Nota de Miradas al Sur

Ante el llamado de un vecino que alerta sobre un posible hallazgo arqueológico en el patio de su casa o en una obra en construcción, los arqueólogos urbanos comienzan la aventura. Lejos del concepto de “lo pasado, pisado”, trabajan con lo que la sociedad descartó en algún momento y van en busca de esos restos de historia que resisten el paso de los años y que esperan ser encontrados antes de que una empresa constructora los sepulte bajo una mole de cemento. Luego comienza la tarea más compleja: interpretar los hechos y reconstruir así el relato histórico.

“La arqueología ayuda a fortalecer el conocimiento pero también a entendernos a nosotros mismos: por qué somos como somos. Sólo así podemos cimentar nuestra propia identidad, reflexionar y fortalecernos como sociedad”, afirma Daniel Schávelzon, precursor de la arqueología urbana en nuestro país y en Latinoamérica. Referente en la materia, editó más de 20 libros y es director del Centro de Arqueología Urbana perteneciente a la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires, que funciona desde 1985. “La memoria se sostiene sobre hechos materiales y son estos que, después de reconstruirlos, ponemos a la vista”, agrega.
Pero, ¿cómo se desgraba la memoria de nuestro pasado? ¿Cuánto valor y sentido puede tener una cuchara? Para los arqueólogos urbanos, una vasija o una herramienta representan toda una tipología característica del pasado y una parte del rompecabezas que deben armar para lograr entender a las sociedades antiguas. Por ejemplo, durante las excavaciones en el subsuelo de la casa que perteneció al virrey Liniers, en las calles Venezuela y Bolívar del porteño barrio de San Telmo, los hallazgos de monedas y hasta amuletos contra el mal de ojo permitieron revelar costumbres, hábitos y secretos de quienes vivieron allí en el siglo XVIII.

Sin embargo, cada vez que se halla un nuevo predio con interés arqueológico, las voces se multiplican y se extiende la duda sobre si ese será el último lugar con tal valor patrimonial. Para los investigadores, ese es uno de los tantos mitos que merece ser derribado y afirman que el subsuelo de las calles porteñas aún esconde miles de secretos y una historia que todavía puede recuperarse. Eso sí, es una carrera contra el tiempo y el avance demoledor del mercado inmobiliario. La relación es directamente proporcional: cuanto más demoliciones y construcciones, menos memoria.

“Pareciera que las grandes empresas constructoras fuesen más fuertes que ninguna otra fuerza de la naturaleza”, afirma Weissel, también director del programa Historia Bajo las Baldosas de la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. En ese sentido, Schávelzon remarca: “Más allá de nuestra expectativa ante cada nuevo descubrimiento, lo más interesante de este trabajo es que se puede demostrar que la Ciudad de Buenos Aires tiene un enorme potencial arqueológico por descubrir. Pese a ser una ciudad monumental, con edificios descomunales y recambio inmobiliario diario, hay un importantísimo patrimonio arqueológico bajo el suelo porteño”.

La otra batalla.“Hay un mito entre los políticos y los grandes grupos inmobiliarios de que ya no hay nada más para descubrir. Y eso es una total mentira. Hay mucho y el fuerte desarrollo de la arqueología urbana así lo demuestra”, sostiene Weissel.

En esta carrera contra el tiempo, los investigadores tienen dos grandes batallas: por un lado, las demoliciones y el avance de la arquitectura, pero también la falta de cuidado ambiental que deteriora los objetos y dificulta su trabajo. Según los especialistas, la alarma está puesta en la Ciudad de Buenos Aires, donde el mayor peligro es la especulación inmobiliaria pero también el avance acelerado de la contaminación. “El Estado tiene que tomar una posición fuerte que no asume”, remarca Weissel, quien también dirige proyectos de investigación arqueológica urbana y participa de diversos estudios sobre impacto ambiental en la Universidad de Lanús.

Desde hace años, los barrios cercanos al río y la cuenca Matanza Riachuelo, están siendo estudiados a través de excavaciones. Pese a la extrema contaminación, los especialistas logran encontrar restos de barcos, astilleros, alimentos, desembarcos y productos de comercio.

Sin embargo, la tarea no es fácil. Según el antropólogo, es necesaria una concientización de las propias necesidades, problemas y potencialidades, a la luz de un plan urbanístico que ponga al ser humano como protagonista y no al mercado.
“Sin referentes se arman vacíos. Y donde hay vacío, no hay explicaciones. El Riachuelo es un caso importante porque en las últimas décadas pasó a estar estigmatizado por su degradación y las millones de personas que viven ahí no saben sobre qué están caminando. Ahí está una parte muy importante del inicio de Buenos Aires y la construcción del ambiente natural; por eso, esto no se puede perder”, enfatiza Weissel.

En ese sentido, la arqueología urbana se convirtió en una cuestión de voluntarismo: además de los vecinos, son muchos los ingenieros y arquitectos que, previamente a comenzar una obra, les avisan para que inspeccionen el lugar en busca de esos objetos del pasado. Sin embargo, el Estado aún continúa teniendo una política ausente y muchos inversionistas y desarrolladores inmobiliarios ven como negativo todo proceso que atente contra la velocidad de su inversión.

Para el arquitecto Carlos Blanco, miembro de la ONG Basta de Demoler, salvo excepciones, la arqueología urbana de la Ciudad no es una política de Estado, a pesar de lo que las normativas vigentes lo indican: “El Estado es un instrumento de las políticas macroeconómicas neoliberales, que necesita de la amnesia y la desaparición de la memoria que nos da el sentido de pertenencia, de raigambre, que nos cohesiona como una nación”.

“Demoler es desaparecer” es el lema de esta organización creada en 2007 por un grupo de vecinos de la Ciudad. “La globalización para imponerse debe actuar sobre el sentido de identidad y pertenencia, en esta etapa de confrontación nuestra lucha es asimilable a la de David contra Goliat”, enfatiza Blanco. Mientras tanto, ya se perdieron infinidad de piezas originales, valiosas e insustituibles del siglo XX, y en menor medida algunas del XIX.

“Lo que para ellos es basura, para nosotros son marcadores de época”, sostiene el arqueólogo. Según Weissel, al menos hasta ahora, esta problemática no es tan alarmante en la provincia de Buenos Aires, donde la especulación es menor y “esto permite trabajar con niveles de urbanización menores y afrontar más el tema de la contaminación y la relación con el ambiente natural”.

Si bien aclaran que sin algunas construcciones no se hubiesen hallado muchas cosas, el problema es que no tienen ninguna precaución o interés por la recuperación. De hecho, la mayoría de las veces, los rescates que se hicieron en Buenos Aires fueron por buena voluntad de quien está a cargo de la obra, aunque algunos fósiles no corren con la misma suerte y van a parar a la estantería de algún arquitecto o ingeniero.

La Buenos Aires indígena. Cada uno de los objetos del pasado encontrados bajo tierra dan cuenta de la formación y el modo de convivir de una comunidad con su entorno. Es así como ese patrimonio cultural se vuelve vital a la hora de reconstruir un relato histórico sobre cómo vivían nuestros antepasados.

En ese sentido, los arqueólogos tienen la mira en la zona de San Telmo, donde continúan encontrando muchos indicios de la primera época de Buenos Aires. Así es como bajo las calles de uno de los barrios más antiguos y pintorescos de la ciudad, se está reconstruyendo la historia no oficial y, a través de una infinidad de cerámicas indígenas encontradas sobre todo sobre la calle Bolívar, los especialistas llegaron a la conclusión de que existió una Buenos Aires muy indígena y con poca presencia española. “Eso demuestra una ciudad diferente a lo que nos contaron. La maestra de la escuela primaria nos decía que no había indígenas y la realidad es que es evidente que los españoles convivieron en un mundo totalmente de pueblos originarios, que fue mucho más fuerte e influyó en ellos más de lo que pensábamos”, sostiene.

¿Y la historia oficial? Lejos de querer competir –o convivir– con lo que dicen los libros, la arqueología urbana simplemente la pone en contradicción o la interpreta de otra manera. Por ejemplo, mientras que ya desde la escuela primaria se remarca la importancia de la llegada de los españoles para llevar a cabo el proceso de conquista y civilización, Schávelzon niega que haya sido tan así: “Fue una cultura mixta donde se convivió por las buenas o por las malas. Había que cohabitar porque sino no se comía. Estos descubrimientos muestran que esto pudo hacerse porque había un intercambio económico muy fuerte con las comunidades indígenas”. Nuevo mito derribado: al revés de lo que siempre se creyó, la arqueología urbana demuestra que la proporción de los indígenas sobre los españoles es de 10 a 1.

“Nuestra ciudad en general ha sido esquiva al legado patrimonial. En tanto su proyecto civilizatorio, fundado en la modernidad y en una cuestión social caracterizada por un perfil social no indígena, ni afro, ni colonial hispano, ha llevado a negar un pasado lejano y a afirmar un pasado más cercano en el tiempo”, advierte la antropóloga, investigadora del Conicet y especialista en patrimonio cultural, Mónica Beatriz Lacarrieu.

Para Weissel tampoco existe competencia con la historia oficial: “Es una apropiación de la historia, es entender el territorio en términos de los cambios ambiéntales que hubo y también reconocer ese patrimonio”. Sobre la importancia de recuperar esos restos para que no sean simples señaladores de “sociedades muertas”, Lacarrieu remarca que un objeto encontrado bajo capas de tierra no encuentra sentido en tanto no se conecta con las sociedades del presente. “Los objetos del pasado sólo pueden fortalecer identidades y memorias si se encuentran vigentes para los sujetos que conforman las sociedades actuales, si significan la estructura social de estas sociedades, si conectan el pasado con el presente”, sostiene.

Bajo elsuelo porteño. Aunque tantos años de trayectoria hace que los especialistas no se asombren a la hora de ver el primer indicio de un nuevo tesoro arqueológico, el descubrimiento del aljibe más grande de Latinoamérica, en San Telmo, es uno de los últimos hallazgos que sorprendió hasta a los mismos exploradores argentinos (ver abajo).

“Lo divertido ya no es buscar y encontrar cosas; lo interesante es gestionar esas cosas”, afirma Weissel, quien cuenta con el descubrimiento del mayor hallazgo arqueológico porteño: el galeón de Puerto Madero. A fines de 2008, durante las excavaciones para levantar una torre, junto a su equipo encontró un buque mercante español privado de mediados del siglo XVII. Con sus 22 metros de largo y 5,5 metros de ancho, el río lo dejó sepultado a 8 metros de profundidad a la altura del Dique I. Según reconstruyeron, probablemente el galeón se hundió por una rotura en la quilla al tratar de ingresar en la entonces zona portuaria, luego de un largo viaje para transportar mercaderías que no existían aquí, como la brea. “Este hallazgo frenó la construcción de una obra de mil millones de dólares y permitió el rescate del patrimonio público a través del programa Memoria bajo las Baldosas. Puerto Madero es el mayor testigo de la destrucción del patrimonio”, recuerda el antropólogo.

Pero volviendo un poco más hacia acá en el tiempo, una de las últimas excavaciones arqueológicas se desarrolló en el estacionamiento lindero al ex convento de Santa Catalina de Siena, en la esquina de la calle Reconquista y la avenida Córdoba, en el barrio de San Nicolás. Durante los estudios de arqueología de rescate hechos en el convento fundado en 1745 para albergar el primer monasterio de monjas de clausura de Buenos Aires, se encontró un pozo con un objeto metálico que representaba un Macho Cabrío, con cuernos y alas. Según creen, éste había sido quemado y enterrado en un evento de difícil explicación, lo que hace suponer que, si bien pertenecía a un macetero francés usado como ornamento en su época, ese fragmento grande y pesado pudo interpretarse como una imagen diabólica y “fuera fruto de un evento de exorcismo entre las monjas del convento”, explica Schávelzon.

Lo mismo sucedió en la iglesia más antigua de la ciudad de Buenos Aires, San Ignacio, en la calle Bolívar al 200, a menos de dos cuadras de la Plaza de Mayo. Allí han encontrado restos de vajillas que podrían pertenecer al período colonial y de cerámica indígena. En una excavación anterior, en 2005, incluso encontraron restos óseos y varios entierros que datan de 1680. “La arqueología, al trabajar con lo que la sociedad descartó en algún momento, no sólo nos explica gran parte del pasado –qué comían, que platos usaban, cómo comían y por qué tiraron el plato– sino que también se transformó en un patrimonio cultural que tenemos que rescatar, restaurar y mostrar”, afirma Schávelzon.

Otra de los grandes secretos develados de la arqueología urbana es la de los túneles porteños. Mientras que se dice que los jesuitas construyeron una red de túneles que se usaron para esconder tesoros o permitir que los gobernantes escaparan, Schávelzon afirma que la respuesta a eso es el resultado de la destrucción del patrimonio sobre el suelo: “Hay toda una mitología depositada en ellos y que lleva a que el 99% de lo que se habla, no existe. No es que no lo haya, pero la enorme mayoría es imaginario. El constante deterioro de la arquitectura, del barrio y de lo que era Buenos Aires llevó a depositar el imaginario en el suelo: lo que no está arriba, está abajo; en algún lado tiene que estar”.

Según explica el arqueólogo, el mito ronda sobre un mundo subterráneo donde pasaban una infinidad de cosas secretas y recónditas.

Lejos de querer admitir que el verdadero contrabando sucedía en el puerto de Buenos Aires, “la hipótesis tradicional de los túneles es que servían para el contrabando, cuando en realidad pasaba por arriba. El asunto era que no había que explicar que Buenos Aires era un puerto donde llegaban los esclavos que iban hacia el norte. Había contrabando pero nadie decía de qué porque quedaba mejor decir que los esclavistas eran otros”, sostiene.

En definitiva, la historia es una construcción que se hace desde el presente. En ese sentido, la arqueología no sólo trata de informar, sino que quiere atraer y concienciar a los porteños sobre el inmenso valor que persiste bajo el asfalto y amortiguar así la amenaza del tiempo. Estos Indiana Jones argentinos advierten que, al ritmo de demolición actual, en 20 años no va a quedar ni una casa antigua y que somos la última generación que puede recuperar algo del patrimonio excepcional con el que contamos. “Con la historia, uno pone y saca lo que le gusta y lo que no. Por eso, lo que tiene de lindo la arqueología, es que lo que está, está, no es lo que yo quiero decir. Todavía podemos hacer arqueología, pero hay que apurarse”, remarca Schávelzon.

Arqueología apta para todo público

Desde hace dos décadas, los arqueólogos urbanos demuestran que el subsuelo porteño alberga más que cañerías y playas de estacionamiento. Pero como el objetivo de esta práctica es que la sociedad tome contacto con el pasado, les abren paso a los ciudadanos para que puedan visitar los descubrimientos en museos así como también participar de los procesos.

Para que se pueda interpretar, valorar y comprender los procedimientos arqueológicos que hacen los especialistas frente a un hallazgo de interés patrimonial, los arqueólogos Daniel Schávelzon y Ana Igareta realizarán un taller teórico práctico de excavación en la cisterna de la ex editorial Estrada, abierta a todo tipo de público. Con previa inscripción, juntos descenderán al aljibe y colaborarán en la excavación arqueológica, así como de su posterior identificación, clasificación, restauración y conservación.

Adquirida por el Gobierno de la Ciudad para cederla a la Dirección de Patrimonio y el Instituto Histórico de Buenos Aires, en Bolívar al 400, en San Telmo, se descubrió el aljibe más importante de Latinoamérica y su descubrimiento fue una verdadera caja de sorpresas. “Al margen de una alegría, fue una asombro, porque mi máxima expectativa era que pudiese haber un sótano y resultó más interesante de lo que esperábamos”, relata el arqueólogo sobre este aljibe que data de 1820.

Junto a su equipo, desde septiembre pasado Schávelzon trabaja en el lugar y ya rescataron varios objetos antiguos como botellas enteras, frascos y restos de mampostería de 1910. Como la única forma para acceder era rompiendo el piso cuidadosamente para que no se corra peligro de destrucción, apenas perforaron una baldosa de 5 centímetros, la sorpresa fue inminente: “Vimos una enorme cámara hueca y ahí es donde dijimos que valía la pena”. Según reconstruyeron, a principios del siglo XX se hizo una remodelación de esa casa y rellenaron la cisterna con escombros y con basura. Entonces, se tiene más de 200 años de historia dentro de una misma construcción.

El taller teórico práctico se llevará a cabo 24 y 25 de abril, de 8 a 14. Para más información: www.artes37.com.ar info@artes37.com.ar