetividad compatible con las redes que ya no es más compatible con las paredes. Los cuerpos ya no son compatibles con la tecnología escolar. Es muy difícil lograr que funcionen en ese formato que es muy estricto en cuanto a espacio, y que encima ocupa mucho tiempo por día y durante muchos años. Las redes, en cambio, funcionan todo el tiempo y en cualquier lugar. No diferencian espacio público y privado, hora de recreo y de clase, y las subjetividades son compatibles con ese nuevo uso del espacio.

–Este fenómeno que mencionás también pareciera haber llegado al mundo laboral y algunas empresas como Google respondieron cambiando el espacio de trabajo. 

–Yo conocí algunas escuelas que se modernizaron también copiando el formato de Google. Pero esa es una de las estrategias posibles, compatibilizarla con el mundo contemporáneo por esa vía con las redes y con el mercado. Pero entonces se la transforma en una especie de empresa. Toma ese espíritu de Posdata sobre las sociedades de control de Gilles Deleuze que atraviesa todas las instituciones, como el alma de la empresa. Las escuelas que yo conocí tienen ese espíritu. Lo que tratan de hacer es transformar la vieja escuela en algo parecido a Google o a una empresa contemporánea, con los riesgos que eso implica en cuanto a las ideas de productivismo, de competitividad, dispersión capitalizada. Es una estrategia posible y también de clase. 

–No parece haber un camino claro para salir de esta crisis…

–Yo tiendo a creer que las crisis son una oportunidad. Suele decirse eso.  Mi posición es que la escuela decimonónica no era ninguna maravilla. En un punto, entonces, está bien que esté siendo cuestionada. Pero me parece que deberíamos pensar con más audacia y no tratar de compatibilizarla con los mercados y las redes. Habría que aprovechar esta anomalía que es la escuela y darles sentido a las paredes de otra forma. Quizás haya que cambiar las materias, porque hay mucho para aprender. Paradójicamente, este desmantelamiento de la escuela y de la rigidez escolar permite este tipo de encuentro y de diálogo que antes no era posible entre profesor y alumno, y entre ellos también. Porque el modelo tradicional de escuela era muy rígido. Entonces, hoy en general hay dispersión y desgano porque las subjetividades son incompatibles con ese entorno. 

–Vos no tenés perfil en Facebook ni en Twitter. ¿Cómo es tu relación personal con las redes?

–No estar en Facebook ni en Twitter un poco lo decidí y otro poco no. Mi sensación es que con la conexión que tengo con el mundo ya no tengo tiempo para nada. Tengo esa sensación de no poder procesar las experiencias y estar abrumada, siempre en deuda, y con mil cosas para hacer que no hago a tiempo. Pero probablemente porque soy más decimonónica que vos. Entonces, necesito tiempo para pensar, el silencio, la soledad. Entonces, pienso que si me lanzo a las redes no hago nada, que me voy a quedar todo el tiempo ahí. Y digo "no hago nada", pero sé que estar ahí es hacer muchas cosas. Aunque a mí me interesa hacer otras cosas, como escribir libros, por ejemplo. Entonces no me metí y en algún momento me di cuenta de que estaba decidiendo no hacerlo. Pero a partir de la experiencia de amigos de mi generación que están en Facebook me doy cuenta de que hago bien. Porque veo que para ellos es difícil salir. 

–¿Te sorprende que los medios, que estaban acostumbrados a marcar agenda, cada vez más levanten los temas tendencia de las redes? 

–Pareciera que para los medios lo que interesa es lo que sucede ahí. Es la estrategia del rating. Se piensa que es lo que más repercute y eso es lo más importante. Se generalizó la lógica del mercado como si fuera la única verdad. En ese sentido creo que los diarios hacen lo que pueden porque están en una crisis. Pero como son empresas, probablemente se adapten de alguna manera. Pero están amenazados, sobre todo los impresos. Creo que las nuevas generaciones no van a comprar más diarios. Yo, de hecho, leo todo de Internet.

–Y en este contexto tan dependiente de Internet y las nuevas tecnologías, ¿qué crees que va a pasar con aquellos que queden del otro lado de la brecha digital? 

–Cada vez más se universaliza más el acceso. Todos o casi todos ya tienen algún tipo de conexión a Internet, aunque sea distinto. Y es distinto lo que hacen y las habilidades que tienen para orbitar en esos mundos. En ese marco, la inclusión digital tiene su lado paradójico o tramposo, porque de alguna manera el Estado ayuda al mercado a universalizar. Pero como es tan compatible con el mundo contemporáneo que estemos todos conectados, creo que cada vez se va a exigir más que el otro pueda dominar ese tipo de conocimiento. Así que los que no lo logren van a quedar afuera.

"Sacamos fotos que nunca veremos"

–Todo parece estar en Internet, pero eso no necesariamente nos hace más sabios o más inteligentes.

–Hay una transformación en ese sentido que tiene que ver con la cantidad de información disponible y la velocidad que usamos para acceder a ella. El universo de lo conocido no es la pequeña biblioteca. Un dispositivo lector tiene 50 millones de libros, un dispositivo de música tiene 200 millones de canciones. Hay un efecto en la cantidad que es abrumador y que no se puede llegar a procesar. Entonces es otro tipo de metabolización de la experiencia. Un ejemplo para verlo es en las fotos. Sacamos tantas que no las vemos. Al principio uno las miraba, elegía algunas y las imprimía. Después ya no imprimía más y ahora ya ni siquiera las miramos una vez. Se ponen en una memoria pero sabiendo que se van a perder. Están destinadas al descarte y creo que eso es un efecto de la cantidad eterna. Son tantas que entonces uno renuncia a procesarlas. Google también es eso: sabemos que está todo ahí, entonces que se ocupe solo…

–Pero además Google utiliza ciertos patrones de búsqueda propios y secretos...

–Google puede cambiar, pero no va a pasar con la lógica de la cantidad y de que se trate todo como información y no como otro tipo de materiales más entremezclados con lo afectivo. Son otras formas de pensar y construir pensamiento. Y creo que la cantidad, la velocidad y la fluidez ya están operando en cómo pensamos y compartimos los conocimientos. Porque no hay ese momento que formaba parte del pensar que es el de metabolizar, la pausa. Todo sucede al mismo tiempo y el hecho de que estemos todo el tiempo conectados con el teléfono celular hace que no haya cortes o tiempos muertos, que en realidad es tiempo vivo de pensar lo que sucedió. Eso no está más.

Escuela

Vigencia. El último libro de Paula Sibilia ¿Redes o paredes? se pregunta para qué sirve la escuela y si esa institución se ha vuelto obsoleta. Su objetivo es responder si no es tiempo de remplazarla por algo mejor, más adaptado a los tiempos que corren.

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