A la memoria de Eduardo Luis Duhalde

A comienzos del siglo veinte, en ese tiempo en el que Europa se lanzaba con frenético fervor a la Gran Guerra, esa que terminó por clausurar, bajo el fuego arrasador de los cañones y del gas mostaza que aniquiló a millones de soldados de todas las nacionalidades, los ideales emanados de la Revolución Francesa y de la convicción de entrar a una época signada por lo que se creía un progreso indefinido nacido precisamente en las tierras donde se habían proclamado aquellas tres palabras enseñas de la modernidad: libertad, igualdad y fraternidad; al comienzo, decía, de ese siglo que dejara tantas marcas imborrables de barbarie “civilizada” sobre el cuerpo dolorido de la humanidad, un siglo de guerras y de revoluciones, de un capitalismo arrasador, del advenimiento y el hundimiento del socialismo y de procesos de liberación nacional muchas veces truncados por sus propios portadores, un crítico vienés, quizá desconocido para la mayoría de los lectores actuales, Karl Kraus, señalaba, contra viento y marea, que la guerra contemporánea sólo era posible gracias al papel demoníaco de la gran prensa. Kraus creía que si bien la verdad era la primera víctima de la conflagración, su arrasadora presencia en 1914 había tenido como soporte indispensable a los grandes medios de comunicación que les dieron letra a los intereses de los distintos actores políticos, económicos, militares e imperiales para que pudieran arrastrar a sus pueblos detrás de un fervor patriótico que terminó arrasando millones de vidas junto con los ideales humanistas forjados en la vieja y decadente Europa que, a la vuelta de la esquina de 1914, se prepararía para entrar al tiempo de las masacres generalizadas, el odio racial, los campos de exterminio y la resolución atómica del conflicto.

Karl Kraus había sido una voz solitaria que, con coraje y dando cuenta de una profunda comprensión de los nuevos fenómenos de masas, dirigió su voz y su pluma críticas hacia las rotativas del amarillismo belicista y nacionalista que se dedicaba, y lo sigue haciendo, a movilizar los sentimientos más bajos y odiosos de los seres humanos. Estampó, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, con el sello de su escritura profética, una frase de una extraña intensidad moral: “Quien tenga algo que decir que dé un paso al frente y… ¡calle para siempre!”. La respuesta ya no fueron las palabras de los hombres sino el ruido atronador de las armas mientras que, como decía otro pensador de aquella época donde tantas cosas sucedieron, el frágil cuerpo humano regresaba, cuando lo lograba, mudo de aquellos campos de batalla en los que quedaron sepultados los ideales de una humanidad mejor. De la guerra, decía Walter Benjamin, los soldados volvían sin palabras para relatar sus experiencias. “Una generación –escribió el filósofo judeo-alemán– que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes había cambiado, y en cuyo centro, en un campo de fuerzas de explosiones y corrientes destructoras, estaba el mínimo, quebradizo cuerpo humano”. Kraus, desde su inquietante crítica anticipatoria de los grandes periódicos vieneses de la época, y Benjamin, señalando con crudeza poética la devastación que la guerra de trincheras había causado, fueron dos de las voces que supieron desarmar las argumentaciones del belicismo, el de aquellos días y el que vendría después. Pero, fundamentalmente, lograron mostrar de qué modo los lenguajes de la guerra suelen cebarse con los relatos de la memoria secándoles la verdad que guardan para transformar aquellas formas del horror y del crimen en mitos de un patrioterismo agusanado. Algo de todo eso hemos conocido los argentinos que, en días de oscuro recuerdo, escuchamos, y algunos muchos se sintieron convocados al fervor nacionalista, las vociferaciones de un general borracho y presidente dictatorial de un régimen homicida que reivindicaba el “derecho soberano sobre las Islas Malvinas” en el mismo momento en que se cercenaban todos los derechos del pueblo, se torturaba y se hacían desaparecer a miles y miles de compatriotas. Como decía con voz profética Karl Kraus, sin la complicidad de los grandes medios de comunicación es muy difícil movilizar las energías de una sociedad hacia una empresa bélica. En el tiempo dominado por la dictadura la estrategia del terrorismo de Estado y la aventura militarista de Malvinas encontraron en los principales diarios una perfecta caja de resonancia. Eso tampoco elude la necesidad de interrogar críticamente por lo que atraviesa y contamina a una parte importante de la sociedad en esos momentos en los que los sonidos furiosos de la guerra se convierten en traductores de una oscura conciencia social. Los argentinos nos debemos una revisión de esos días de 1982.

“En la guerra, la gran derrotada es la verdad”, pronunció con elocuencia Cristina en esa geografía del sur del mundo recuperando, con una leve modificación, aquella frase del viejo pacifista del siglo XIX Arthur Ponsonby que había dicho que “la primera víctima de la guerra es la verdad”. Víctima y derrotada, la verdad sigue, sin embargo, buscando con paciencia el camino hacia la conciencia de los contemporáneos. Insiste contra falsas apologías y contra el permanente esfuerzo del ocultamiento militar y de sus múltiples voces que siguen buscando borrar las tramas de la infamia, como esa que se expresó, el reciente 2 de abril en Ushuaia, a través del presidente de la asociación de ex combatientes de Tierra del Fuego o como, durante aquellos días de trágica memoria, lo hiciera la prensa hegemónica que celebró la aventura militarista como si estuviéramos gobernados por ilustres estadistas democráticos. Después de ese discurso hinchado de frases cuarteleras, extraído de una mitología del heroísmo y que pasó por alto la responsabilidad de los altos mandos y de muchos oficiales en los abusos, torturas y maltratos contra los soldados argentinos y que desconoció la profunda ilegalidad de la acción emprendida por la dictadura genocida que retrasó en décadas la resolución positiva para los intereses argentinos del conflicto con Gran Bretaña, la intervención de la Presidenta de la Nación constituyó no sólo una gran pieza oratoria sino una profunda y decisiva reivindicación de la memoria y la verdad históricas.

Como si fuera un espejo invertido, el discurso de Cristina recogió no sólo el derecho soberano argentino sobre las islas, sino que se detuvo en el sufrimiento infligido a los jóvenes soldados por sus propios oficiales (recordó, para que quedara clara su posición, el extraordinario reportaje al periodista y ex combatiente Edgardo Esteban, autor de esa novela testimonio que es Iluminados por el fuego, aparecido ese mismo día en Página 12 y en el que, con gran lucidez, se planteaba la necesidad de alcanzar con la política de derechos humanos a los responsables de infringirlos sistemáticamente en aquellos días de sangre y fuego). Pero también, y respondiéndoles a aquellos 17 intelectuales que plantearon en su momento durísimas críticas a la posición argentina haciendo hincapié, entre otras cosas, en ciertas simetrías canallas entre la dictadura que hizo del 2 de abril una fecha infausta y el actual gobierno democrático, como queriendo afirmar su convicción de que vivimos bajo un régimen autoritario que, de lograr su cometido, amenazaría la forma de vivir de los isleños, Cristina recordó la vigencia de la Constitución y la clara decisión de respetar y de ampliar, como se viene haciendo desde los días de la recuperación democrática pero con mayor intensidad desde la llegada de Néstor Kirchner, los derechos de todos los habitantes de nuestra geografía. Habría que leer esas palabras bajo la experiencia de estos últimos años en los que el país alcanzó un liderazgo internacionalmente reconocido en materia de derechos humanos y de juzgamiento a los responsables de crímenes contra la humanidad pero también, y no en menor medida, bajo la luz de acciones legislativas e iniciativas gubernamentales que se dirigen al corazón de las políticas de la diversidad cultural, idiomática, sexual y religiosa y que, bajo el extraordinario proyecto de reforma del Código Civil, se ocupa de mejorar la vida cotidiana de los habitantes del suelo argentino con un nivel de audacia y progresismo (en el mejor de los sentidos del término) del que nos deberíamos sentir orgullosos.

Cristina también recordó que, mientras en Europa se restringe el derecho de los migrantes (en verdad se despliegan políticas de creciente criminalización), en la Argentina se implementó un programa de hospitalidad con los hermanos de la región que constituye una avanzada a nivel mundial y que contrasta absolutamente con las diversas formas de racismo y xenofobia que persisten en el Viejo Continente. Pero también destacó la vocación pacifista de nuestro país contrastándola con la continuidad del militarismo de las grandes potencias (Inglaterra entre ellas que siguen esparciendo sobre gran parte del mundo sus sofisticadas violencias en nombre, eso sí, de “la democracia y la libertad”). Un no rotundo a la guerra dicho en un día muy especial en el que también remarcó que no era una fecha para enorgullecerse ni para festejar sino que debería servir para conmemorar el sacrificio de cientos de jóvenes que fueron conducidos por manos manchadas de sangre –de otros compatriotas que pagaron con sus vidas el derecho a ser portadores de ideales igualitaristas y emancipatorios– a una guerra infausta. Cristina dejó bien en claro las diferencias abismales que existen entre una dictadura, donde todo está envilecido por la ilegalidad de base, en la que los valores constitucionales han sido eliminados y en la que el territorio nacional se convierte, como efectivamente sucedió entre 1976 y 1983, en una geografía de la impunidad, la discrecionalidad del poder, el terrorismo de Estado que se erige en árbitro de vida y muerte, y una democracia en la que la ley vuelve a sustentar la convivencialidad, el respeto a una vida digna y el reconocimiento de la diversidad de todos aquellos que habiten el territorio nacional. La Argentina de la noche dictatorial no podía sino envenenar una causa justa. Es tarea de una democracia sustentada en esas otras tres palabras fundamentales y fundacionales –memoria, verdad y justicia– avanzar, bajo el lenguaje de la paz, por el camino que finalmente conduzca a la recuperación de los derechos soberanos que, como hemos aprendido a reconocer, nunca son exclusivamente territoriales sino que deben sustentarse en los inalienables derechos humanos, sociales y culturales.

Por eso el 2 de abril no es cualquier fecha ni su recuerdo debe convertirse en una mera reivindicación de soberanía territorial. Es una metáfora dolorosa de un tiempo argentino dominado por los perros de la noche, por su brutal impunidad y por las diversas formas de complicidad que llevaron a que muchos se sintieran identificados con la “gesta” envenenada de quienes siguieron expandiendo su lógica homicida y antidemocrática. Pero es también una fecha para exigir justicia para todos los jóvenes soldados que padecieron lo indecible en las manos de muchos de sus oficiales (allí queda como marca del espanto el brutal antisemitismo que buscaba descargar su odio con los soldados de origen judío). Una fecha en la que el trabajo de la memoria no puede ni debe ser complaciente ni dejarse embaucar por los retóricos de un nacionalismo ramplón, facilista y mitologizante. Una fecha en la que se entremezclan derechos soberanos irrenunciables y mundialmente reconocidos con la convicción, expresada por Cristina en Ushuaia, de que sólo una sociedad cada vez más democrática, cada vez más inclusiva y cada vez más justa podrá reparar lo que fue brutalmente dañado, primero por la usurpación colonialista en 1833, y después por el aventurerismo de la dictadura.