Por Hugo Yasky Secretario General de la CTA.

El estallido del 19 y 20 de diciembre, más allá de los distintos actores e intereses contradictorios que se entrecruzaron en las calles en esas turbulentas jornadas, quedará inscripto como la gesta popular que cambio el curso de la historia.

Es muy probable que con el correr de los años, el 2001 y el 2003 del ascenso de Néstor Kirchner terminen asimilándose como parte de una sola y misma cosa. Sin embargo, esos dos días calientes de diciembre de hace diez años marcaron el punto de inflexión del hastío, de la indignación y de la rebeldía ante el callejón sin salida al que habían llevado a nuestro pueblo el ajuste permanente, la aplicación de las recetas del FMI y las irritantes medidas de quienes, con frialdad de cirujanos, entendieron la economía como la ciencia de hacerle pagar a los que menos tienen los costos de la especulación financiera, de la corrupción y del asalto al patrimonio público.

Ese horror económico situó en la misma encrucijada histórica a los acorralados por el hambre y a los acorralados por la ingeniería confiscatoria ideada por los jerarcas de la banca internacional e interpretada en partitura local por Domingo Cavallo.

Eran los tiempos, no hay que olvidarlo, en que se dictaminaba desde las voces “autorizadas” de los cipayos de las fundaciones económicas y de los multimedios, acerca de la inviabilidad de las provincias del NEA y del NOA, de la sensatez republicana de entregar el gobierno a un elenco de tecnócratas designados por los acreedores externos y de otras infamias por el estilo, como la idea de desprendernos de parte de nuestro territorio para pagar deuda externa.

En medio de toda esa impudicia de la clase dominante que cometió el error de cálculo de pensar que la soga se podía seguir apretando alrededor del cuello de los mas débiles sin que pasara nada, es que se produjo la irrupción y el encuentro de los desesperados por el hambre y de los exasperados por la confiscación de sus depósitos. Dos contingentes del campo popular que rara vez se encuentran empujando para el mismo lado. Frente a ellos, la saña y la crueldad de la represión policial, especialmente en Buenos Aires y en Santa Fe constituyó el último recurso de los gobernantes para intentar barrerlos de las calles.

¿Cuál fue la gota que colmó el vaso? ¿El chispazo que inició el estallido? ¿Qué papel jugaron los intendentes del Conurbano que respondían al plan de provocación de Ruckauf y Duhalde? Estos y otros interrogantes probablemente no tengan una única e inequívoca respuesta. Lo que si está claro es que esos dos días pulverizaron el consenso que durante casi una década aseguró la hegemonía de las políticas neoliberales encarnadas en el Consenso de Washington.
Por supuesto, esto no hubiese sido posible sin la acumulación que se fue construyendo a lo largo de años y años de resistencia desde esa fuerza indoblegable sin programa y sin partido pero con tremenda capacidad de movilización y respuesta, que fue el movimiento sindical y social en la Argentina.

Por ello, en la memoria genética del estallido del 19 y 20 de diciembre están las puebladas contra los ajustes, los cortes de rutas y las acciones del movimiento piquetero con la mística rebelde del activismo barrial y juvenil, las desafiantes proclamas de la CTA y el MTA, sus acciones en conjunto como la marcha federal, la Carpa Blanca de los docentes, la marcha a pie de Rosario a Buenos Aires en el inicio del Frenapo reclamando la Asignación Universal por Hijo y los innumerables alzamientos de campesinos y trabajadores que desde todo el país alimentaron ese volcán en que se convirtió la Argentina, cuando nuestro pueblo entendió que quienes lo gobernaban le habían cerrado todas las salidas. La pesisficación asimétrica y el fin de la convertibilidad dando lugar al más brutal ajuste del que se tenga memoria, son demostrativos de que después del estallido el bloque dominante logró retomar el control de la situación e imponer sus reglas de juego, transfiriendo una vez más, el costo de la crisis sobre las espaldas de los sectores populares.

Pero para entonces la flecha ya estaba en el aire. La pérdida del consenso en torno a las medidas de ajuste, el rechazo al neoliberalismo y al FMI, el hastío frente al autoritarismo y la sed de justicia fue el sedimento de los que vino después: Néstor Kirchner y el inicio de un ciclo de ofensiva del campo popular que en sinfonía con otros países de América Latina erigió a la experiencia de esta región, tal como lo dijera hace poco la presidenta de la Confederación Sindical Internacional, en esperanza para los trabajadores de los países del norte arrojados a la picadora de carne del ajuste.