No fue una semana fácil.Nubes tóxicas, aguaceros torrenciales, inundaciones, la justicia anegada por cautelares por parte del grupo económico mediático más importante del país, imposibilidades, desazones, ajustes con el pasado que generan contradicciones se han conjugado para otorgarle a la primera semana de diciembre, esa que iba a terminar con un luminoso 7D para la democracia, un barniz de ofuscamiento político y una breve desilusión en aquellos que creían que los grupos poderosos eran capaces de adecuarse a la democracia con alegría y soltura y cumplir la ley con respeto a todos los argentinos.

Los estrategas del Grupo Clarín han sabido utilizar la polarización con el gobierno nacional para implantar una lógica amigo-enemigo, del tipo "el Estado contra Clarín", para esconder, en realidad su interés de multimedio de posición dominante que construye la monopolización del discurso y genera millones de televidentes cautivos y también perjudica a otras empresas competidoras en el mismo espacio. El plan de Héctor Magnetto consistió en buscar la autovictimización, basada en la construcción falaz de que un supuesto "Estado autoritario" avasalla los derechos de "los paladines de la libertad de expresión", y la empatía con una sociedad siempre dispuesta a desconfiar menos de una empresa brutal que del aparato estatal.

Esa estrategia logró reducir la ley más consensuada de la democracia argentina a una simple disputa de poder entre un gobierno y un medio de comunicación, cuando en realidad lo que ocurrió realmente es que el Grupo Clarín se intentó burlar, una vez más, en la propia cara de todos y todas las argentinas. E incluso embarró al Poder Judicial. Porque de eso se trata: de saber si la justicia tiene los ojos vendados e imparte sentencias sin mirar a quién, o como decía Martín Fierro: "La ley es tela de araña,/ y en mi ignorancia lo explico,/ no la tema el hombre rico,/ no la tema el que mande,/ pues la rompe el bicho grande/ y sólo enrieda a los chicos.// Es la ley como la lluvia,/ nunca puede ser pareja,/ el que la aguanta se queja, /más el asunto es sencillo,/ la ley es como el cuchillo,/ no ofiende a quien lo maneja".

Ese es el corazón del descontento de muchos: ¿no ha cambiado nada en este país en los últimos 140 años? ¿Continúa siendo el Poder Judicial una justicia sólo contra los pobres y que es capaz de permitir que un grupo económico desafíe a los millones y millones de argentinos que votaron la Ley de Medios? ¿Por qué Clarín tiene ante la justicia argentina beneficios que otros ciudadanos no tenemos?

En el último lustro, el kirchnerismo ha desmitificado al periodismo como lugar de sacralidad, independencia y objetividad. Se trató de una victoria pírrica, es cierto, pero hoy ningún argentino cree que los periodistas digamos desinteresadamente alguna una verdad sino apenas, y en el mejor de los casos, un recorte ideologizado de esa verdad. Y en el peor de los casos, claro, que "somos pagos" o que las empresas sólo defienden sus propios intereses con desvergonzadas operaciones de prensa como los títulos clarinescos de "ataque del gobierno a la justicia".

Como parte de la clase política –siempre sospechada– el kirchenrismo no tiene nada que perder en pelear en el lodo: los políticos nunca estuvieron protegidos con el óleo sagrado, por lo tanto, en toda pelea que emprenda con cualquier sector sacralizado lleva las de ganar. La oposición y los ciudadanos podrán patalear contra los vínculos del poder político con la prensa y la justicia, por ejemplo, pero a decir verdad, nadie espera otra cosa que haga un gobierno: "que compre periodistas, que se alíe con grupos poderosos mediáticos, que presione o soborne jueces". Esa sospecha paranoica está instalada genéticamente en ese pensamiento anarco-liberal-disolvente de las clases medias argentinas –que nada tiene que ver con el noble anarquismo–; lo que la sociedad no tiene muy claro, todavía, es por qué las empresas periodísticas se venden, por qué sólo defienden sus propios intereses, por qué tienen más apego a las operaciones políticas que a la misma verdad.

Lo mismo le va a ocurrir al Poder Judicial si continúa demostrando abiertamente sus miserias cotidianas: parcialidad ante los poderosos, connivencia con los grupos económicos más brutales de la Argentina –incluso el Grupo Clarín, obvio–, la complicidad de muchos de sus hombres y mujeres con la última dictadura militar –muchos de sus funcionarios ingresaron en la carrera judicial durante aquellos años de plomo–, la estigmatización que hace de los sectores populares, que los jueces son elegidos a dedo y esponsoreados por los Cablevisión con viajes a Miami, que sus miembros se regodean con sus dobles apellidos y construyen sistemas de ideas híper conservadoras, excepto contadas excepciones. (Y además no pagan el impuesto a las Ganancias como el resto de los mortales).

Durante la última semana –con la conformación vergonzosa de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Civil y Comercial compuesta por jueces cuestionadísimos por dádivas del Grupo Clarín que, a la sazón, son parte del proceso judicial y luego con el desafío a la Corte Suprema de esa misma sala– quedó demostrado que, en algunos sectores, la independencia del Poder Judicial del poder político es indirectamente proporcional a la dependencia o connivencia con los poderes económicos y mediáticos reales de este país.

El juego completo de los estrategas de Clarín consistía en construir una pantalla de humo con el blanco y negro, donde el Poder Ejecutivo apareciera como el "Ojo Rojo de Sauron" y, por el otro, aprovechando esa nube de humo elegir a dedo los jueces para que pudieran fallar a favor de Clarín y en contra de la democracia argentina. Y todo eso sazonado con un discurso de defensa de la independencia del Poder Judicial construido, en algunos casos, por los mismos jueces, que son cómplices de los grupos económicos.

La democracia argentina se merece, también, una revisión profunda sobre la democratización de la justicia. Se trata del único Poder del Estado que tiene cargos vitalicios y que no son elegidos democráticamente por el pueblo, una rémora del antiguo monarquismo medieval. Para que se trate de una verdadera justicia para todos y todas. Y para que –pidiendo perdón por el abuso de lenguaje "gauchi-político"– no se reitere una y otra vez el simbólico grito de Juan Moreira, cuando el sargento Chirino le clava la bayoneta por detrás: "¡Ah, cobarde! ¡A los hombres como yo, no se los hiere por la espalda! ¡No podés negar que sos justicia!" Hay en esa frase una bella denuncia: para los pobres, los gauchos, los criollos, la justicia sólo les tiene reservado un puñal traicionero. Para los demás, sólo es un palenque donde rascarse.