A más de quince años del inicio de la cadena de implosiones populares que abortaron los procesos neoliberales en el subcontinente, permitiendo la consolidación de  experiencias diversas de corte distribucionista, nuevos tiempos de restauración neoliberal recorren nuestra región. Por diversas razones, los gobiernos populares han perdido su potencia constituyente y en algunos casos, como el argentino, han permitido un hecho inédito en cien años de historia, "la llegada al gobierno por medio de elecciones  de una  heterogénea  coalición de derechas", a diferencia de  otras épocas, donde los  golpes militares -con mayor o menor connivencia civil -, imponían sus planes  económicos al servicio de las minorías adineradas

Pero cuáles fueron la múltiples causas que han permitido el profundo desgastes de gobiernos populares como el del Partido de los Trabajadores en Brasil, o el agudo retroceso electoral del Partido Socialista Unido de Venezuela del 6 de diciembre último, o la ajustada derrota electoral del kirchnerismo.  Luego de más de una década de gradualismo distribucionista en favor de los más postergados, para poder aventurar un análisis que visibilice la batería de variables que llevaron al actual escenario de restauración del sentido común conservador con incidencia en un significativo sector de la ciudadanía en la región, deberemos partir por analizar  la grave situación existente a fines de los años noventa en el subcontinente  sudamericano,  la región más desigual  del  planeta. Con una profunda asimetría entre la inmoral acumulación de riquezas de las elítes económicas financieras dominantes y un universo creciente de ciudadanos por debajo de la línea de subsistencia.

Haciendo hincapié en el significante vacío, "cambio", fue capaz de articular sectores de los mas diversos detrás de slogans de campaña y frases sencillas.

Ante esa dantesca situación, los diversos gobiernos surgidos como  emergentes de la ola de insubordinación popular, coincidieron en priorizar, como columna vertebral de sus planes de gobierno, la atención de las necesidades básicas insatisfechas de las poblaciones más vulnerables, enfrentando los mandatos de los organismos financieros internacionales  y desconociendo el decálogo que por más de una década fueron sometidos los gobiernos precedentes. 

Esa concepción heterodoxa sirvió en un contexto internacional favorable de ascenso sostenido de los precios de las materias primas, para generar políticas que permitieron la inclusión al mercado de trabajo de importantes sectores  excluidos en épocas de ortodoxia económica. Lo cierto que las políticas distributivas encaradas por las distintas experiencias latinoamericanas permitieron incorporar al mercado de consumo de bienes durables a significativos sectores  de las nuevas clases medias, que paradójicamente en el último período de amesetamiento  de los índices de crecimiento económico comenzaron a distanciarse del ideario distribucionista, virando a posiciones que de alguna manera fueron un claro síntoma del desgaste de dichos gobiernos populares. 

Pero cuáles fueron las causas que de alguna manera  han impedido avanzar en los objetivos de equidad social y cuáles fueron los principales obstáculos que han tenido dichas experiencias para poder darse continuidad en el tiempo. En primer lugar las elites hegemónicas en la región, que si bien recibieron un duro golpe en términos políticos ante  el Caracazo con la posterior instauración de la República Bolivariana de Venezuela, como así también la insubordinación de masas del 19/20 del 2001 en Argentina, que desplomó el experimento dela Convertibilidad y el triunfo electoral como consecuencia lógica de un largo proceso de legitimación social del Partido de los Trabajadores del Brasil, mantuvieron intacto el poderío  económico de los dueños del poder, y más allá de haber perdido circunstancialmente el control de los mecanismos propios del aparato del Estado, siguieron conservando el poder  de fuego en defensa de sus intereses corporativos. 

Como quedó evidenciado en la llamada "batalla por la 125" en el conflicto del otoño del 2008 en Argentina, donde mostraron su grado de articulación con la corporación mediática y su capacidad de incidencia en un significativo sector social urbano y rural, estas pulseadas, como el cruento intento de golpe y la detención ilegal del presidente Hugo Chaves  el 11 de abril del 2002, como la insurgencia callejera  desestabilizadora  encabezada por la oposición venezolana durante el año 2014, o el actual proceso de impeachment  al mandato constitucional de la presidenta Dilma Rousseff , como  colorario de una triple crisis económica, política y social en Brasil, son claros síntomas de los límites impuestos por las históricas elites a los gobiernos legítimamente constituidos.  Estos límites tienen que ver con la intocable hegemonía  de los monopolios mediáticos, tanto en Argentina como en Brasil, como la defensa irrestricta de la matriz productiva dependiente de los sectores primarios concentrados del agro y la garantía de una exacerbada tasa de rentabilidad tanto en el ámbito financiero-bancario como en las empresas multinacionales que operan en la región. Con la paciencia propia de los dueños del poder las elítes y sus corporaciones mediáticas, trabajaron durante años para esmerilar los gobiernos  populares y se aprovecharon de sus límites hasta ideológicos en algunos casos para revertir la correlación de fuerzas. Partiendo de un  escenario estructural  instalado desde hace tiempo, la actual etapa del capitalismo globalizado, a diferencia de décadas pasadas, es esencialmente un capitalismo de consumo, y esa particularidad trae aparejadas  prácticas sociales  que no solo impregnan el devenir de la vida cotidiana  de las clases privilegiadas, sino que se internalizan en el imaginario social de masas , más allá del lugar que se ocupan en la estructura de clases. 

Estas prácticas, fortalecidas por el aparato comunicacional de las grandes corporaciones a través de las invasivas redes del marketing publicitario, son un potente dispositivo generador de necesidades ficticias que paradójicamente no solo gobiernan los deseos de consumo sino que los naturalizan a tal punto que los mismos sectores que se indignan ante la sistemática propaganda política implementada por los gobiernos en cuestión a través de las diversos medios de comunicación destacando las obras y los logros gubernamentales, no toman como invasivas las mil y una forma de incidencia publicitaria en sus decisiones  cotidianas de consumo. El remanido discurso de la autonomía individual y la singular visión de la libertad de importantes sectores de las clases medias ascendentes naturaliza  la descomunal incidencia en sus pautas de conductas no sólo de consumo del dispositivo publicitario, uno de los más sutiles y  efectivos generados y perfeccionados en las últimas décadas por las grandes corporaciones.

En ese contexto, cualitativamente diferenciado del pretérito capitalismo de producción, donde las identidades ligadas a la pirámide social y a la estructura de clases tenían su correlato en el imaginario de cada sector social, hoy la identificaciones se dan no por el lugar que se ocupa en la producción sino por la coincidencia en el consumo de diversas marcas que cincelan el perfil subjetivo del ciudadano contemporáneo. Este nuevo escenario subjetivo  de significativos sectores de la población, hace necesario un replanteo de las históricas formas de abordaje por parte de las fuerzas cuyo norte es una sociedad más justa e igualitaria. La derecha continental ha construido un discurso creíble basada en el desgaste propio de más de una década de gobiernos populares.

Haciendo hincapié en el significante vacío, "cambio", fue capaz de articular sectores de los mas diversos detrás de slogans de campaña y frases sencillas, tratando de poner en el lugar de la resignación a aquellos que apuestan a la continuidad de los procesos iniciados con la crisis del experimento neoliberal.  

A mediano plazo se verá si el grado de consistencia de dicha construcción discursiva incidirá en una largo período en el común de la ciudadanía o si irá perdiendo efectividad, degradándose ante la imposibilidad de resolver los problemas concretos más allá de los slogans. 

Todo esto no dependerá tan sólo del devenir del factor tiempo, sino de otras cuestiones.