Nota de Tiempo Argentino

Barcelona no va a dejar de salir. Pero todo el tiempo corre ese riesgo. Cada número puede ser el último. Las razones son muchas y van más allá de la discusión sobre la calidad del medio, que con casi once años en la calle ha tenido mejores y peores momentos. Si la revista tuviera que cerrar, sería porque la concentración del mercado de medios gráficos dio sus frutos y logró borrar de los puestos de venta una publicación independiente y autogestionada que pretendió, audaz, vivir de sus lectores. Es decir, de la venta de ejemplares, no de subsidios ni de pautas publicitarias.

El sistema de distribución de diarios y revistas está colapsado. Pero, al menos por el momento, no existe otro, al menos para los medios de alcance nacional. De a poco pero de manera consecuente, a lo largo de los últimos años los grandes medios, en particular Clarín, han producido un ahogamiento financiero que los distribuidores ya no soportan. Los distribuidores necesitan dinero para seguir funcionando y sólo pueden obtenerlo de los editores.

Para revistas independientes como Barcelona, que prácticamente no reciben pauta publicitaria oficial ni privada, esta necesidad se vuelve imposible de afrontar; el sistema les reclama deudas no consentidas y dinero que no tienen ni van a tener. Si los editores no pagan, el sistema quiebra; si el sistema quiebra, los editores no tienen cómo llegar a los lectores –los editores pequeños, claro, porque los grandes como Clarín ya tienen sus sistemas de distribución propios–; si las revistas no se distribuyen, no se venden; y si no se venden, desaparecen.

De modo que por no poder afrontar deudas contraídas de manera unilateral, o por la propia implosión del sistema de distribución, las posibilidades de que Barcelona deje de salir son, mes a mes, un poco más altas.

A esta situación de crisis se suma el precio del papel, principal insumo industrial, dolarizado y en permanente alza. Ajustar la tirada para ahorrar costos de papel implica, necesariamente, vender menos. Aumentar el precio de tapa implica, también, el riesgo de perder lectores.

La Ley de Servicios Audiovisuales, que tanto debate y tantas pasiones despertó, no contempla a los medios gráficos; paradójicamente, la forma más económica de impulsar la amplitud de voces que pregona el espíritu de la ley

La Ley de Servicios Audiovisuales, que tanto debate y tantas pasiones despertó, no contempla a los medios gráficos; paradójicamente, la forma más económica de impulsar la amplitud de voces que pregona el espíritu de la ley, porque es mucho más sencillo fundar una revista que una radio o un canal de televisión. Mientras se espera que los efectos de la Ley de Medios alcancen a las minorías que no encuentran espacio por las vías tradicionales, en el mercado editorial, donde desde hace décadas muchos colectivos han sabido ganarse un espacio para dar a conocer puntos de vista diferentes a los discursos dominantes, las posibilidades de sobrevida para los que no son parte de la gran corporación de medios son cada vez más chicas.

Por eso, en el marco de Arecia, se impulsa una ley que permita la sustentabilidad de las revistas autogestionadas que ya existen y la suma de los cientos de proyectos que hoy no pueden ser exhibidos en los puntos de venta. Pero los tiempos del Congreso no son nuestros tiempos. Barcelona respira con dificultad. Necesita oxígeno para vivir. No va a morir, pero está en riesgo.