Pecamos por exceso de NETFLIX. Vemos un par de tipos de pelo cortito y fantaseamos que no están corriendo frente a una plancha donde se doran bondiolas y chorizos sino por las calles de Londres o Los Ángeles. Esperamos que el muchachito agarre a los malos y confiamos en que, de última, la división Asuntos Internos corregirá desvíos. Pero la vida no es una novela, aunque ciertas miserias se repitan en serie.

Foto Gustavo Pantano
Foto Gustavo Pantano

La cacería del viernes en Plaza de Mayo fue, ante todo, ilegal. La participación de personal de civil está expresamente prohibida por la Ley de Seguridad Integral, sancionada en noviembre de 2016, dictamina que "es obligatorio para todo el personal policial interviniente en manifestaciones públicas portar una identificación clara que pueda advertirse a simple vista en los uniformes correspondientes”. Ese día, como en otras marchas recientes, se pudo ver a jóvenes atléticos detrás de la línea de los uniformados, cargando una mochila. En esa mochila es donde llevan ese simil chaleco, sin inscripción alguna, del mismo color de la vestimenta oficial. Con eso creen que cumplen. Miran, toman detenidos al voleo y si les da el tiempo o la vergüenza se calzan el “uniforme”. (Quisiera preguntar qué otra cosa guardan en las mochilas, ¿acaso armas para usar o plantar según corresponda?)
Según la ley, "la intervención policial en concentraciones o manifestaciones públicas debe garantizar el respeto y la protección de los derechos de los participantes" (...) El personal policial debe otorgar preeminencia a la protección de la vida y la integridad física de todos los involucrados". No ocurrió eso. Tampoco había ocurrido en la marcha de #NiUnaMenos de marzo, cuando un grupo de mujeres fueron sacadas de los pelos de una pizzería cuando la manifestación había terminado.

Los desbordes policiales se suceden: filman y registran a manifestantes y trabajadores de prensa, hostigan a menores –sus preferidos, los de gorrita y tez oscura-, sueltan balas en supuestas persecuciones (La Boca) o robos (Barracas), persiguen a indigentes sin techo, apalean docentes de guardapolvo, ingresan sin permiso en escuelas y universidades, espían asambleas y reuniones políticas o sociales, se ensañan con aquél que quiera toman una imagen con su celular, sirven de custodia privada y fuerza de choque en empresas en conflicto con sus trabajadores.

¿Cuándo nos acostumbramos a que un policía le diga a un detenido “mirá que te podemos desaparecer”? El jueves pasado, antes de la marcha, pegamos unos carteles por el barrio. Fotocopia de fotocopias y calcomanías artesanales realizadas por el centro de estudiantes del colegio de mis hijas. Al otro día la mayoría de esos carteles habían sido arrancados. Mucha gente, mucha, cree en las mismas ficciones que los mismos actores periodísticos e ideológicos siembran hoy. No quieren que aparezca porque no lo creen desaparecido. Y si desapareció, por algo será. Hay que seguir queriendo saber #DondeEstaSantiagoMaldonado. Mientras, el hermético ámbito de la post verdad necesita que la mentira se imponga. Y si no es por la razón será por la fuerza, el derecho de las bestias.