Los kirchneristas nos reímos. Nos gusta reírnos. Nos gusta encontrarnos, reconocernos, celebrar. Y también reírnos.

No va en desmedro de ninguna preocupación. No hay, detrás de la risa, negación de ningún conflicto ni dificultad. No hay sorna, ni soberbia, ni cinismo, ni frivolidad, ni soslayo. En el gesto feliz de la sonrisa abierta hay alegría y compromiso, hay entusiasmo y desafío, hay convicción y utopía.

Este fin de semana, mirando las fotos de Néstor Kirchner que se publican en periódicos y redes sociales, me impresionó la cantidad de retratos que existen en los que el compañero se ríe, festeja, se desarma en una carcajada. La fecha pesa, el dolor por su ausencia está presente; su alegría vital contagia y alivia. Es imposible no disfrutar verlo abrazado a compañeros, riendo con Cristina, llenando de alegría los ojos de un abuelo, de una piba, de un obrero.

"Aunque los apocalípticos vengan montados en su soberbia y su odio, agitando mentiras y violencia, no podrán con nosotros. No podrán con Cristina ni con este presente transformador".

Néstor resignificó la risa. Se hizo cargo de un país destrozado, desintegrado, con millones sumergidos y angustiados. Se puso al hombro una mochila gigantesca y se subió a su Rocinante dispuesto a recorrer y a dar pelea sin descanso. Fue consciente de que él no era El Quijote sino el representante de una inmensa mayoría que aún no lo reconocía como tal, y que los gigantes de adelante no eran molinos de viento sino corporaciones poderosas que habían logrado ganar demasiado, demasiadas veces. Sus sueños no lo alucinaron; lo encendieron y guiaron, con una lucidez y una coherencia que fueron los pilares de su acción transformadora.

Desde aquel primer día como presidente, con el bastón en sus manos, Néstor hizo de la alegría un arma insoportable frente a sus adversarios y también una herramienta de enamoramiento para miles y miles de militantes. Su risa descontracturada sorprendió a todos y todas, irritó a las minorías y entusiasmó al Pueblo. Pero no fueron esas las morisquetas de un distraído, y tampoco el cinismo propio de aquel otro que derramó champán para que brindaran los poderosos que acumulaban privilegios. 

La risa de Néstor, la que nos contagió, es la que nace en la alegría del Pueblo, en la consagración de derechos, en el reencuentro de la abuela con su nieto, en la pareja que logra casarse, en el científico que volvió al país, en el laburante que llega a fin de mes y se pudo construir una vivienda digna, en el que ve a su vieja disfrutar del descanso con una jubilación que no pensaba tener. Pero no sólo es la alegría por lo conseguido; son el entusiasmo y la energía imprescindibles para ir por más, para ir por lo que falta, como lo hizo Néstor el 25 de mayo de 2003.

¿Cómo no nos vamos a reír si ese compañero, ante los escenarios más difíciles, con las corporaciones dispuestas a conservar todo lo indebido y más, estiraba los brazos y la mueca y nos convocaba a seguir adelante? ¿Cómo no se nos va a llenar todo el cuerpo de alegría si vivimos un presente maravilloso, que sería imposible sin la voluntad transformadora de aquel militante irreverente y rupturista y la de su esposa, nuestra compañera presidenta Cristina? ¿Cómo no celebrar, abrazarnos y llenarnos de entusiasmo si tenemos a la mejor dirigente guiando nuestros pasos, sorprendiéndonos con su entereza, animada a continuar y profundizar esta Argentina de derechos?

Aunque los apocalípticos vengan montados en su soberbia y su odio, agitando mentiras y violencia, no podrán con nosotros. No podrán con Cristina ni con este presente transformador, como no pudieron con Néstor y con una militancia que creció y creció sin parar día tras día.

Porque no se puede con la alegría. No se puede con la esperanza de miles, de millones, dispuestos y dispuestas a no volver a ver al Pueblo triste nunca más.