No es un leitmotiv ni una frase de filtro para Facebook. Que lo sepan: aunque nos asesinen, no nos matan, nos multiplican. Asesinaron 30.000 y volvimos millones detrás de los pañuelos. Asesinan un puto por puto y florece el erotismo. Matan una negra villera y lesbiana y brota desde el subsuelo de la patria grande una marea favelera de pibas furiosas y organizadas. “Diversas mais no dispersas”, decía Marielle.

"¿Cuántos más precisan morir para que acabe esta guerra?". Uno de los últimos tweets de Marielle Franco, la concejala brasilera del PSOL asesinada el 14 de marzo. Cuatro días después de presentar una denuncia contra el batallón Nº 41 de la policía militar “el batallón de la muerte” por casos de gatillo fácil y abuso policial. Una lesbiana, negra, feminista e “hija de la favela” enfrentando una institución rancia machista y asesina.

La historia de la resistencia se escribe con aerosol en paredes de barrio, con fibrón en puertas de baño del bar, manuscritos en el subte o la parte de atrás del asiento del bondi. Nunca los grandes medios monopólicos de incomunicación contaron la verdad, ni de la dignidad villera, ni de la valentía trava, ni de la injusticia más grande de todas: la propiedad privada y su fetichismo. ¿Por qué? Porque tienen dueños.

La “guerra” de la que habla Marielle es milenaria. La grieta histórica es entre opresores y oprimidos, y después cada une elige de qué lado de la mecha encontrarse. Nuestras identidades acumulan opresiones o privilegios en una especie de lotería cósmica donde lo único que nos queda es hacernos cargo de lo que somos, de cómo nos leen los demás y rebelarnos a cualquier intento de que como personas nos asignen un valor económico o social.

"Vida y lucha, inseparables. Así ardieron la vida compañeras gigantes como Marielle, o como les 30.000. Así es que no se nos mueren"

Así de profunda es la razón y sin embargo muchas veces los signos los llevamos en la piel. O en los genitales, en el tipo de besos que damos o el lugar donde nacimos. Lo que llevás en la billetera o en el pantalón te da un trato preferencial o te empuja al barro. Si sos mujer la cocina, si sos varón la gerencia de una empresa. Si sos trava los bosques de Palermo, si sos rubia y flaca Miss Universo sin escalas.

Pero tranquilos que hay placebos: de vez en cuando surge el igualismo, que no es feminismo ni cuestiona la sociedad diseñada para varones. O la caridad para los niños pobres que de ninguna manera será jamás justicia social. Para la clase media y con moño llega la meritocracia, una forma de democracia rarísima en la que se asume que todos parten del punto 0 como si la historia comenzara en este mismo momento.

La “libertad de expresión” es el hit de las tribunas nazis que quieren expresar libremente su purismo racial y, por supuesto, también hay hashtags super cool para el racismo 2.0 del tipo #AllLivesMatter que funcionan perfecto para invisibilizar la pura realidad: los privilegiados son siempre unos pocos y siempre los mismos. Y quienes supieron verlo y desafiarlo dieron un vuelco en la historia.

Vida y lucha, inseparables. Así ardieron la vida compañeras gigantes como Marielle, o como les 30.000. Así es que no se nos mueren. Por eso es que la presencia de la que hablamos es infinita. Ahora el mundo sabe que en Brasil hubo un lesbiana de la favela que se animó a combatir las mafias policiales, así como se supo en aquellos años que en Argentina hubo un pueblo que resistía un genocidio. De eso no se vuelve. Que el mundo sepa que habitan en la memoria. Presentes ahora y para siempre quienes mueren luchando.

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