Entre los inventos argentinos figura en primer lugar el colectivo. No queda bien clara la razón de que aparezca en la misma lista que integran el dulce de leche y la birome, porque en realidad buses para el transporte urbano había en todas las ciudades del planeta cuando comenzaron a rodar los primeros carromatos vernáculos hace ya cerca de 100 años. Es curioso que el término popular con el que se los denomina en Buenos Aires venga del portugués. Bonde, según coinciden varios conocedores del asunto, es una palabra derivada en el habla popular de Brasil de la inglesa "bond", bono, y la pronunciación suena bastante parecida a "bonyi". Más curioso es cómo fue que "bonde" terminó por significar al ómnibus urbano.

Algunas versiones indican que a principios del siglo XX comenzaron a circular tranvías en San Pablo. Las empresas propietarias eran británicas y los vehículos tenían a un costado el precio del viaje y la palabra "bond", por el costo del pasaje. Otras explicaciones quizás más documentadas, recuerdan que la no menos inglesa compañía de tranvías de Río de Janeiro lanzó en 1876 acciones (bonos, bonds, o sea bondis) para ampliar al recorrido hacia el Jardín Botánico carioca. Así fue que bondi definió al tranvía en Brasil y al colectivo en la Argentina.

Tanta introducción bien a cuento para volver sobre el fallo del juez de Nueva York Thomas Griesa y la forma en que en Italia denominan a esta controversia. Para los medios especializados de allá –conviene recordar que en la península itálica había 400 mil pequeños ahorristas que habían comprado bonos argentinos defolteados en 2001– se trata de la crisis de los Tango Bonds, que ahora vuelven a ser noticia por las dificultades para ser cobrados.

En el mundo de las finanzas es usual este tipo de simplificaciones. El gobierno argentino entiende que no habría que usar la palabra "default". Y más allá del "mainstream" periodístico internacional, que se burla de esta aclaración, comienzan a aparecer voces que coinciden con la óptica de la Casa Rosada. Por eso ya hay quienes hablan de Efecto Tango.

La reminiscencia al llamado Efecto Tequila de hace justo 20 años o el Efecto Caipirinha del 1999 es obvia. Por eso será que el ministro de Hacienda brasileño, Guido Mantega se apresuró a declarar que lo de Argentina es un "impasse" y no de default, porque el país "está pagando". Se trata, añadió Mantega, de una "situación sui generis porque quien está impidiendo hacer el pago es un juez estadounidense".

Miriam Leitão, corresponsal de O Globo en Buenos Aires, especificó en una columna lo que cada uno de los bailarines de este tango peligroso pierde con el "calote" argentino. Y luego de detallar la situación que percibe para los holdsin y los holdsout, para la Argentina e incluso para Nueva York como plaza financiera internacional, Leitão considera que este "tampoco es un buen escenario para Brasil. No habrá contagio financiero o cambiario como en otras crisis de deuda, pero los efectos van a empeorar un poco más la débil coyuntura brasileña." Fundamentalmente por la reducción del comercio y las exportaciones hacia este lado.

En tierras aztecas, la agencia Ansa rescató reflexiones de Raúl Feliz, del Centro de Investigación y Docencia Económica (CIDE), para quien el impacto de los Tango Bonds "será mucho menor que en 2001", cuando los mercados internacionales temblaron por la moratoria de la deuda decretada por Adolfo Rodríguez Saá. "Lo más probable es que el default selectivo se mantenga casi al final de este año" y que el país "regrese a los mercados de capitales el próximo año".

También José Luis de la Cruz, director general del Instituto para el Desarrollo Industrial y el Crecimiento Económico de México, piensa que un "default selectivo no significa que Argentina carezca de solvencia económica". Para el experto sólo habría un Efecto Tango si por alguna razón el gobierno argentino se viera obligado a pagar de inmediato el total de la deuda.

Tanto brasileños como mexicanos saben de lo que hablan. La crisis de la deuda mexicana fue la que en 1982 desencadenó una seguidilla de situaciones dramáticas en el resto de los países latinoamericanos que golpeó de lleno en la Argentina que intentaba retornar a la democracia con Raúl Alfonsín. ¿Cuántos de los temores de aquella sociedad –que estaba atormentada por haber asumido el enorme peso descubrir los horrores represión genocida– habrán terminado por quitarle espesor a la demanda de que se revisara la validez de cada peso que la dictadura había generado como deuda?

México tendría otra crisis, como la más profunda de 1994 cuando recién tomaba el cargo Ernesto Zedillo y daba sus primeros pasos el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN o NAFTA según las siglas en inglés) con Estados Unidos y Canadá. El Efecto Tequila era un golpe al corazón del modelo neoliberal que se había extendido desde el Consenso de Washington y generó una pequeña oscilación en Argentina que, sin embargo, pudieron atravesar el presidente Carlos Menem y su inefable ministro Domingo Cavallo.

Pero como un temible buscapié, los problemas financieros se extendieron y tres años más tarde los hasta ese momento "exitosos" Tigres Asiáticos (Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán) entraron en bancarrota en la llamada crisis del Sudeste Asiático. En 1998 el Efecto Vodka provocó otro vendaval, con origen en Rusia y una secuela calcada de pérdida de reservas, devaluación de la moneda y mayor desocupación.

En 1999 la crisis se introdujo en América del Sur con el Efecto Caipirinha, que esta vez sí impactó de lleno en la Convertibilidad. El real, creado cinco años antes por el presidente Fernando Henrique Cardoso, fue devaluado y arrastró a la baja los precios de los productos brasileños, con lo que se afectó directamente la competitividad argentina. Lo demás es historia conocida: un alza incontenible del desempleo, deslocalización de empresas hacia Brasil y la venta final de lo que quedaba del patrimonio nacional en un último intento por salvar el "1 a 1". También un crecimiento geométrico de la deuda para tapar agujeros con consecuencias que aún se están pagando.

Es interesante revisar archivos para descubrir lo que decía entonces Standard & Poor's, la misma calificadora que ahora se apuró a colocar a los bonos argentinos como en default técnico. En julio de 1999 una analista de S&P, Lacey Gallagher pudo decir que había decidido mantener la calificación argentina como favorable ya que no veía riesgos de una devaluación y "es remota la posibilidad de que se presenten dificultades" en el pago de la deuda. "Es posible que la Argentina sufra una recesión, pero desecho la posibilidad de una devaluación", abundó Gallagher para culminar en que "los países de peor calidad crediticia en la región han sido y seguirán siendo los más afectados por la crisis. Particularmente Venezuela y, secundariamente, Brasil." A principios de ese año Hugo Chávez había asumido su primera presidencia, votado mayoritariamente entre otras cosas porque ofrecía algo diferente al electorado.

Los sacrosantos mercados parece que ahora coinciden con el ministro Axel Kicilloff, su colega brasileño y los analistas mexicanos. Porque no hubo ayer una caída estrepitosa de las bolsas internacionales e incluso se registraron levísimas alzas en Malasia, Australia y Nueva Zelanda. Hubo caídas en Europa –con un máximo del 2,1% en Madrid– pero lo curioso es la razón por la que se explica esta baja. Para el diario mexicano El Financiero, asociado a la agencia Bloomberg, "las bolsas europeas reportaron caídas al cierre de operaciones con la bolsa Lisboa y Frankfurt encabezando las pérdidas, arrastradas por el hundimiento en las acciones del Banco Espirito Santo y de la firma deportiva Adidas, luego de que ambas empresas reportaran resultados decepcionantes del segundo trimestre". Tiempo Argentino viene publicando la zaga del banco portugués, en la picota desde que la familia propietaria está investigada por un presunto vaciamiento de la entidad.

Sobre los Tango Bonds, El Financiero apunta apenas que "las noticias de que Argentina entró en cesación de pagos, luego que falló un acuerdo con los acreedores conocidos como 'fondos buitre', y la preocupación porque las tasas de interés suban en Estados Unidos antes que lo esperado causaron nerviosismo entre los inversionistas".

En ese mismo año de 1998, y mientras los rusos padecían la resaca del Efecto Vodka, Los Redonditos de Ricota lanzaban el álbum Último bondi a Finisterre. En latín, "finis terrae" significa el confín de la tierra, para decirlo en términos elegantes.

Es posible que, premonitores, la banda del Indio Solari y Skay Beilison haya advertido que el "último bono hacia el fin del mundo" habría ver la luz más temprano que tarde. En eso estamos.