Un debate se libró en los '90 bajo la académica forma de pregunta: ¿para qué sirve la política? La respuesta fue terminante: para administrar lo dado, para garantizar que lo que "es" siga siendo "tal como debe ser". La lectura de Francis Fukuyama, su trabajo sobre el fin de la historia, The End of History and the Last Man, es del año '92. Fukuyama expone la tesis del vencedor: la Historia, como lucha entre ideologías, ha terminado; un mundo basado en la democracia liberal se ha impuesto. La Guerra Fría arrojó un resultado definitivo. El liberalismo ha vencido, y esa terminó siendo la buena nueva global: la derrota del comunismo. Y la mayor parte del mundo civilizado festejó. El peligro de la destrucción del planeta, la posibilidad de una guerra atómica, había quedado atrás.

Ahora era posible respirar hondo, distenderse, y disfrutar de unas vacaciones políticas a perpetuidad. La amenaza de la Populorum Progressio, la necesidad de socializar los medios de producción, parecía tan antigua como el nuevo testamento. La teología católica tuvo que reescribirse, y el  Papa alemán, el mismo que diera como teólogo argumentos progresistas, sería el empujado a restablecer la misa en latín. No era un signo tan menor. El Concilio Vaticano II, que tantas esperanzas abriera al socialismo cristiano, concluyó su brevísimo ciclo.

El gobierno de los Estados Unidos utilizará buena parte de su poder para imponer la sentencia del juez Griesa; una cosa es la fuerza de un argumento, y otra el argumento de la fuerza. En ese punto estamos.

Por cierto, Fukuyama ni era ni es un pensador naïf. No creía que repentinamente el mundo se hubiera vuelto "democrático", sabía de los límites de su curiosa versión de la democracia política. El welfare state ya no la integraba. Cada uno ahora se ocupa de sí mismo. Fukuyama nos informó entonces en qué dirección debía marchar Europa tras la caída del muro, en qué dirección el vencedor impulsaría el sentido de la historia. Debemos admitir que no se equivocó. Y como parte de ese "nuevo sentido", desde Medio Oriente hasta la China post Mao, quieran o resistan, se debían terminar  encaminado hacia la "democracia liberal". ¿Terminará siendo así?

Dicho con sencillez, la victoria del mercado mundial, su capacidad para expandirse hasta el límite del planeta Tierra, no puede ser puesta en tela de juicio. De modo que no existe un camino alternativo, y el socialismo –en sus múltiples versiones, desde el Fabiano hasta el soviético– desde este abordaje conservador ya no es más que una curiosidad libresca. La de Fukuyama no era ni es una mera hipótesis académica. Se trata de un digesto normativo. Si alguien intenta sacar los pies del plato, todos los poderes del averno se desatarán sobre su cabeza. El sistema no admite en teoría desafío alguno, la bancocracia global se ha hecho cargo del planeta.  

Por tanto, intentar modificar la realidad carece de sentido. ¿El motivo? El capitalismo contemporáneo, el que derrotó a la Unión Soviética, habría encontrado el camino para el crecimiento perpetuo. La prehistoria humana, el reino de la necesidad insatisfecha, habría concluido. Vivimos en el mejor de los mundos imaginables, y sería una torpeza alucinada desestabilizar un sistema apto para satisfacer todas las demandas. La crisis de las empresas punto com, a comienzos del flamante milenio, planteó un interrogante que pocos atendieron; pero la quiebra de Lehman Brothers puso en entredicho tan dramática como trivial hipótesis. Corría el año 2008 y Barak Obama había llegado a la presidencia de los Estados Unidos.

La crisis desestabilizó el sistema financiero internacional, los bancos norteamericanos y no sólo ellos tuvieron que ser rescatados con fondos públicos. Las reglas del juego fueron unilateralmente modificadas. El sistema de premios y castigos que la "democracia liberal" se jacta de propiciar fue burlado sin demasiado disimulo. El sistema financiero internacional no se depuró por la darwiniana ruta de los más aptos, sino que los mismos que siguieron haciendo exactamente lo mismo fueron sostenidos primero, y garantizados después, en sus puestos de comando. Sin que la Corte Suprema de Justicia de EE UU dijera una sola palabra.  

Ni la sociedad norteamericana ni el resto del mundo se beneficiaron con una nacionalización bancaria practicada en la trastienda. Una gigantesca transferencia de ingresos de los más pobres hacia los más ricos tuvo lugar sin que se ejerciera la menor resistencia política. Ni en los Estados Unidos, ni en parte alguna. Una larga cadena de quiebras personales, de patrimonios construidos a lo largo de mucho tiempo fueron confiscados. Los dueños de hipotecas que no pudieron afrontar el pago de las cuotas fueron despojados de sus casas, mientras los bancos que facilitaron los préstamos eran resarcidos hasta los balances en azul. La inversión de la vieja y conocida política de Robin Hood, robar a los pobres para saciar a los ricos, se inició en EE UU y prosigue su marcha en la Europa de los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España, por sus siglas en inglés). Es una postal reiterada y abrumadora. 

En ese contexto la Argentina reestructuró su deuda externa en default, con el 93 % de sus acreedores. La diferencia entre los que acordaron y los que no lo hicieron nos ahorra argumentos. Sin embargo, un fallo de un juez municipal de Nueva York reconoce el derecho del 1% de los bonistas a cobrar íntegra su acreencia. No sería más que un escándalo jurídico a no ser porque la Corte Suprema convalidó implícitamente lo actuado. Hay más. El Fondo Monetario Internacional intentó ser amicus curiae en la causa contra el gobierno argentino, y el secretario del Tesoro norteamericano lo impidió. No cabe ninguna duda, el poder del imperio nos hace saber que no se trata de una sentencia menor, sino una avalada por el poder tal como es. Vale decir, irresistible.

En los Estados Unidos la crisis comienza a quedar atrás. Y en la Argentina se reinicia un ciclo de turbulencias cuya intensidad se incrementará hasta el 31 de diciembre del 2014. Dicho sin exagerar: el gobierno de los Estados Unidos utilizará buena parte de su poder para imponer la sentencia del juez Griesa; una cosa es la fuerza de un argumento, y otra el argumento de la fuerza. En ese punto estamos.

Buena parte de la sociedad argentina – el 33,9% de los encuestados por el CEOP, según Página 12 de ayer– considera que el gobierno argentino no negocia adecuadamente. Se podría pensar que ese porcentaje se ubica a la izquierda del gobierno. Grave error. Cuando la encuesta inquiere sobre la relación entre el fallo y los poderes fácticos de EE UU, el 27,9% desconoce el vínculo. Vale decir, según esta apreciación se trata de un fallo independiente y justo.

Si se comparan estos resultados con indagaciones anteriores se comprueba que ese punto de vista se redujo sensiblemente. Es posible que con el correr de las horas y la lógica binaria del enfrentamiento esta cifra vuelva a reducirse. Por cierto ni los mas optimistas creen que se ubique por debajo del 20 por ciento. De modo que una de cada cinco habitantes, en medio de un enfrentamiento trascendente, desconoce el interés nacional.

En este punto la pregunta inicial (para qué sirve la política) recobra todo su sentido. Para los seguidores del fallo Griesa la política es un incordio que debe ser desterrado. Para el resto, la aplicación del fallo debe ser evitada, y la política es el instrumento. La consecuencia del fallo está a la vista. La reestructuración de la deuda sería tumbada, y una deuda imposible pondría fin a cualquier amago de decisión soberana. 

¿Cómo entender ese diferendo? Unos ignoran las consecuencias del fallo y por tanto rechazan el enfrentamiento. O, por el contrario, a pesar de conocer sus fatídicos efectos lo aceptan. Si el problema fuera la falta de información creíble, el tiempo probablemente resolvería el equívoco. En cambio, si no lo fuera estaríamos ante un límite intraspasable. Ante un segmento de la sociedad que no admite ningún interés distinto a la autosatisfacción permanente. Pienso que ambos elementos concurren en distinta proporción, y el tiempo  ayudará a separar cipayos programáticos de ciudadanos confundidos.