Para poder reflexionar sobre las elecciones generales de ayer , tratando de entender la naturaleza de la mismas, y el contexto de época en que se desarrollaron, sin quedar preso tan solo de los resultados que hoy se expresan los titulares de los periódicos, me permito escribir esta nota antes del escrutinio y más allá de un análisis posterior al recuento de votos de una y otra opción.

En principio habría que destacar, que los procesos electorales en el siglo XXI,  están atravesados por factores que en décadas pasadas existían pero de manera tan solo embrionaria. El que hacer de los asesores de imagen o los publicistas expertos en marketing, van convirtiéndose en protagonistas de primer orden en la construcción de los mensajes que sirven de puentes entre el electorado y los candidatos a ocupar un rol determinante en el futuro de nuestras sociedades. La segunda vuelta electoral en la Argentina no ha sido la excepción a este fenómeno.

En particular en las elecciones presidenciales la utilización del concepto “cambio”, que de ahora en más llamaremos significante vacío se fue articulando un abanico de derivas discursivas que marcaron de alguna modo el posicionamiento de cada candidato ante el escenario resultante de doce años de gobiernos del FPV.

Las viejas categorías del voto obrero se disipan en esta suerte de modernidad liquida como definiría el destacado sociólogo Zigmunt Bauman.

La Alianza Cambiemos supo apropiarse desde su denominación con una idea fuerza que aprovecho  el desgaste propio de 12 años de gobernanza kirchnerista.  La idea de ser los garantes del Cambio, llenó de contenido "el significante vacío",  que potenció su acumulación electoral imprevista ante las demás opciones en la primera vuelta. El caso del triunfo de Vidal en Buenos Aires fue el mas significativo. Por su parte el peronismo disidente a través de su líder Sergio Massa utilizó el significante “cambio”, adjetivándolo con la denominación el “cambio justo”. Por su parte el candidato del oficialísmo  Daniel Scioli, destacó en la campaña para la primera vuelta  los logros de los 12 años, haciendo énfasis más en la continuidad, o a lo sumo llamó al electorado a redoblar los esfuerzos  para consolidar los logros. La estrategia para el balotaje de Cambiemos fue exacerbar la confrontación del significante” cambio” con  la asociación del término “continuismo” a la actitud de resignarse a a los límites propios de lo alcanzado. La idea que “se puede vivir mejor” trató de colocarla como consecuencia lógica del “Cambio” y no como una prosecución de lo ya hecho. 

Un símbolo de los tiempos que vivimos fue la estructura del llamado “Histórico debate Presidencial" , organizado por la novedosa ONG “Argentina  Debate”, aceptada  por ambos candidatos y naturalizada por los medios. Dicho evento supuestamente esclarecedor de las propuestas en pugna, estuvo viciado de  la lógica publicitaria desde su origen, al pretender que en dos minutos de exposición cada candidato desarrollara sus propuestas sobre temáticas determinantes para el futuro de la ciudadanía en los próximos cuatro años. El resultado, que seguramente no movió el amperímetro del amplio porcentaje de indecisos, de alguna manera estuvo definido desde su propia metodología. Lo que brindó fue una sucesión de promesas que denominaremos "QUES",  condimentados con chicanas varias, todo preñado por una ceñida estructura que administró el escaso tiempo de alocuciones, que hacía imposible el desarrollo de los "COMOS", esenciales para  advertir por parte de la audiencia  el grado de coherencia y  factibilidad de cada propuesta  programática.A modo de ejemplo, afirmar como slogan de campaña la propuesta "Pobreza Cero", sin desarrollar los indicadores que la definen y sin explicitar de donde van a salir los recursos  económicos ni quiénes son los sectores sociales de la pirámide social, que deberán de resignar ganancias para poder  encarar una distribución distinta a la actual, hace que dicha propuesta se torna tan solo en una expresión de deseos  que puede seducir votantes inadvertidos.

Pero más allá del particular debate realizado hace más de una semana, la lógica que va imponiéndose en el escenario global , tanto en los países centrales como los periféricos, en los diversos procesos electorales. Es la ponderación de los slogans publicitarios de campaña sobre el desarrollo de los  puntos programáticos que tradicionalmente sirvieron para definir las predilecciones de los votantes. Esta marcada diferencia de las estrategias de campaña electorales, por parte de los asesores y en última instancia por los partidos políticos o frentes electorales, se debe principalmente  a un profundo cambio de escenario  que ha devenido del otrora capitalismo de producción en el actual capitalismo de consumo. Pero dicha metamorfosis no es tan sólo una mera definición académica, la misma tiene sus efectos en el campo de lo económico, lo político y lo social. Que producen la generalización de un conjunto de prácticas que formatean la subjetividad contemporánea. Son diversos los autores que definen con distintas fundamentos los cambios operados, pero el común denominador  expresan que el nuevo escenario transforma las viejas identidades y genera identificaciones ligadas más a los productos que se  consumen que al lugar de producción que se  ocupa. Las viejas categorías del voto obrero se disipan en esta suerte de modernidad liquida como definiría el destacado sociólogo Zigmunt Bauman. “En este momento  de la modernidad líquida son los vínculos entre las elecciones individuales y las acciones colectivas las que se modifican.” 

A su vez los medios de comunicación y su impacto a través de las múltiples formas  expresadas en las redes sociales, refuerzan esta tendencia. Alteran los tiempos y las cosmovisiones de los antiguos sujetos insertos en la aún hoy  desigual estructura de clase, pero morigeran sus diferencias reales a través del consumo de servicios que  de alguna manera los “iguala”. Las sensaciones, los sentimientos  y sus preferencias trascienden el estricto encuadre de clase. En ese sentido la naturalización del bombardeo publicitario que invade nuestras vidas desde el living de nuestras casas a través de las múltiples pantallas, hasta por medio de la contaminación publicitaria en nuestras ciudades son vistas por el común como la naturaleza de las cosas. No como una imposición de los negocios privados en las pautas de consumo de los individuos o más aún en sus decisiones. Paradójicamente a pesar de su singularidad cautiva, influenciada por  diversidad de dispositivos que influyen en sus decisiones cotidianas, hasta en la singularísima decisión atravesada por” los odios o los miedos” construidos y  materializados en el voto ciudadano.