Estábamos en vuelo a Ecuador, hacia una de las cumbres de jefes de Estado de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), pero la conversación transitó básicamente por temas domésticos.

Vino nutrida de documentos y artículos periodísticos. Discutió con ganas y siempre con buen tono. Se permitió, como haría cualquiera de nosotros en un ámbito distendido, algunas puteadas de ocasión, y recordó un dicho popular para atenuar los efectos de la altura de Quito. "Caminar despacito, comer poquito y dormir solito", soltó, a modo de recomendación, con una sonrisa pícara.

Ocurrió en octubre de 2009 y marcó uno de los tantos giros comunicacionales del gobierno. Ella misma se vanaglorió del cambio. "Estamos muy plurales y democráticos", dijo, apenas subida a la nave oficial, ante la presencia de periodistas de medios que por mucho tiempo tuvieron el acceso vedado sencillamente por trabajar en Clarín o La Nación. Fueron contados esos encuentros informales, de enorme valor periodístico, que mostraron la mejor cara de Cristina, empática, lejos del atril y del dedo índice levantado.

No es que se haya expuesto lábil, timorata o condescendiente. Para nada. Se observó una Presidenta orgullosa de su política y con argumentos para defenderla. Pero, a la vez, una persona con vivencias que nos resultaron cercanas, una mujer abierta, expuesta, que tuteaba y que hasta se permitió un concesivo "puede ser" cuando le plantearon alguna observación sobre su gestión.  Acaso esa misma sensación llevó a Hernán Brienza, tras su reciente entrevista a Cristina, a decir que sintió estar "hablando con una mujer que era presidenta y no con la presidenta de la Nación".

Brienza fue testigo y protagonista de una nueva apertura comunicacional, cuatro años después de aquella esbozada en el Tango 01, en la que, además del regreso de las figuras estelares del gobierno a los set de TN, hay reportajes a la presidenta, realizados por distintos periodistas, en el marco del ciclo Desde otro lugar, que emite la TV pública. El último fin de semana Jorge Rial tomó la posta, sumó preguntas que el común de los mortales reclamaba y dejó –olvidó, no quiso, o no tuvo tiempo– de formular otras que seguramente harán los que le siguen en la saga.

Aún no se sabe quién lo sucederá. Se echaron al ruedo los nombres de Juan Pablo Varsky y Matías Martin, dos emblemas de radio Metro que tienen buena llegada, sobre todo, en jóvenes de capas medias. Si bien ninguno acusó algún tipo de invitación formal por parte de la Casa Rosada –el propio Martin se mostró sorprendido al aire– es cierto que en algunos despachos oficiales los mencionaron como potenciales entrevistadores.

En tren de especulaciones, del mismo modo se evaluaron otros colegas, de distintos recorridos, como por ejemplo Marcelo Zlotogwiazda y Joaquín Morales Solá. Se trata de conductores de sendos programas en la señal de cable del Grupo Clarín que ya abordaron a Cristina, del mismo modo que lo hicieron, también al comienzo de su primer mandato, Oscar González Oro y Beto Casella. Como si se tratara de un video game, algunos pasan de pantalla y otros quedan en el camino. Hay filtros en distintas instancias pero la última palabra la tiene, en definitiva, la propia presidenta. Acaso ese "juego" para muy pocos sólo se pueda reparar –o al menos darle mayor impronta democrática– si alguna vez el gobierno se dispone a celebrar nuevamente conferencias de prensa.

Rial, un viejo zorro de los medios, logró llevar a 20 puntos de rating eso que la Casa Rosada quería mostrar, es decir, a una presidenta dispuesta a hablar de temas calientes de coyuntura. La dicha para la mandataria fue, en este caso, la orfandad de repreguntas.

De todos modos, la verdadera discusión está asentada sobre la información pública y las dificultades para acceder a la misma. Que Cristina hable es una buena señal, amén de que la decisión haya sido motivada por una derrota electoral. Que seleccione al periodista, filme, edite y decida tiempos y formas de reproducción del reportaje, revela un poder omnímodo sobre el contenido.

La mayoría de los que trataron con la mandataria saben perfectamente de su cintura política y su capacidad de respuesta. No le fue nada mal de local, en Olivos, en la primera rueda de prensa que ofreció, allá por agosto de 2008, tras el conflicto del campo, aunque es cierto que tuvo sobresaltos de visitante, al hablar ante estudiantes de las universidades norteamericanas de Georgetown y Harvard , en septiembre del año pasado.

Por ahora la nueva política comunicacional ofrece una apertura limitada (como se reflejó en ese mano a mano, afable y vertiginoso, con los enviados a San Petersburgo, en el marco de la reciente cumbre del G-20) que busca resguardar la figura presidencial y evitar pasos en falso.

Probablemente la explicación más acabada de esta peregrina forma de interrelacionarse se encuentre en el libro Máquinas de captura, del sociólogo Daniel Rosso, quien integra el staff comunicacional del gobierno.

Rosso entiende que los medios y periodistas corporativos buscan quitar legitimidad a la política para achicarla y dominarla. En dos párrafos de su trabajo se puede sintetizar ese razonamiento:

–"¿Qué es lo que han hecho tan poderosos a los grandes medios frente a la política? Lo que aquí denominamos la anomalía de la telepolítica: el hecho de que los grandes medios son, a la vez, el territorio donde los representantes políticos se conectan con los ciudadanos y también donde ellos mismos ejercen como representantes. Esta doble y simultánea condición les permite imponer las reglas de juego y ser uno de los jugadores".

–"En este marco, la mayoría de los gobiernos de la región desarrollan instrumentos de comunicación directos con el objetivo de saltar las mediaciones periodísticas ¿Ello significa eliminar el pensamiento crítico o alternativo? No. Se eliminan las operaciones corporativas directas, dado que en el interior de esa mediaciones periodísticas se practican discursos de sustracción de legitimidad de la política, de disputa de su representación. La mediación no es un lugar de la ampliación democrática. Al revés: es un lugar de la operación corporativa para debilitar y achicar la política".

El temor a un debilitamiento explicaría entonces el afán del gobierno por decidir el territorio y las reglas de juego. Lo que nunca podría ser de su exclusividad, por cierto, es la información pública y el derecho de los ciudadanos a acceder a la misma.