Revista Veintitrés

La violencia es contagiosa, abrasiva e implacable. Tras agonizar durante cuatro días, Naira Cofreces, de 17 años, falleció a raíz de una furibunda golpiza ocurrida el miércoles 23 de abril a la salida de la Escuela de Educación Secundaria Nocturna Nº 5, en la localidad bonaerense de Junín. Por el asesinato se encuentran detenidas dos compañeras, una de 17 años y otra de 22, Anabela Madera, y su hermana Naría Rosa Madera, de 29, quien fuera aprendida por las autoridades policiales en la terminal de ómnibus de esa localidad. Al cierre de esta edición, las mujeres, acusadas de “homicidio doblemente calificado”, se habían negado a declarar ante la jueza María Laura Durante, titular del Juzgado de Garantías de Junín. Aunque aclaró que “no existía un motivo claro” para explicar el origen de la paliza, la jueza dijo a los medios que a la muchacha la habían lastimado “por ser linda”.

El caso vuelve a situar sobre el escenario de las problemáticas sociales acuciantes al acoso escolar, también conocido como bullying. Dando lugar a situaciones y hechos de violencia que ya parecen habituales para padres, alumnos, docentes y especialistas.

En Junín, la escalada de ataques juveniles se torna preocupante si se tiene en cuenta que, además de la muerte de Naira, un joven de 20 años murió tras ser acuchillado por la espalda por un chico de 17. En lo que va del 2014, sólo en esa localidad, 14 personas resultaron heridas –la mayoría, de arma blanca– a causa de riñas en la vía pública.

A cargo del equipo Violencia Escolar Hoy, la licenciada Marta Dávila se dedica a realizar diagnósticos institucionales a fin de asesorar sobre posibles soluciones a esta situación. Ante la pregunta acerca de qué explicación puede encontrarse para este grado de violencia y ensañamiento, la especialista explica: “Cuando estudiamos las formas que asume el odio en las personas, nos encontramos con estructuras y mecanismos tanto más importantes y sofisticados que los que surgen como producto del amor. Podemos hablar en este caso de algo así como una ‘cristalización’ del odio. Es decir, este se materializa en vivo y en directo, y a tan alto grado, que no podemos pensar más que se trata de mentes enfermas, con un grado de perversión dirigida hacia el sadismo, donde lo único que importa es destruir, aniquilar a la víctima, por considerarla un serio peligro para las atacantes. Fuertes envidias, celos, rivalidades y agresiones de todo tipo seguramente se han gestado en el seno de las familias de las agresoras, al punto de ellas mismas carecer de todo tipo de códigos éticos. Todos esos sentimientos de odio patológico seguramente estaban desplazados hacia Naira, la chica que ‘se hacía la linda’, según las crónicas”. 

El seno familiar es otro ámbito donde buscar explicaciones de este fenómeno. “La falta de una crianza enriquecida en valores puede ser otra causa".

Con su trabajo en la prevención primaria de la salud física y mental de los individuos, la institución Momento Cero está dedicada a prevenir la enfermedad y los desórdenes emocionales. A raíz del episodio de bullying que terminó en homicidio, Emilia Canzutti y Adriana Marcela López dialogaron con Veintitrés sobre cómo detectar y poder actuar frente a situaciones de bullying. “Sólo nos detenemos a pensar en este flagelo cuando estalla alguna noticia de un niño o docente víctima de un exceso de agresión, como el ocurrido con la adolescente de 17 años luego de una golpiza de sus compañeras. Quizá sea así como podemos entender a la violencia: como una acción que irrumpe dando cuenta de conflictos, pensamientos y emociones que se plasman sin procesamiento mental, simbólico o emocional”, opina Canzutti. Dándole continuidad a la opinión de su colega, López, psicóloga y supervisora del Centro de Psicopatología Infanto-Juvenil de San Isidro, hace foco en la prevención. “En estos casos, como en muchos otros, es imprescindible la prevención para evitar que siga en progresivo aumento. Hablamos de hostigamiento cuando un chico le hace y/o dice cosas a otro que lo hacen sentir incómodo. Se refiere a cualquier forma de maltrato psicológico, verbal o físico producido entre pares de forma reiterada a lo largo de un tiempo determinado. Cuando se establece entre los compañeros de aula, observamos que el agredido suele presentar timidez, introversión y soledad. Suelen ser niños que pertenecen a alguna minoría dentro del aula, de género o etnia, los muy estudiosos o que presentan alguna diferencia física: obesidad, anteojos o ser muy linda. Estos niños se muestran más pasivos, con pocas habilidades sociales y les cuesta expresar sus emociones y defender sus derechos”, argumenta la especialista. En contraposición, “los que hostigan son niños que ejercen fácilmente liderazgo y necesitan mostrar su poder: suelen ser más extrovertidos e impulsivos” plantea Canzutti. “Estas características no siempre las miramos, ya que es difícil de detectar antes de la manifestación de violencia. Sin embargo, una causa que siempre está presente es la necesidad de llamar la atención a los adultos. Es decir, niños que no disponen de la atención necesaria y que sólo la logran desde una identidad negativa. Humillando al otro logran volverse el centro de atención”.

El seno familiar es otro ámbito donde buscar explicaciones de este fenómeno. “La falta de una crianza enriquecida en valores puede ser otra causa. También pueden ser hijos de padres a los que les cuesta mostrar empatía hacia sus hijos, no siendo capaces de tranquilizarlos y guiarlos: no logran enseñarles a controlar sus impulsos, postergar la gratificación, motivarse, respetar a los demás. Por otro lado, cobra importancia el aprendizaje en un medio familiar hostil y amenazador, donde los hijos repiten comportamientos que ven en sus casas”, argumentan las especialistas de Momento Cero.

¿Cómo opera la mente de un sujeto –o de un grupo– al golpear a alguien con la posibilidad de que derive en una muerte? La coordinadora de Violencia Escolar Hoy agrega: “Sabemos que en los fenómenos de grupo o de masa, la opinión de un solo individuo no cuenta. Este sucumbe al efecto ‘contagio’, se obnubila y hace lo mismo que los demás. En el caso de Junín, el objetivo era molerla a palos, seguramente deformarla para que no sea tan linda, para que no se destaque de las demás. Estas personas con tal nivel de violencia actúan disociadamente: en ese momento, lo único que les importa es llevar a cabo su cometido. Nada más. Después, según los casos, surge un mínimo de toma de conciencia por la tragedia ocasionada y un mínimo de arrepentimiento, y otras veces no”, cierra Dávila.

Tras el trágico fallecimiento de la menor, la familia decidió donar los órganos al Incucai. Visiblemente consternada, Nancy, la mamá de la joven, clamó por justicia. “Me arrancaron la vida, me arruinaron. Que haya justicia, para que esto no pase todos los días”, declaró entre llantos. Horas después, el testimonio de una de las compañeras de Naira, quien también habría sido amenazada por las agresoras de su amiga, despejó sólo algunas dudas ante semejante desenlace. La chica declaró ante los medios que aquel miércoles las agresoras la fueron a buscar a ella a la puerta de la escuela y como se había ido antes, le pegaron a Naira. “A la que iban a agarrar era a mí y le pegaron a ella por venganza. Naira murió por mi culpa”, dijo. Además, María agregó que después de la golpiza fatal, la agarraron en la esquina de su casa. “Me tiraron de la moto, me agarraron de los pelos y me dijeron ‘por tu culpa cobraron tus amigas’. Yo no sabía qué amigas eran. Ahora pienso: si yo hubiese estado ahí, si yo no me hubiese retirado antes de la escuela, estaría en el lugar de Naira y ahora mi familia me estaría llorando”.

Fuera de la escena intrafamiliar desde donde se pueden generar síntomas de violencia, la influencia de los medios de comunicación cobra profunda relevancia. Al respecto, la licenciada Emilia Canzutti opina: “Los programas de televisión, los videojuegos, los sitios web y la música popular tienen facetas que alientan e incluso alaban el comportamiento violento como medio para reafirmarse a sí mismos. Sacados de contexto, un niño con problemas podría usar estos ejemplos como medio, siendo agresivo para ganar popularidad entre sus pares”, opinó la psicóloga, dando lugar a pensar acerca de cómo intervenir ante esta clase de episodios. “Salvo que un hijo cuente que es víctima de agresiones –o que tenga lastimaduras o heridas visibles–, puede ser difícil darse cuenta de lo que está sucediendo. Pero es frecuente que los niños no comenten que han sido intimidados, por lo que es importante que los padres y los maestros aprendan a reconocer los signos que dan cuenta de que un niño puede estar siendo ser víctima de hostigamiento. Algunas conductas tales como: frecuente pérdida de objetos personales, quejas de dolores de cabeza o de estómago, evitando el recreo o las actividades escolares, y llegar a la escuela muy tarde o muy temprano. Otros rasgos que atender son: si tiene miedo de ir a la escuela, si baja sus calificaciones, si se comporta de forma diferente o parece angustiado. O si no come ni duerme bien ni realiza aquellas actividades de las que suele disfrutar”, detalló la especialista.

“Sí, iba vestida bien, pero no exagerado”, aclaró el novio de Naira, Pablo Muñoz, cuando los periodistas le preguntaron acerca de si su novia habría tenido inconvenientes por verse linda. “Naira nunca tuvo problemas con nadie. Era una chica tranquila, que no se metía con nadie. No puedo entender lo que pasó, no era necesaria semejante paliza”, dijo el joven, y agregó que “hubo un problema el fin de semana en un boliche” que podría haber influido en la pelea que terminó con su muerte, aunque dijo que Naira no le contó lo que había pasado. Sin embargo, destacó que las hermanas detenidas por el crimen “eran de tener problemas” en Junín. Una ciudad conmovida y angustiada ante una muerte tan difícil de explicar como imposible de olvidar.
Qué hacer si un niño confiesa un episodio de agresión

- Brindarle consuelo y apoyo.
- Felicítelo por su valentía al hablar de lo que está sucediendo.
- Ante estos síntomas o manifestación de causas, consultar a un especialista.

Opinión

La conspiración de silencio

Por Laura Quiñones Urquiza / Diplomada en Criminología, Criminalística y DD.HH. (IUPFA) y Luciana Cataldi / Abogada especialista en derechos de los niños/as y mediadora educativa

En Villa Fiorito, en octubre de 2011 un niño de 11 años acuchilló a un compañero de colegio de 12 años luego de una prolongada situación de hostigamiento y humillación. La venganza como motivación se hacía presente frente a patrones de conducta violenta, con una reacción inusitada y llena de odio. Cuando el malestar y la desesperanza se instalan como fuente para la reivindicación, estos logran desinhibir el control de los impulsos. El desorden de conducta que no es rectificado en la infancia es un factor de riesgo para el futuro y genera un patrón de comportamiento agresivo que muestra el vacío que se proyecta en un otro. Ante este vacío, el único modo de restablecer y aumentar el ego es humillando a ese otro que es visto como un perdedor en base a esa debilidad y capacidad de detectar la impotencia, tristeza e indefensión. Se conoce como bullying al maltrato entre iguales, sistemático, mantenido en el tiempo y con la intención de hacer daño imponiendo el esquema de abuso de poder, desequilibrado entre víctimas y agresores, significando un modo de violación de los derechos humanos. Precisamente en un ámbito donde el niño debería sentirse seguro y protegido, lo que recibe es violencia física, verbal y exclusión.

La falta de apoyo social por omisión o falta de recursos pedagógicos opera incrementando las agresiones y el odio a ese compañero que es distinto por lindo, por pobre, por débil, porque está cada vez más aislado o tiene un grupo que es considerado mejor y como rival: no debe ser perdonado. La conspiración de silencio es el apoyo pasivo entre compañeros y no sólo ejerce presión en la víctima sino que fortifica la simbiosis entre el grupo de agresores.

El bullying y la violencia escolar son multicausales: el primero tiene que ver con la violencia social en la que vivimos. Los niños absorben del entorno y replican lo que ven, en los colegios. A cierta edad, los chicos se educan más de lo que ven que de lo que se les dice, y si están rodeados de violencia en su entorno, en los medios de comunicación, en la calle, van probando lo que aprenden en su pequeña sociedad, que es la “escuela”.

Las instituciones escolares y las familias se perciben como más tolerantes con los agresores que con el hostigado. Se escuchan frases como “es cosa de chicos”, “esto siempre pasó”, y en algunos casos se toma al acosador como un “líder”. Entonces tratan de liberar al chico que está teniendo una conducta de acosador y abandonan a la víctima a su suerte. Las instituciones escolares tienen que ser responsables y velar por la integridad física y psíquica de los chicos y el derecho a educarse en un ambiente sano.

El bullying no se erradica si no se aborda singularizadamente. En estos últimos tiempos estamos asistiendo a un baile de cifras y números referidos al fenómeno que confunden y generan una alarma social completamente innecesaria. Se confunde el bullying con las agresiones esporádicas entre el alumnado. A ello está contribuyendo el uso en los medios de términos como “acoso escolar” en sentido general: si todo es bullying, nada es bullying. Se está dando la impresión de que esto es algo habitual y generalizado entre nuestro alumnado, con el daño que supone esta generalización y banalización del término para quienes, de verdad, están sufriendo bullying.

Otras víctimas

1. Abril de 2012. Víctor David Feletto, un niño de 12 años de la secundaria Nº 371 de Temperley, se suicidó con un arma de su abuelo luego de sufrir el maltrato de sus compañeros en las clases de gimnasia.

2. Junio de 2013. En la Escuela Leloir, de Corrientes, Daiana Delgado le pegó a un compañero de clases por ser gay. El adolescente, de 17 años, corrió el riesgo de perder un testículo como consecuencia de las agresiones.

3. Julio de 2013. En Tigre, una patota de compañeras del colegio le tajeó a Malena, de 12 años, la cara y parte de su cuerpo por “hacerse la linda”.

4. Julio de 2013. En Tucumán, a la salida de la Escuela Media de Arcadia, a María José Villafañe, de 14 años, la esperaron varias alumnas para golpearla hasta dejarla internada. Fue “por ser linda” y le provocaron traumatismo de cráneo y escoriaciones múltiples.

5. Agosto de 2013. Cuatro compañeros del colegio Nº 23 de Wilde le dieron patadas y trompadas a Agustín Romero, de 15 años. La golpiza fue filmada y subida a Internet. Su madre había denunciado cinco veces que su hijo era hostigado por otros chicos de su división.

Oipinión

Se naturaliza la violencia escolar

Por Silvia Di Biasi
Psicóloga

En las ciudades chicas, el consumo de las sociedades capitalistas se nota muchísimo. Todos se conocen directa o indirectamente. El “soy-teniendo” ya sea celular, tablet, ropa de marca, moto, auto, es cotidiano e inevitable. Para los adolescentes, el barrio, la escuela, el club, son su mundo. Que la golpiza haya sido en la puerta del colegio es un símbolo. No fue a la salida de un boliche o en una calle oscura. Es increíble pensar que algo de este conflicto no se filtrara previamente en el aula, durante los recreos, para dar lugar a que las autoridades de la escuela intervengan. Sería importante evaluar los aspectos preventivos y de disuasión dentro del marco educativo. Y en el afuera observar la posibilidad de que nada de esto pudo haber ocurrido sin complacencia policial. Tal vez con el correr de las horas la Justicia deje de sostener que el asesinato habría sido “a causa de que era linda” y nos ofrezca una mirada más profunda de la problemática social que atraviesa la ciudad y los jóvenes. Pero hay que reconocer que en la escuela siempre hubo discriminación y violencia. El famoso bullying lo ejercieron durante mucho tiempo los profesores.