Está instalado en el imaginario social que “la brecha salarial” es que los varones cobren más que las mujeres por la misma tarea en sus empleos. Sí, esto es una realidad, pero la brecha salarial se manifiesta en otras variables mucho más profundas que se interrelacionan con complejidad y recorren todos nuestros ámbitos, comenzando por “el hogar”.



Dos conceptos son clave para comenzar a entender esta cuenta (que siempre nos da en negativa a nosotras): trabajo productivo y trabajo reproductivo. El primero es el que comúnmente conocemos como empleo, dirigido a productos y servicios. El trabajo reproductivo está compuesto tanto de las tareas necesarias para la reproducción humana, como el embarazo, el alumbramiento, la lactancia, así como del conjunto de atenciones y cuidados necesarios para el sostenimiento de la vida y la supervivencia humana: alimentación, cuidados físicos y sanitarios, educación, formación, relaciones sociales, apoyo afectivo y psicológico, mantenimiento de los espacios y bienes domésticos. Este tipo de trabajo es realizado mayoritariamente por mujeres y están socialmente invisibilizadas en tanto trabajo y por ende, en su valor económico.

En total, las mujeres emplean 15 horas semanales más que los varones si se considera el total de trabajo productivo y reproductivo. Es decir, dos jornadas de trabajo más por semana que nunca serán remuneradas. Y este diferencial entre ambos, esta especie de plusvalía femenina que pagamos por portación de útero, está directamente relacionada a todo ese trabajo por el que no nos pagan. Y aquí debemos tener en cuenta que el tiempo que ocupamos llevando a cabo estas tareas y que por consiguiente no podremos dedicarle ni al trabajo productivo ni a la formación personal, estudios, ni implemento de mejoras en nuestra actividad.

Aquí es donde podemos sumar otra línea de complejidad si tenemos en cuenta la situación de los hogares monoparentales: el 83% están a cargo de mujeres. Es decir, madres que sostienen familia de uno, dos o más hijos, sumándole a esta brecha de un ingreso que parte del 30% menos. Estos hogares requieren del servicio de guarderías y/o niñeras debido a la dificultad de congeniar el cuidado de los menores con las dificultades de sostenerlos.

En cuanto al trabajo productivo, es importante decir que la performance macroeconómica condiciona la brecha salarial. En criollo, cuanto mejor vaya la economía, más tenderá a achicarse la brecha salarial de género. Por eso es que decimos que en contextos de ajuste y falta de empleo, somos las mujeres las que más sufrimos la crisis.

Pero además, según los estudios del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) sobre la Encuesta permanente de Hogares del INDEC, existe una parte de la brecha salarial entre varones y mujeres que es estructural. Aproximadamente el 20% permanece década tras década invariable en cada muestra que se toma.

El hogar es tan solo el árbol, al levantar la cabeza se nos abre un bosque. Al alejar la lupa tan solo de lo doméstico, nos encontramos con la configuración general del trabajo. El 36% de las mujeres está inserto dentro del sector de trabajo informal, es decir que, una cada tres mujeres argentinas trabaja en negro, sin obra social, ni contribuciones.

Imagínense que si en el mundo del trabajo formal, donde el Estado debe regular las relaciones laborales, la brecha de género es de alrededor del 27% ¿Cuánto será la brecha en el mundo del trabajo en negro? La encuesta permanente de Hogares del INDEC arroja una cifra que oscila entre el 38% y el 41% como saldo final de este número que refleja una injusticia que se agrava aún más en los sectores más vulnerables.

Esta es una fotografía situada de lo que llamamos feminización de la pobreza, que, como vemos, es una realidad mucho más profunda y dolorosa que la que muestra la simple frase “las mujeres ganan menos que los varones en sus empleos”.

La feminización de la pobreza es un universo de injusticias entrelazadas que tejenuna telaraña patriarcal que atrapa con fuerza a las mujeres en un lugar relegado, no reconocido ymal remunerado. Y si en esta ecuación intentamos integrar a otras identidades como las lesbianas, las trans y travestis, las migrantes y descendientes afro, el resultado es que el conjunto de opresiones se vuelve insostenible.

Por eso compañeras, amigas, colegas, compatriotas, hermanas: nos necesitamos todas para cambiar esta nuestra casa. Nos necesitamos todas para construir un feminismo popular con la mirada al frente y la convicción clara de que no solo no queremos ni una menos, sino más bien que la patria es la otra.

* Andrea Conde es legisladora porteña (Unidad Ciudadana – Nuevo Encuentro) y Presidenta de la Comisión de Mujer, Infancia, Adolescencia y Juventud.