Cine de Palermo. Película Muerte en Buenos Aires. El crimen de un adinerado homosexual dispara una investigación en la que dos inspectores recorren el submundo gay en busca del asesino. En la discoteca, un amanerado Carlos Casella baila con jóvenes de torsos desnudos. Mientras tanto, en la platea, una rubia de unos 25 años exclama ruidosamente: "¡Qué asco!".

La chica repitió la exclamación cada vez que ocurría una situación homoerótica. Junto a sus amigos, repiqueteaba de manera nerviosa el suelo con los pies, decía "no, no" ante los besos y escarceos de los protagonistas como si se tratara de una tarántula inesperada en una película de terror.

La escena palermitana contrasta con los logros obtenidos en materia legislativa para la comunidad de lesbianas, bisexuales, gays y trans en los últimos años: las leyes de matrimonio igualitario e identidad de género son bisagras en la construcción de un país que decidió aceptar la diferencia y tratar a sus ciudadanos distintos como iguales. Derecho a una familia, a protección por parte del Estado, a heredar del compañero de toda la vida, a dar protección con la obra social del concubino, a poder entrar al hospital para acompañar sus últimos minutos de vida. Estas debatidas leyes les dicen a los jóvenes gays que no valen menos que sus compañeros.

Sin embargo, la platea de Muerte en Buenos Aires está incómoda. Muchos llegaron por la fuertísima campaña publicitaria a ver una película policial sin saber mucho acerca del argumento. Su participación activa en la película confirma que la homosexualidad sigue siendo un tema incómodo. El cambio cultural parece tardar mucho más incluso que los cambios legales y aún hay un trabajo pendiente en ese área.

La chica rubia que sufrió ayer en una sala de Palermo es una señal de alerta, porque la argentina del post-matrimonio igualitario mantiene en su interior a los prejuiciosos de siempre.