En el crucial verano europeo de 1940, el excepcional primer ministro británico Winston Churchill resolvió regresar de urgencia a Londres. Estaba en París, tratando desesperadamente de evitar el derrumbe francés ante el arrollador avance de las tropas alemanas, cuando comprendió que Gran Bretaña era el último baluarte para frenar a Hitler. Que su lugar en el mundo era Londres, que estaba a punto de ser bombardeada como nunca antes. Así fue como voló de noche y rodeó el canal de la Mancha para evitar ser sorprendido por una avanzada de la Luftwaffe y se atrincheró en su búnker (nunca mejor aplicado el término ya que durante toda la Segunda Guerra Mundial gobernó desde ese sótano convertido en refugio antiaéreo) de Downing Street 11. Desde allí tomó decisiones que torcieron el rumbo de la humanidad. Churchill entendía que el ejercicio de mandar, de liderar, debía ser ejecutado desde un lugar físico único y que reuniera en sí mismo toda la representación simbólica de ese mando. 

Parece difícil que el temperamento práctico del gobernador Daniel Scioli le haya permitido leer las 1074 páginas de la biografía de la Segunda Guerra Mundial escrita por Churchill y que le valió el premio Nobel de Literatura en 1953. Pero por acto reflejo y con la experiencia de casi veinte años en la función pública, actuó en consecuencia. El domingo por la noche tomó la determinación de regresar desde Río de Janeiro (donde había sido invitado para exponer sobre "Desarrollo" en un encuentro con el ex presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff y otros líderes globales). El lunes a las 04 de la madrugada ya había tomado el control efectivo de la situación en su puesto de mando en La Plata.

Con informaciones precisas sobre la existencia de pequeños focos de agitación policial en marcha en algunas unidades de la Provincia (a esa hora se destacaban Mar del Plata y La Plata), Scioli aplicó el manual de procedimiento para estas revueltas. En primer lugar identifico a los sectores más dinámicos de la protesta y luego a los agitadores que podrían complicar cualquier intento de negociación. Un rápido repaso por los distritos del Conurbano bonaerense, en especial los del sur y el oeste, le dio una mínima garantía de que la situación era "preocupante" pero que si se encontraba un buen cauce el tema quedaría limitado a un estricto reclamo salarial. Evitar una dispersión de reclamos extra salariales era un objetivo importante a cumplir para el Gobernador.

El otro punto clave era discernir hasta qué punto los líderes de la revuelta contaban con el apoyo tácito o explícito de otros pares en distintos puntos del territorio. La experiencia de la revuelta social en Córdoba, tan cercana en el tiempo, fue analizada en ese contexto. El leaving case de Córdoba mostró una articulación importante en las distintas unidades policiales de las principales ciudades cordobesas. Con directivas precisas a la cúpula de la Policía Bonaerense, se buscó aislar a los líderes de la protesta antes que lograran - a través de los medios hegemónicos que actuarían como caja de resonancia- un protagonismo desmedido.

A primera hora de la mañana del lunes, Scioli reunió a sus tres colaboradores claves: su jefe de Gabinete, Alberto Pérez; su ministro de Seguridad, Alejandro Granados y su ministra de Economía, Silvina Batakis. Uno articularía la relación política con el resto de los gobernadores de las provincias afectadas por la rebelión policial. Granados se ocuparía de bajar las consignas a la cúpula de la policía provincial e iría monitoreando hora a hora el estado de situación en las unidades regionales. Y Batakis se ocuparía de armar la ingeniería financiera que le diera sustento a la cifra que Scioli terminaría ofreciendo (8500 pesos en la mano para los cargos mas bajos).

Con esas consignas, cada uno de los ministros tuvo en claro cual sería su misión. La ronda de contactos telefónicos con los gobernadores se terminó de completar después del mediodía del lunes, cuando ya el conflicto escalaba en los medios. Para ese entonces Scioli ya sabía cuál sería su oferta y eso le permitió ir acordando con el resto de los gobernadores, que esa cifra sería una "cifra de corte" que igualaría a todas las policías provinciales. El acuerdo que consiguió Scioli de sus pares fue no romper ese número. Si esa estrategia fracasaba, todas las negociaciones corrían serio peligro, porque harían incontrolable los reclamos. También, se acordó que cada gobernador haría su propia alquimia financiera (en algunos casos con un pedido expreso de auxilio a la Casa Rosada, como sucedió con Chaco, Jujuy y Córdoba) para llegar al ese número que, a esa altura de las circunstancias, resultaba cabalístico.

Así llegó a la noche del lunes con un panorama mas despejado. Envió al propio jefe de la Bonaerense, Hugo Maztkin a Mar del plata, donde se fogoneaba uno de los focos de mayor tensión (tanto que su salida de la jefatura departamental fue bastante agitada) y cuando estuvo seguro de que su oferta seria aceptada por la mayoría, pese a la resistencia de un grupo duro que le reclamaba 12500 pesos de salario básico, de la policía bonaerense, llamó a conferencia de prensa. A esa hora, las pantallas de Canal 13 y TN mostraban un panorama alarmante con zonas "rojas" y alertas de saqueos en casi 17 provincias.

En ese contexto, su mensaje actuó como una garantía de que si la Provincia de Buenos Aires alcanzaba un acuerdo y no había saqueos en el Conurbano, la situación general podría comenzar a descomprimirse. Igual, no se apagaron las luces rojas de alerta.

Scioli usó palabras de conciliación (no usó la palabra extorsión porque consideró que el reclamo solo se ajustó a la cuestión salarial) y comunicó su decisión sin dar lugar a nuevas negociaciones. Firmó un aumento por decreto y esa muestra de firmeza logró desactivar los conflictos antes de la noche del lunes, esencial para que no se expandieran los focos de tensión.
Así fue como en el mayor territorio del país se evitó un estallido o que al menos se desplegara una revuelta caótica. Logró que en la provincia más grande y compleja de la Argentina hubiera la menor cantidad de incidentes. Solo menos de 500 policías sobre un total de más de 50 mil estuvieron involucrados directamente en la situación conflictiva. Y por sobre todo, Scioli pudo exhibir una estrategia de negociación exitosa que hizo que no tuviera que contar un solo muerto ni herido de gravedad.

Fue tal vez el mayor de sus desafíos como gobernador de la Provincia de Buenos Aires, casi al mismo tiempo que entraba en el séptimo año de gestión. Al otro día, en el marco de los 30 años de democracia, convocó a los bloques opositores a la Gobernación y les agradeció el respaldo. Con ese apoyo conseguido en las horas complicadas de la rebelión policial, Scioli avanzó un pasito mas en términos políticos y renovó su equipo, incorporando representantes de distintas fuerzas políticas en organismos de control.

Así, por esas alquimias de la política, paso de tener un panorama complejo (hace apenas diez días se especulaba que no lograría el presupuesto) a conseguir que el instrumento de gobierno esencial se aprobara casi por unanimidad, lo que le permitió decidir el aumento del salario policial con la agilidad necesaria para que el reclamo no tuviera un impacto tan negativo para el resto de las cuentas publicas.

Una muestra mas, de que en la crisis (aun en las mas compleja) siempre hay una oportunidad.