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Las trans de Dios

La comunidad trans. La prostitución y las adicciones. Bancando las heridas diarias. Cambiaron de sexualidad pero no abandonaron la fe, y hallaron su santa.

La hidrocarburífera provincia de Neuquén atrae hombres, por lo general sin familia. La tentación son los sueldos abultados para la media argentina. En la Patagonia, este modelo productivo se combina con un fenómeno social, la prostitución. Las jornadas interminables de trabajo se combinan con noches de excesos: alcohol, drogas y una vuelta por la ruta. Allí, bancando los imparables vientos y heladas, las trans, iluminadas por la luna. A las heridas de la explotación sexual y el frío, ellas sobreviven también con alcohol y drogas. Los días pasan en las noches. Nunca al sol. Su promedio de vida, si no salen de la explotación rutera, no supera los 40 años. Esto sin contar los asesinatos, -78 en lo que va del año-. El listado de travesticidio en Argentina lo lleva una monja de clausura.

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Trans con fe. El dolor -que no se iba- llevó a la sanjuanina Romina Díaz a realizar una promesa. Hace 15 años le pidió a la virgen de Lourdes -de la que es devota- una solución; y ella daría como esfuerzo el 10 por ciento de sus ganancias de la prostitución, por tres meses. Marucha, la monja italiana y anciana, en la parroquia de Lourdes, donde fue a concretar su promesa, rechazó el dinero. Hasta le preguntó de dónde venía. Ella respondió sin eufemismos: del único lugar donde puede trabajar una trans, la explotación sexual. Romina se sintió en paz con la monja, “me abrazó y me hizo pasar a la iglesia”, sigue recordando ante los curiosos. En un principio no le creyó que el dinero que entregaba se lo iban a devolver en obras.

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“Nosotros, para la iglesia católica, siempre fuimos demonios, siempre excluidas, maltratadas”, reconoce Romina, la primer trans en acercarse a Mónica Astorga Cremona, la monja Carmelita Descalza, que hace semanas inauguró el primer complejo de viviendas para una comunidad trans en el mundo, y recibió una carta de apoyo del líder de la iglesia católica, el Papa Francisco.

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Sus compañeras de ruta no le creían. Romina intentó convencerlas de que la acompañen a la parroquia de Lourdes, pero las respuestas fueron lapidarias. “Se van a quedar con tu plata. No vayamos, nos van a tratar como hombres”.

Al final, la monja anciana, Marucha, les puso una peluquería. Las chicas trans se convencieron. Pero luego tomaría la posta la “santa” de las trans. “Para mí Mónica es una 'trans monja'. Nos comprende, sabe de nuestro sufrimiento”.

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Romina encarna el concepto de religiosidad popular. Aunque era rechazada en las iglesias por los feligreses o los curas, nunca dejó de ir a rezar. Buscaba sanar las heridas que se agrandaron a los 14 años, cuando fue echada de su casa. En la Ciudad de Buenos Aires encontró como salvavidas a la calle, la prostitución.

De la primera ayuda, con ropa, mercadería, la peluquería, se pasó a otros sueños, como el taller de costura, cocina, y computación, y el tratamiento. Por la comunidad trans en Neuquén ya pasaron cien chicas. Al hogar le agregaron la casa de contención y acompañamiento de las adicciones Santa Teresita del Niño Jesús, y el condominio habitacional Costa del Limay. Para construir las viviendas, primero las Carmelitas Descalzas recibieron la donación del terreno por la municipalidad, y la obra fue solventada por el Estado provincial y nacional.

Las viviendas son entregadas en comodato, no pagan alquiler y, en caso de fallecimiento, son transferidas a otras mujeres de igual condición. “No creíamos que iba a lograr el complejo. A cualquier trans le cobran el doble o el triple, encima, por lugares horribles”, cuenta Romina.

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Los departamentos tienen 40 metros cuadrados, están equipados con cocina y baño completos, calefacción y termotanque. El complejo incluye un salón de usos múltiples y un terreno para huerta y recreación. La religiosa agregó que para muchas de ellas el baño es más grande que la habitación en la que vivían y por la que debían pagar mucho dinero solo por ser trans.

Katy Villagra soñaba con morir en una cama de sábanas limpia. Hoy es la encargada de recibir a las nuevas en el complejo de viviendas para trans, y a sus 57 años lleva siete sin tomar alcohol y volvió a relacionarse con su familia tras 30 años de no verse.

Para la salida laboral, en un principio la comunidad trans contó con el apoyo de Cáritas, que respaldó el proyecto de peluquería para tres, y la cooperativa de costura integrada por dos trans, funcionó en un principio en la parroquia de Lourdes. Mientras que otras trans llegaron a cargos legislativos o municipales, y también en el sector privado: una trabaja en un Rapipago como cajera, la otra en una clínica como mucama.

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La voz de la monja Mónica es pausada, muy tranquila; cuando habla por teléfono de fondo se escuchan el cacareo de las gallinas y los gallos, el monasterio de la Santa Cruz y San José se encuentra en una zona semirural al lado de una ruta y las cinco monjas allí viven de su trabajo: al producir alfajores, licores y dulces. No están subsidiadas por el Estado, pagan los impuestos y servicios.

Mónica, desde hace 35 años, desde la oración con alegría, pide encontrar los rostros descartados de la sociedad. Primero acompañó a jóvenes con adicciones, enfermedades, luego a los presos, se cartea con ellos, y se animó a más, para conectar presos con cadena perpetua, por delitos graves. Hasta que hace 14 años llegó Romina, la primer trans que conocía cara a cara. Hoy le dice a las trans “ustedes son quienes me van a abrir arriba las puertas del paraíso”.

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En el año 1982 conocieron a Jorge Mario Bergoglio, por su tarea en la Universidad El Salvador. Recién en el 2009 visitó el monasterio. El mismo día que llegó dio una misa en el monasterio y almorzó con ellas al finalizar una reunión.

Cuando fue elegido Pontífice, Mónica le mandó una carta con saludos de las chicas. Le respondió: “Deciles que nos las juzgo, que las quiero, y sepan que Jesús y María las quiere mucho, y que recen por mí”.

El Papa, tras conocer por fotos el complejo de viviendas, le respondió: “Querida Mónica, Dios, que no fue al seminario ni estudió teología, te lo retribuirá abundantemente. Rezo por vos y por tus chicas”.

La vida de la monja junto a la comunidad trans se convirtió en el libro “Acariciar las heridas”. El título se inspira en una frase de Bergoglio que en una misiva definió: “Mónica, lo que vos hacés es acariciar las heridas de Cristo en ellas”.

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