Una de las secciones del diario La Nación con poco margen para la mentira es la de necrológicas. Hasta es probable que algún dinosaurio político la consulte todos los días para confirmar que está vivo. Pero deben diferenciarse las informaciones individuales acerca de los fallecimientos pasados con las que vaticinan muertes futuras.

Aquí el diario reincide en su táctica habitual: “Se dice que”, “fuentes bien informadas”, “alguien cercano a la Casa de Gobierno”; todo matizado con el abuso de condicionales. Así se configura más que información, la expresión de deseos de los periodistas involucrados, que a su vez difunden la línea editorial.

El establishment creía que así borraba de la historia argentina al peronismo y que sobre ese campo devastado vendría la restauración oligárquica.

La muerte de movimientos históricos. Dentro de esta tendencia existen dos casos dignos de destacarse. El primero es la profecía fracasada de Claudio Escribano, entonces secretario de Redacción de La Nación, quien tal vez contagiado por la tradición de golpes militares y de mercado, afirmó, poco tiempo después de la asunción del mando de Néstor Kirchner, que su Presidencia terminaría en menos de un año. Se equivocó.

Ahora reincide un colega suyo, quien en su nota del domingo pasado (Joaquín Morales Solá, La Nación, 24/08/2014) enuncia dos profecías: la primera es la destrucción de todo lo realizado desde 2003; y la segunda, el comienzo de una nueva etapa por quienes después tomen el gobierno. Afirma categórico: “Nada habrá quedado después de Cristina Kirchner. Los próximos tendrán que empezar de nuevo”. Es decir, habrá tierra arrasada y gobernará otra vez el establishment; el proyecto nacional está muerto y se restablecerá el neoliberalismo.

Profecías como éstas se han repetido, y cuando se pretendieron realizarlas, han sido trágicas en la historia argentina. Después del golpe de Estado de 1956, se derogó la Constitución Nacional de 1949 por el bando militar del 27 de abril de 1956. Días antes, el 5 de marzo de 1956, se había dictado el decreto-ley 4161, que prohibía en todo el territorio de la Nación “la utilización, con fines de afirmación ideológica peronista, efectuada públicamente, o propaganda peronista, por cualquier persona, ya se trate de individuos aislados o grupos de individuos, asociaciones, sindicatos, partidos políticos, sociedades, personas jurídicas públicas o privadas de las imágenes, símbolos, signos, expresiones significativas, doctrinas, artículos y obras artísticas, que pretendan tal carácter o pudieran ser tenidas por alguien como tales pertenecientes o empleados por los individuos representativos u organismos del peronismo”. Después vino la brutal represión de los gobiernos cívico-militares.

El establishment creía que así borraba de la historia argentina al peronismo y que sobre ese campo devastado vendría la restauración oligárquica. Tuvieron éxito durante algún tiempo, pero al final se derrumbó el neoliberalismo y resurgió el peronismo, que nunca había muerto. Los movimientos históricos no se suprimen por decreto, ni por golpes de Estado, ni por la violencia.

En qué consiste la “tierra arrasada”. ¿En qué se basa La Nación para afirmar que “nada habrá quedado después de Cristina Kirchner”? Esta frase sostiene que se destruirá todo lo conseguido, en especial con respecto al crecimiento y –sobre todo– a la inclusión social. Para fundamentarlo, se basa en algunas cifras que marcan un estancamiento a principios de 2014, como si esto borrara los 10 años del mayor crecimiento económico de la Argentina, esta vez con inclusión social. Pero al final prevalecen los hechos: por desgracia para el arco opositor, no pueden negarse las cifras objetivas. Veamos.

El ciclo neoliberal argentino duró un cuarto de siglo (1976-2002). El Producto Bruto Interno anual por habitante (PBI) era de 8000 dólares internacionales en 1976, y se redujo a 7200 dólares en 2002; es decir, que los argentinos tenían 800 dólares menos por habitante que 26 años atrás. Esta fue la época del oro del neoliberalismo. En cambio, en 2013 el PBI era de 13.500 dólares: en 10 años, casi se duplicó. Para borrar lo obtenido y volver a la nada, como vaticina La Nación, cada argentino debería rebajar su ingreso anual por habitante de 13.500 dólares a 7.200 dólares. Es una tarea imposible, aun cuando para cumplirla llamaran a los fondos buitre, a De la Rúa y Cavallo, o se actualizaran con los aspirantes a sucesores, que ahora están apareciendo.

Los progresos realizados en la “década ganada” muestran una diferencia abismal entre los principales indicadores económicos y sociales entre 2002 y 2012/13: la inversión bruta interna pasó del 11 al 21%; las exportaciones, de 25.000 millones de dólares a 84.000 millones; la desocupación, de 21,5 a 7,3%; la participación de los asalariados en el ingreso, de 34 a 49%; la cobertura de la seguridad social, de 65 a 95%; la inversión estatal global, de 1,1 al 4,3 del PBI. Sólo quienes niegan la realidad, pueden afirmar que no existió la década ganada.

Pero para valorar la profecía periodística es útil enumerar algunas de las consecuencias físicas de la “tierra arrasada” que promete el principal vocero del establishment.

1. Caída de la ocupación y de los salarios, como consecuencia de los programas de ajuste neoliberales, en especial la reducción drástica del gasto público y la supresión de los Convenios Colectivos de Trabajo (la mejor forma de bajar salarios es crear desempleo). Pérdida de las conquistas que llevaron a la inclusión social de gran parte de los excluidos (Asignación por Hijo y planes sociales).

2. Retorno de la hegemonía del sector financiero por sobre el productivo, con la desindustrialización que generaría la revaluación del peso y la apertura de las importaciones (era más barato importar que producir, como se comprobó en la década de 1990). Fuerte endeudamiento externo y auge de la especulación financiera.

3. Destrucción del sistema jubilatorio estatal y vuelta al negocio financiero. Además sería fácil “desjubilar” a los 2,4 millones que se jubilaron sin aportes aumentándole desmesuradamente los reintegros mensuales por los aportes no pagados.

4. Renuncia a la soberanía nacional: vuelta al predominio de Estados Unidos (tal vez, generalizar el “sentarse con Griesa y hacer lo que él quiera”) y ejecutar la política económica que decida el Fondo Monetario Internacional (FMI). Reprivatización de las empresas recuperadas para el Estado argentino.

Para entender lo que intentan, es necesario tener en claro que no tratan de proponer un poskirchnerismo, sino de reimplantar el prekirchnerismo. Uno de sus dramas es que no tienen programa económico propio. En lo cotidiano, lo único que se les ocurre ahora es oponerse a todo lo que haga el Gobierno. Y si debieran plantear medidas concretas para el futuro, sólo tienen las del FMI.

Integrantes nativos del establishment. Existe además otro hecho: en el interior de la Argentina existen grupos que integran el establishment como socios menores. Estos grupos históricamente han tenido la particularidad de unirse a los miembros extranjeros del establishment para conseguir ventajas, en particular, compartir el gobierno y los negocios. Basta con citar a los argentinos que tripulaban la flota anglo-francesa durante la Vuelta de Obligado, la alianza con Brasil para derrocar a Rosas, los gobiernos de la oligarquía instalados por los británicos, la confabulación con Braden en 1945, el actual apoyo a los fondos buitre. La antítesis de esos lamentables antecedentes la ofrece Japón: nunca en su larga historia, “ningún japonés pensó por un momento en apoyar a una potencia extranjera contra los intereses de sus propios ciudadanos” (Edwin Reischauer, El Japón, Historia de una Nación, Fondo de Cultura Económica, pág. 122).

Para finalizar, tenemos dos malas noticias para el establishment y sus voceros.

La primera se refiere al peronismo al que dieron por muerto varias veces. La relectura del decreto 4161/56 resulta patética: cómo pudo creerse que un movimiento histórico se eliminaba por decreto, y cómo casi 60 años después vuelve a imaginarse lo mismo. No han entendido ni aprendido nada.

La segunda, es que no han advertido que éste es un país muy diferente al de hace una década. Ha llegado a niveles jamás conseguidos de inclusión social, duplicó su Producto Interno Bruto, reanudó el proceso de industrialización, se desendeudó y está en vías del autoabastecimiento energético. Frente a esta realidad insistir con el planteo neoliberal –como hacen varios precandidatos presidenciales de la oposición– significa algo parecido a proponer la restauración del feudalismo en pleno renacimiento.