Las aguas que inundaron una porción de la provincia de Buenos Aires terminaron tapando también el resultado electoral de las PASO. La crítica situación se transformó en una oportunidad nada desdeñable para que los perdedores del domingo pasado dejaran rápidamente atrás el mal trago. 

El poco oportuno viaje post electoral a Italia dejó mal parado a Daniel Scioli que, ya consagrado candidato del oficialismo, se transformó en blanco móvil de las críticas de sectores que hasta ahora lo trataban con gentileza. Fue un paso en falso del gobernador bonaerense y el tiempo electoral hizo el resto. 

El vacacionante compulsivo Mauricio Macri –que justificó su ausencia en alguna inundación porteña porque "tenía derecho a tener vacaciones"– la emprendió contra Scioli y anunció ayuda para los afectados en territorio bonaerense. El alcalde llegó al punto de prometer la creación de subsidios si es elegido presidente cuando todavía no pagó los beneficios que les corresponde a los inundados en territorio porteño. 

La crisis es multicausal, pero en ningún caso exculpa la falta de controles en el desarrollo de barrios cerrados en humedales, la construcción de canales clandestinos y la demora en la realización de obras hídricas.

Macri prometió liberar sin más el mercado cambiario, decisión que en las actuales circunstancias implica una devaluación salvaje.

Es a esta altura difícil prever el impacto que pueden tener las aguas sobre las elecciones de octubre. Falta mucho para volver a las urnas y en buena medida va a depender de la presencia del Estado en el apoyo del regreso a casa de los inundados, cuando las aguas bajen y las cámaras de televisión vuelvan a la rutina.

Mientras tanto, los candidatos abandonaron la campaña pero no las reuniones para ajustar las estrategias de cara a la primera vuelta. Todos tienen una ardua tarea por delante. Mauricio Macri y Sergio Massa resistieron las presiones de la primera semana para cerrar un acuerdo opositor. 

Fueron varias las voces que perfilaron el reclamo, que podría resumirse en la renuncia de la candidatura a presidente de Massa y la claudicación de la postulación de María Eugenia Vidal para la gobernación bonaerense para despejar el camino a la candidatura de Felipe Solá. 

El asunto no sólo es de difícil implementación, sino también de resultado incierto porque obligaría a un corte de boleta que requiere una concientización puntillosa entre los votantes.

El de Vidal es uno de los casos más rutilantes de las PASO. Su figura fue elevada a la de una especie de "superstar" política con el argumento de que hizo una excelente elección que la transformó en la más votada entre los candidatos a gobernador. 

El asunto merece algunos comentarios. Según el conteo definitivo, la vicejefa de Gobierno porteño sacó más votos que Mauricio Macri, pero no consiguió fidelizar a todos los votantes de la Alianza Cambiemos. Vidal cosechó 2.263.430 votos, son muchos, muchísimos, pero aun así representan unos 112 mil sufragios menos que la suma de lo que obtuvieron Macri, Elisa Carrió y Ernesto Sanz que llegaron en la provincia a 2.375.617 voluntades y llevaban a la funcionaria porteña como su candidata.

En suma, Vidal no le aportó votos propios a Cambiemos, sino que ni siquiera pudo retener los que derramaban sus fórmulas presidenciales y registró un corte de boleta inverso equivalente al cinco por ciento de los sufragios que consiguió.

La insistencia para la unidad opositora, que se repite hasta el cansancio después de cada triunfo del oficialismo, es la más clara muestra de la lectura que hizo el establishment del resultado electoral. El lunes pasado, con los datos preliminares en las portadas de los diarios de mayor tirada fogoneando un triunfo acotado de Daniel Scioli, los mercados reaccionaron con un alza que mostraba la expectativa de un triunfo macrista. 

El empujón duró lo mismo que tardaron en contarse los votos de la provincia de Buenos Aires que le dieron al candidato del Frente para la Victoria una distancia más significativa. Después los mercados se enredaron en la devaluación china y le perdieron el rastro a las elecciones nacionales.

En cualquier caso, la cantilena de la alianza opositora parece no tener destino. Massa celebró su 14% como si fuera un triunfo. Si declinase su candidatura presidencial antes de la primera vuelta se pondría en una situación de prácticamente no retorno en su carrera política. 

Pero además varios de los aliados que financiaron su campaña tienen intereses personales en las boletas que acompañan a Massa. Muchos se juegan allí su futuro para los próximos cuatro años.

El de Mauricio Macri es todo un caso. No deja de sorprender que un dirigente con un discurso tan errático y contradictorio que pasma, haya cosechado el 24% de los votos. 

Después de la segunda vuelta porteña –con el resultado ajustado– cambió su discurso, defendió la presencia del Estado, la continuidad de YPF y hasta elogió a Aerolíneas Argentinas. 

En su discurso triunfal del domingo pasado recogió un poco el piolín y elogió al peronismo pero también al neoliberalismo. Dijo que aprendió un poco de cada uno. 

Y el jueves cerró el círculo en una reunión de empresarios organizada por Eduardo Eurnekian en la que prometió liberar el tipo de cambio para que sea el mercado el que fije el valor de la moneda.

En ese mismo encuentro, abandonó sus habituales reclamos por el cumplimiento de las normas y anunció que presionará al presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, para que renuncie a su cargo, igual que a la procuradora general, Alejandra Gils Carbó. 

El titular del Central fue propuesto por el Ejecutivo y ratificado por el Senado en su cargo por un mandato de seis años. Macri se cansa de postular la necesidad de que la entidad rectora de la política monetaria sea independiente del poder político pero está claro que, en el caso de llegar él a la Presidencia, esa independencia ya no sería tan necesaria. 

Esa versión marxista de Macri (no por Karl sino por Groucho, que ofrecía unos principios pero si esos no gustaban podía trocarlos por otros) tiene el objetivo de generar confusión en el electorado. 

¿Es el doctor Jekyll que promete mantener YPF, la Asignación Universal y el impulso al empleo; o mister Hyde que anuncia la licuación de los salarios como ofrenda en el altar del dios mercado? Será difícil equivocarse después de las definiciones del jueves.

Si en la campaña para las PASO intentó morigerar un poco su imagen opositora, de aquí a octubre buscará mostrarse como un opositor refractario, convencido del argumento falaz que repite a cada instante, según el cual el 60% de los votantes se expresó en contra de la gestión de Cristina Fernández. El mensaje de las urnas del domingo pasado parece ser un poco más complejo. 

Macri prometió liberar sin más el mercado cambiario, decisión que en las actuales circunstancias implica una devaluación salvaje. Un golpe directo al salario de los trabajadores pero también a las pretensiones de la clase media que dice representar, acostumbrada a llenar los aviones como turistas y al fuerte incentivo al consumo que les ofrece el kirchnerismo.

Macri sostiene que con sólo poner un pie en la Casa Rosada, los inversores harán llover dólares sobre la Argentina. O la descripción apocalíptica que hace del país no es cierta, o estuvo mucho tiempo junto a Elisa Carrió.

En cualquier caso, el hombre avisó y ya nadie podrá hacerse el distraído a la hora de votar, que al final de cuentas de eso se trata la democracia, de elegir los destinos de los pueblos. 

Por eso hay que tener en claro que, al que le guste el durazno, se va a tener que bancar la pelusa.