Roberto Echarry apuntó contra su cuñado Faustino González y con dos aciertos de plomo dejó quieto para siempre al pendenciero. Sucedió en 2014 pero el caso recién tuvo repercusión cuando se confirmó que sería el primer juicio por jurados de Mar del Plata. Esta semana, Echarry, de 63 años, lloró al escuchar el veredicto que lo declaró no culpable: 11 de 12  votaron que no hubo un exceso de la legítima defensa.

Según consignó Tiempo Argentino, no se escuchó una sola queja en la sala; ni siquiera de los hijos de la víctima, quienes a su turno confesaron que no sentían rencor hacía el acusado y que incluso, agregaron, no merecía estar sentando en el banquillo. El tribunal convalidó así el argumento que asomó desde el inicio del proceso y que puede acercarse al sentido –último– de justicia que tienen muchos. Si el bueno mata al malo no merece castigo.

Hubo alboroto ese mediodía del 12 de agosto en el fondo de Rauch 850, en el obrero barrio de Florencio Ameghino. Echarry dejó de ser sumiso y pidió que se fuera. González se confió en sus antecedentes de matón y contestó que se quedaba. Después atacó con un fierro al que le había permitido vivir en su casa y no llegó a blandir el cuchillo porque dos balazos lo tumbaron. Echarry también se había animado a empuñar el calibre 38 que escondía detrás de un árbol para cuando el desastre fuese inevitable.

A Echarry la muerte del padre le apuró la vida: a los 14 años salió a la calle a trabajar y asumió la manutención de sus tres hermanas. Vio casarse e irse lejos de la casa de Rauch a dos. Se quedó con Norma hasta que ella conoció a un tal González con quien tuvo tres hijos y la llevó a vivir a Sierra de los Padres. Pero González era un hombre malo: mató a un hombre y empezó a dormir en el penal de Sierra Chica. Norma volvió con su hermano porque sola se le hacía muy difícil. González también se instaló en lo de su cuñado después de purgar la condena.

Se demostró que el muerto era un hombre pendenciero que iba armado con un cuchillo. Los dos hijos de la víctima defendieron al imputado.

Echarry imaginó que la convivencia con González podía ser violenta. Pero no tanto. Varias veces evitó que su hermana fuera una víctima más del machismo descontrolado. Por eso la dejó que se fuera, aún cuando la mujer tuviera que dormir en hospitales o plazas, aún cuando él tuviera que lidiar solo con su cuñado.

Atípico 

El segundo estruendo ya había sido. Caminó hasta el taller de su sobrino y le pidió que llamara a una ambulancia. Sólo después se presentó en la Comisaría Sexta, contó que le había disparado a un pariente y entregó su arma. Pasó un mes en la cárcel de Batán y luego fue beneficiado con el arresto domiciliario y salidas laborales.

Echarry llegó a juicio acusado del delito de homicidio agravado por el uso de arma de fuego que prevé una pena de ocho a 25 años de prisión. El abogado César Sivo sostuvo que estaba amparado bajo la figura de la legítima defensa porque estaba en un entorno peligroso y debía ser absuelto.

El primer testimonio fue el del subcomisario Cristian Daniel, quien recordó la sorpresa de que no hubiera incidentes con la familia de la víctima. “Hasta el hijo del fallecido estaba preocupado por su tío, lo abrazó y rompieron juntos en llanto”, detalló.

Luego fue el turno de un vecino de Echarry, de apellido Rocha, quien aseguró que “González era mal vecino, alcohólico, pendenciero, insultaba al que pasaba y se excedía con las mujeres. Iba armado con un cuchillo desde toda la vida.”

En cambio, cuando se le preguntó por el acusado, el hombre no dudó en afirmar que era “un excelente compañero y persona, muy atento en todo momento”, y hasta se permitió un pronóstico antes de retirarse: “Si Echarry no mataba a González lo hubiese matado otro porque era violento y se peleaba con todo el mundo.”

“Todos los testimonios –dice Sivo a Tiempo– eran en el mismo sentido. Por eso decidimos una estrategia inusual. Después de escuchar a Echarry, hicimos declarar al hijo de la víctima y para el último testimonio elegimos a la hija. Los dos hablaron a favor de su tío y no lamentaron la muerte del padre”.

Frente a la parcialidad evidente de los testigos, el fiscal Marcos Pagella debió retractar lo solicitado y aconsejó que Echarry sea castigado por el delito de exceso en la legítima defensa, que prevé una pena de seis meses a cinco años de cárcel.

En su alegato final explicó: “Acá se vivieron situaciones atípicas. No hay familiares de la víctima pidiendo justicia. Echarry admitió que mató a González y el fiscal no es un inquisidor que apura al testigo, que busca generar errores.”

El miércoles, el tribunal popular falló a favor del acusado. Lloró Echarry y también su mujer Elsa, los demás parientes, el jurado y la defensa. Fue la emoción de que al fin se había hecho justicia.

La anterior declaración de inocencia

En marzo, el jurado popular del primer juicio que se realizó con esa modalidad en la provincia de Buenos Aires también declaró inocente al imputado y le otorgó la libertad. El beneficiado fue Guillermo Barros, acusado de haber matado a su ex cuñado Gabriel Armella en 2014 en un barrio de San Martín.

"El hecho de ser jurado no sólo es una carga pública, es también uno de sus privilegios y probablemente el aporte más trascendental que pueden hacer como ciudadanos a la cosa pública", dijo tras el fallo el juez Francisco Pont Vergés, que coordinó el debate. En el jurado había jubilados, comerciantes y docentes.