Hay momentos en los que resulta indispensable resaltar que en la vida de cada uno existen algunas otras cosas además del bombardeo inclemente de una televisión que parece regodearse en las miserias humanas y que se deleita describiendo un supuesto escenario catastrófico en un país, así lo describen ad nauseam, sin brújula ni destino. Sortear ese envenenamiento cotidiano constituye, también, un modo de resistir a la desesperanza que buscan propagar por el cuerpo de la sociedad aquellos que siempre están listos para boicotear los proyectos políticos que intentan construir un camino de reparación y de igualdad social. El infierno de cada día como metáfora de una realidad que asfixia toda expectativa de transformación. Sustraerse a ese bombardeo mediático constituye, estimado lector, un recurso indispensable para seguir insistiendo en que se puede imaginar un país mejor. Por eso, y sin olvidarme de las conspiraciones policiales, ni de los saqueos programados, ni de los muertos, ni tampoco de los oscuros preparativos que algunos están haciendo para hacernos retroceder por el túnel del tiempo a diciembre de 2001, es que intentaré un desvío hacia otros temas. Tomar una distancia, aunque sea mínima, para poder pensar mejor el tiempo en el que nos toca vivir. Pero también para descubrir, una vez más, que la realidad no se reduce al relato sin anestesia que el amarillismo mediático nos propaga todos los días.

Esta columna nació de la lectura que hice –en estos días que anticipan el ocio veraniego y que me condujeron, con la excusa de dar una charla sobre los 30 años de democracia, hacia ese hermoso paraje de la Patagonia que es Villa la Angostura– de un reportaje al crítico literario George Steiner y de un precioso ensayo de Henry David Thoreau. En el reportaje al autor de Después de Babel, este habla de su visión de la cultura estadounidense, de su afán igualitario, de su dominio abrumador y planetario, pero lo hace recurriendo a la siguiente imagen de sus propios gustos: “Otra diferencia, tal vez, con respecto al instinto democrático norteamericano es que no soy una criatura marina, un amante de la democracia de las playas. Las montañas hacen una dura selección. Cuanto más alto uno llegue, jadeando, tantas menos personas verá”. Hay, qué duda cabe, un cierto aristocratismo en la respuesta de Steiner; la afirmación, ampliamente discutida y transitada, de una incompatibilidad entre las supuestas o genuinas profundidades de la cultura de elite y la masificación de la vida contemporánea atravesada por la frivolidad y el vacío. Entre la playa democrática y la soledad de la montaña se juega, por qué no, la dialéctica de la sociedad actual, sus lastres, sus opacidades, sus contrasentidos, sus utopías, sus apuestas y sus pérdidas.

Ahora, dejando atrás las reflexiones de Steiner, me detengo en Henry David Thoreau, el extraño y sorprendente escritor norteamericano del siglo XIX, que en su pequeño pero bellísimo ensayo Pasear, reivindica al verdadero caminante, aquel que se deja llevar por los azares del sendero, el que aprendió a vagabundear sin otra intención que el vagabundaje mismo. Son los bosques y las praderas, junto a los montes que se elevan ante él, sus zonas amadas, sus espacios abiertos, el jeroglífico de su peregrinar que sólo tiene como compañera a la naturaleza. Mientras Steiner destaca la oposición de la playa y la montaña, que es lo mismo que poner de manifiesto la línea que separa dos modos de la cultura y de la vida en la sociedad capitalista; Thoreau dobla la apuesta y opone la vida en la naturaleza, libre y salvaje, vagabundeando sin destino, a la decadente vida civilizada. Steiner tal vez piensa al caminante de montaña como parte de la saga de las antiguas tradiciones románticas, como último refugio del espíritu en una época masificadora; Thoreau despliega su bandera anarquista, su sed de naturaleza, su afán de ser un genuino representante de una América que ha dejado de existir o que se cobija en la utopía que nunca llegó a ser. Ambos comparten, sin embargo, un claro y significativo individualismo y, eso también es obvio, un fuerte rechazo y prejuicio por todo lo que tenga relación con la cultura de masas. Aunque no parezca evidente toda una política se puede extraer de estas experiencias solitarias.

Es interesante imaginar una humanidad que pudiera tener, al mismo tiempo, algo de la sensibilidad de Steiner y algo de la vitalidad libertaria de Thoreau. Vivir, por un lado, la relación con la naturaleza como un aprendizaje espiritual que nos liga directamente con algunos momentos esenciales de la cultura, y, por el otro lado, dejarse llevar por ese ánimo de vagabundo que simplemente se acomoda al ritmo de la naturaleza y que no aspira a otra cosa que a dejarse contaminar por el paisaje y sus vicisitudes. ¡Quién pudiera, como Thoreau, dejarlo todo, abandonar casa y afectos, y, libre de todo peso y de toda propiedad, lanzarse sin ningún objetivo a caminar por el mundo!

Mientras se me presentaba Thoreau, casi imprevistamente y por un amigo que me obsequió esa pequeña joya que es Pasear, recordé algunas otras lecturas hechas en distintos momentos y circunstancias de la vida. Walden, libro imprescindible y potente, fue el primero que regresó (y al que he vuelto en estos días tórridos). Todavía llevo en mí el impacto que me causó el maravillamiento del joven ante el espíritu libre de Thoreau, de su apuesta inaudita por una soledad en medio de los bosques, sin otra compañía que los animales salvajes y los árboles; desprendiéndose de todo y sirviéndose de sus propias manos para construir su cabaña y procurarse los alimentos. Por un tiempo, ese norteamericano anómalo pero fundador de una saga que tendría sus continuadores, se convirtió en paradigma de crítica al mundo civilizado, a la orgía de consumo que enloqueció y enloquece a nuestras sociedades. Pero también fue la posibilidad de aprehender una visión panteísta del mundo, de gozar con una escritura regocijada en los murmullos del arroyo o en la fuerza del viento sacudiendo las frondosas copas de los árboles. Fue, por qué no, la fascinación del vagabundeo, de esas caminatas sin otro destino que consumarse a sí mismas para simplemente abrir el alma a los sonidos de un mundo indómito, o para recuperar sensaciones perdidas en medio del tráfago urbano.

Con Thoreau surgió en mí una perspectiva nueva, el reconocimiento de aquello que hemos olvidado, esa vastedad llamada naturaleza que ha sido brutalmente enmudecida en su decir y que, a través de la pluma del solitario de Massachusetts, volvía a la vida, recobraba su potencia y su magia. Thoreau, su lectura, me hizo recordar a esos otros héroes de la infancia; regresaron con él William Hudson y Jack London, Mark Twain y Horacio Quiroga, Emilio Salgari y Julio Verne. Después, con los años, llegarían Hölderlin y Keats, Wordsworth y Whitman, Juan L. Ortiz y Ricardo Molinari. Todos me ofrecieron el don de una naturaleza enigmática y sublime. Para algunos se trataba de un respeto sagrado, para otros de la inevitable conquista que nacía de la mano de la ciencia y de la técnica. Si retomo algunos de sus personajes vuelve la imagen de ese vagabundear tan certeramente defendido por Thoreau (pienso en el vagabundo de Allá lejos y hace tiempo de Hudson; sueño con la libertad vagabunda de Huckleberry Finn de Twain; redescubro al Quiroga misionero, sin ataduras, solo con sus pesadillas y sus pasiones; me encuentro con Robinson Crusoe y esa soledad increíble que no renuncia a la civilización; persigo junto a Colmillo Blanco rastros en la nieve de Alaska).

Toda la ética de Henry David Thoreau se encierra en esta extraordinaria sentencia que leo casi al comienzo de Pasear: “Es verdad, no somos más que timoratos cruzados; hoy en día ni los caminantes acometemos empresas tenaces e interminables. Nuestras expediciones son sólo vueltas, y regresamos al anochecer al viejo calor de la lumbre del que hemos partido. La mitad de la caminata consiste en volver sobre nuestros pasos. Tal vez deberíamos lanzarnos al más corto de los paseos con espíritu de imperecedera aventura, con idea de no regresar jamás, listos para enviar sólo el corazón embalsamado a nuestro desolado reino. Si estás preparado para dejar a tu padre y madre, hermano y hermana, mujer, hijos y amigos, y no volver a verlos... Si has pagado tus deudas, hecho tu testamento y dejado tus cosas en orden... Si eres un hombre libre, entonces estás listo para echar a andar”. Magnífico pero demasiado difícil de cumplir. ¿Quién no soñó, alguna vez, con partir sin mirar atrás, con dejar todo y lanzarse a la aventura?

Thoreau nos recuerda la relación intrínseca entre el caminante y la libertad, nos dice que el núcleo de su oficio es ese vagabundeo libre y sin otra responsabilidad que la que se debe a sí mismo y a su andar fortuito. Si bien la visión del autor de Walden responde a un momento del espíritu norteamericano, y algo de él todavía se puede percibir en Walt Whitman, su lectura, hoy, constituye un acto anacrónico de resistencia; como si a través de sus páginas intransigentes, batalladoras, impasibles ante los reclamos de la civilización, se pudiera recuperar ese aliento utópico que se guarda en algún solitario paraje prometido al comenzar una caminata.

Thoreau representa, también, una feroz crítica al espíritu gregario, al dominio abrumador de la ética del comerciante. Por eso dice que si “no pasara al menos cuatro horas al día –y por lo general suelen ser más– errando por los bosques, las montañas y los campos, absolutamente libre de todo compromiso mundano, creo que no podría conservar la salud ni el ánimo. A veces, cuando me acuerdo de tantos mecánicos y comerciantes que están en sus tiendas no sólo toda la mañana sino también toda la tarde, sentados con las piernas cruzadas, como si estas estuvieran hechas para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que tiene mérito que no se hayan suicidado hace mucho tiempo”. ¿Qué escribiría hoy Thoreau si, saliendo de su tumba, observara nuestra actual civilización que ha extremado aquello que él ya podía vislumbrar en su época? Al menos todavía en aquellos años un caminante podía, apenas recorrido un corto trayecto, salir de la ciudad e internarse en bosques y montañas, en campos y praderas. De eso sólo nos queda el testimonio de lo que ya no existe. El ocio veraniego se ha convertido, para los habitantes de la sociedad de consumo, en un trabajo más, con sus exigencias, sus alienaciones y sus desigualdades. Claro que también, en aquella época, las grandes mayorías sociales carecían de derechos y el espíritu dominante del capitalismo se basada en la sobreexplotación.

Walden y Pasear son el testimonio de una viril oposición a la marcha destructiva de la civilización; representan el esfuerzo poético por devolverle la palabra a una naturaleza enmudecida, tratando de que sus criaturas puedan, aunque más no sea que a través de la pluma de Thoreau, manifestar su belleza y su dolor. Thoreau sabe que defiende posiciones derrotadas, que su crítica de la sociedad, su rechazo al gregarismo y al dominio del pragmatismo burgués no tiene ninguna oportunidad; que sus vagabundeos expresan el gesto a contrapelo de quien sabe que es mejor salir a buscar un último resto de sentido allí donde mora el lenguaje de los instintos y donde todavía la naturaleza conserva algún señorío.

Cuando leí de joven a Thoreau, cuando me enfrenté con ese libro único que es Walden, afloró en mí una sospecha nunca acallada contra la tradición ideológica de una izquierda asociada sin inconveniente alguno con el ideal de progreso forjado desde la ilustración y cristalizado en el dispositivo capitalista. Walden me ofrecía otra visión del mundo, me devolvía a una escena en la que el individuo no apuesta a la transformación de la naturaleza, a su sometimiento, sino que intenta aproximarse desprovisto de toda agresión a ese mundo silenciado. Thoreau, como después algún texto de Walter Benjamin, me permitió escuchar el lenguaje de los sin voz, abrió mis ojos a la posibilidad de reconocer no sólo la dialéctica del progreso, su tendencia a autodestruirse, sino a descargar sobre el mundo una violencia inédita que, tarde o temprano, regresaría sobre el mismo violador. No sé si la pasión anticivilizatoria de Thoreau tiene destino, lo que sí intuyo es que su escritura seguirá teniendo, siempre, algo esencial para decirnos. Tal vez el autor de Walden no haya querido ni podido ocuparse del dolor humano, de las desigualdades, de la explotación a la que algunos hombres someten a otros hombres, de la injusticia; es probable que su vagabundeo fuera el producto de un marcado individualismo muy propio de esa sociedad a la que tanto criticó. Eso es cierto, Thoreau es un liberal extremo, casi un anarquista, un espíritu solitario y libre que optó por posar su mirada en la naturaleza, por describir, con maestría, el magnífico e imposible retorno a una vida salvaje definitivamente enterrada en el presente de la sociedad humana. Lecturas, estimado lector, a contrapelo del bombardeo impiadoso al que somos sometidos cada día por los grandes medios de comunicación.