Cuando llegué a la consulta con mi actual obstetra, el doctor Gustavo Rodríguez Albanese, ya había pasado por otros. Tenía cuatro meses de embarazo, un cólico renal y había perdido las esperanzas de encontrar a alguien que no mostrara fastidio por mis dudas.

Por ejemplo, necesitaba saber que el dolor que estaba sintiendo en los riñones no lo sintiera también mi bebé. El parto fue otro de los temas. Y en ese caso también, sus respuestas marcaron la diferencia. Mencionó que sólo hacía cesáreas en casos puntuales, pero que todo hacía prever un parto natural; eso, y una charla humana, amistosa, me hicieron sentir que me iba de la consulta más liviana, con menos miedo. Y de a poco, descomprimió algo: que salvo que haya alguna complicación y no de manera caprichosa, la primera imagen que mi bebé tendría del mundo no sería la de un bisturí. Los otros obstetras me habían hablado de programar una fecha para ir a cesárea y evitarme el dolor de un parto, en un horario que le quedara cómodo (y, por favor, que no sea un fin de semana). Uno de ellos, cuando le planteé mis ganas de saber el sexo del bebé, dijo: "Cuando nazca lo vas a saber, ¿para qué queres saberlo antes?" Y se rió.