La primera vuelta fue una sorpresa para todos. El exiguo triunfo de Daniel Scioli y la gran elección de Cambiemos, que se quedó con la provincia de Buenos Aires y ubicó a su candidato presidencial Mauricio Macri a pocos puntos del postulante del oficialismo, obligan a barajar y dar de nuevo.

Habrá seguramente miradas discordantes sobre los motivos del resultado electoral. Para algunos el propio Scioli es el responsable del mensaje de las urnas, otros ubican en ese plano a la presidenta Cristina Fernández, los más le caen con todo al ex candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires Aníbal Fernández. Sin embargo, a este cronista le gusta pensar más en un fenómeno multicausal al que todos hicieron su aporte y que tuvo como dato más relevante un voto que se expresó en contra de las formas, sin importar las cuestiones de fondo que tenían para ofrecer los candidatos.

Para decirlo de otro modo, hubo un inmenso caudal de votos que usaron el cuarto oscuro para expresar "cansancio" a un estilo de gobierno tras doce años de gestión. Y priorizaron ese sentimiento de rechazo por sobre la discusión del modelo de país. No es que no haya ciudadanos que tienen una mirada absolutamente contraria sobre el rol del Estado, la intervención en la economía o las políticas sociales que impulsó el kirchnerismo. Sin embargo, no son la mayoría entre los que no votaron a Scioli.

Las tres semanas que nos separan de la elección serán cruciales entonces para que el oficialismo pueda poner el debate en el fondo y no en las formas.

En la vereda de enfrente, Mauricio Macri consiguió convencer a la sociedad de que no es lo que realmente es. Centró su campaña en un mensaje vacuo, de tono evangelista, en el que se presentó como la contracara del estilo confrontativo del kirchnerismo. Estuvo cerca de la gente. Evito los actos multitudinarios –no está en condiciones de realizarlos– y buscó el cara a cara para la foto junto con la presencia televisiva.

Las imágenes contrapuestas del domingo ayudaron a instalar climas. Por un lado, en el centro de campaña de Cambiemos, cuyo candidato había quedado en segundo lugar, era todo baile y globos de colores. A unas cuadras, en el Luna Park, el Frente para la Victoria mostraba silencio y desconcierto. Scioli salió primero en la nacional pero el oficialismo perdió la provincia de Buenos Aires.

Ese clima instalado en la noche del domingo perduró los primeros días de la semana post electoral. Hubo pases de facturas, amenazas de ruptura y desconcierto en las huestes del oficialismo. Eso duró hasta la noche del miércoles cuando se selló el acuerdo puertas adentro de oficialismo. El jefe de Gabinete bonaerense, Alberto Pérez, se reunió con su par nacional, Aníbal Fernández, hubo cruces duros pero se llegó a un acuerdo.

Esa misma noche, Scioli habló por teléfono con la presidenta Cristina Fernández, quien al otro día, en la Casa Rosada, dejó dos claros mensajes, uno hacia adentro y el otro hacia afuera. A la militancia le dijo que había que dejar de mirarse el ombligo, pidió romper con el discurso endogámico y salir a convencer casa por casa. Esa señal fue significativa para los convencidos, que en medio de los rumores (se llegó a especular en los mentideros con la renuncia del propio Scioli o la de Carlos Zannini) no sabían si el gobernador de la provincia de Buenos Aires seguía siendo el candidato del kirchnerismo.

El otro mensaje, hacia afuera, fue una advertencia sobre las verdaderas intenciones del macrismo. "Que nadie se disfrace de lo que no es", reclamó la mandataria, que identificó así el éxito del travestismo del alcalde porteño que respaldó durante la campaña las mismas políticas a las que se opuso durante los últimos años. Así, su candidata a vicepresidenta, Gabriela Michetti expresó su arrepentimiento por haber votado en contra del Matrimonio Igualitario. Lo mismo con Aerolíneas Argentinas, YPF, las AFJP y otros tantos emblemas de estos años a los que el macrismo se opuso en el Congreso Nacional. Ayer, el diputado Héctor Recalde le puso algunos números a los requisitos de arrepentimiento del macrismo. El abogado laboralista reveló que el PRO votó en contra o se abstuvo en el 95 por ciento de las leyes laborales aprobadas por el oficialismo en la última década.

Está claro que con eso no alcanza. La campaña del oficialismo previa a la primera vuelta no fue buena. Le faltó una dirección clara y coordinación. Eso le permitió a Macri convencer al electorado que es una alternativa a las formas del kirchnerismo que no cambiará lo más importante de fondo. El mismo día en el que Scioli se comprometió a hacer realidad el pago del 82% móvil a los jubilados que perciben la mínima, la presidenta justificó el veto a esa iniciativa impulsada en el Parlamento por la oposición. Eso no ayuda.

En cualquier caso, hay que volver a la frase de la presidenta que propone dejar de mirarse el ombligo. Scioli tiene que salir a convencer a los votantes peronistas que le dieron la espalda el domingo pasado. Esa cosecha está centralmente entre los votantes de Sergio Massa, que no ocultó sus preferencias por Macri pero no puede ordenarle a sus electores seguirlo sin más. El acuerdo puertas adentro del oficialismo se podría resumir en algo así como que Cristina Fernández buscará garantizar el voto de los propios, mientras que Scioli intentará captar el respaldo de los sectores que rechazan las formas pero están de acuerdo con el fondo.

En ese esquema, ambos identificaron a Macri con las políticas neoliberales, el endeudamiento, la destrucción del mercado interno y del empleo. Pero el bonaerense dio un paso más y equiparó al frente Cambiemos con la Alianza entre radicales y peronistas que gobernó el país hasta el mayor estallido político, económico y social de su historia moderna.

Este cronista se permite sostener que pensar que Mauricio Macri es Fernando de la Rúa sería un grave error. Por el contrario, el alcalde porteño parece haber reeditado con éxito –a juzgar por el recuento de los votos del domingo– esa alianza policlasista que sostuvo al menemismo en el poder durante una década.

Tal vez esa sea una pista para entender el desastre metodológico de todas las encuestas que analizaron la última elección. Incluso los boca de urna de todas las fuerzas políticas allá por las cuatro de la tarde del domingo coincidían en que habría segunda vuelta pero nunca en una diferencia de dos puntos y medio entre el primero y el segundo. Hubo entonces voto vergonzante, pero no fue para Scioli, como muchos especulaban, sino para Macri.

Es de esperar que Macri insista durante las próximas tres semanas en exaltar su diferenciación en las formas antes que dar a conocer pistas respecto de una eventual gestión. Ayer, el alcalde porteño electo, Horacio Rodríguez Larreta, dio una pista de ello y acusó a Scioli de "haber tomado las formas de la presidenta" y ser muy "agresivo". 

Pero en la medida en que se acerque la segunda vuelta, se verá obligado a dar algunas definiciones. Por ejemplo, en la provincia de Buenos Aires, suena como candidato a ministro de Asuntos Agrarios el ex gerente de Monsanto Leonardo Sarquís. Macri ya confirmó que designará en el área de Energía al ex CEO de Shell Juan José Aranguren. Son señales.

La primera vuelta se definió por las formas y el resultado no fue el que esperaba el oficialismo. Desde entonces, una corriente de militancia antimacrista empezó a surgir desde las bases pero es difícil por estas horas medir la capacidad de impacto que pueden tener esas acciones entre aquellos que decidieron sus votos porque están cansados de la publicidad en el Fútbol para Todos, pero disfrutan cada fin de semana de ver los partidos gratis en el sillón de sus casas.

Es apenas un ejemplo menor, que se replica en jubilados sin aportes que votaron al candidato que siempre consideró ese beneficio como un desplifarro. O comerciantes que venden sus productos porque se sostiene el mercado interno a fuerza de políticas estatales que optaron por un postulante que eliminará el Programa Ahora 12. Y hasta trabajadores que tienen empleo a partir de una decisión de impulsar la industria nacional que se inclinaron por una fuerza política que propone la apertura indiscriminada de la economía con las consecuencias que ello tiene sobre la fuerza laboral. A ellos se suman ciudadanos que se asumen progresistas pero votaron en la primera vuelta por una alianza que se opuso al matrimonio igualitario, la fertilización asistida, la estatización de las AFJP, la caducidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final y otra larga lista de cuestiones.

Antes que enojarse con los votantes, las tres semanas que nos separan de la elección serán cruciales entonces para que el oficialismo pueda poner el debate en el fondo y no en las formas.