Foto Infonews
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Yo digo que hay palabras que salvan, que hay batallas que enamoran, que saber al otro compañero es una doble ceremonia, un mutuo honor. Digo que hay oscuridades que iluminan, abismos como puentes, tristezas de esperanza. Digo, sin tantos formalismos ni pretensiones de estilo, que soy feliz de usar el “nosotros” para hablar de ustedes, hijos del mismo amor por lo que hacemos y por tanto, hermanos.

Digo que la alianza más trascendente, el pacto que sobrevive a la traición, el engaño y la deslealtad, el compromiso a prueba de balas y billetes, todo se construye en épocas de apremio y no de premios. Digo que cuando los ojos abandonan la periferia de la propia nariz y el panorama del propio ombligo, la mirada ya jamás es la misma: ver llorar es llorar también, aunque no se note, aunque se llore después, aunque no se llore nunca.

Digo que el coraje es una virtud esquiva, un privilegio acaso doloroso, un orgullo ingrato. Digo que el camino, cuando se recorre a paso íntegro, obliga a reforzar la paciencia, a controlar la rabia, a dominar la vanidad, a tolerar los tropiezos. Digo que llegar primero a veces puede significar no haber llegado jamás.

Digo que decimos que nos dicen que somos decidores de verdades. Digo que no siempre es cierto, que pocas veces es cierto, que nada es cierto. O casi nada, digo. Porque lo cierto, si está bien hecho, bien amado, bien soñado, se dice solo, sin decir. Digo que, de entre todas las verdades, una sola es más verdad que el resto: la verdad es la búsqueda de la verdad, no su encuentro.

Digo que esta quimera es cosa mayúscula. Por eso, digo que tenemos el poder de incomodar el Poder, que Ellos saben que nosotros sabemos, pero dicen que lo que decimos no dice gran cosa, y esa negación de tales dichos los afirma, los valora, los agiganta. Digo que decir lo que hay que decir no es algo de que jactarse, es una irremediable pirueta sobre un papel cornisa, es un riesgo que tienta, es el verbo que nos permitirá sentir, entre tanta ambición minúscula, que parimos Belleza.

Digo que los siento necesarios, prójimos y próximos. Digo que lo que hicieron y hacen tuvo la claridad del agua y la turbiedad de la tierra, pero digo que no hay otra cosa mejor que ese barro para levantar la casa de los justos, de los que no se acostumbran, de los que no se rinden.

Otros dirán sus decires y serán faustos, cosecharán el elogio rentado de la claque, saturarán los podios, encandilarán con oropeles y tinturas. Nos queda para nosotros, digo, este consuelo de ser dignos. Por compañeros, por obstinados, por tenaces, digo que se los quiere. Se los quiere y se los admira. Si algo queda por decir, digo un deseo: digan siempre. Un día, dirán de nosotros, de ustedes, que lo intentamos, que lo intentaron. No hay mejor medalla. He dicho.