El 23 de diciembre pasado, Obama se refirió a la relación entre Estados Unidos y América Latina. Lo hizo en el marco de un cuestionario planteado por grandes multimedios de la región (Grupo de Diarios América). Balanceando su primer mandato, señaló que el vínculo con el resto del continente es más sólido que nunca y destacó lo que consideró sus progresos: más comercio e inversiones, firmeza en la lucha contra los cárteles del narcotráfico y las bandas criminales, promoción de la energía limpia, mayor transparencia en el envío de remesas desde Estados Unidos por parte de los trabajadores latinos, nuevas alianzas continentales, impulso a la gobernabilidad democrática y promoción de los Derechos Humanos universales.

En cuanto a las proyecciones para su segundo mandato, indicó que había que seguir profundizando el libre comercio y la radicación de inversiones, promover la competitividad en la economía global (a través de la Alianza Transpacífica) y el uso de energía limpia. Además, señaló que es necesario promover el turismo, incrementar los intercambios estudiantiles e intensificar el combate a la pobreza y la desigualdad. Sobre el tema seguridad, señaló que había que seguir trabajando en conjunto, tomando como ejemplos México y Colombia, para brindar mayor seguridad a los ciudadanos. Asimismo, prometió que impulsaría un acuerdo entre demócratas y republicanos para reformar el sistema de inmigración, dando mayor cobertura a los millones de "ilegales". E insistió con erigirse en defensor de la libertad y el respeto a los Derechos Humanos en la región.

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Más allá de las expresiones de Obama, el balance de sus cuatro primeros años de gestión en relación con América Latina no puede ser más decepcionante para quienes esperaban un giro radical respecto a su antecesor, el guerrerista Bush. Durante los primeros cuatro años del primer presidente afroamericano, se produjo el golpe de Estado en Honduras (contra un presidente que integraba el ALBA); desestabilizaciones en Venezuela, que no lograron derrotar electoralmente a Chávez; creciente militarización en la región, con nuevas bases; profundización de la fracasada lucha contra el narcotráfico; persistencia del embargo contra Cuba y de la cárcel ilegal en la Base de Guantánamo; continuidad de los mecanismos proteccionistas no arancelarios que afectan las exportaciones de bienes agropecuarios latinoamericanos, e intervención en los asuntos internos de los países de la región que plantean políticas distintas a las neoliberales impulsadas por los organismos financieros internacionales. La decepción de la mayor parte de los gobiernos de la región se expresó en Cartagena. En la última Cumbre de las Américas, en los temas principales, Washington quedó en soledad, secundado apenas por Canadá.

La estrategia de Obama será afianzar la Alianza Transpacífico, un resabio del ALCA en el que se impulsan políticas neoliberales, junto a los gobiernos de México, Colombia y Chile. El objetivo será intentar debilitar el eje bolivariano (frente al delicado estado de salud de Chávez, se prepara una nueva ofensiva en Venezuela). En ese mismo sentido, no habrá que esperar demasiados cambios en relación a la política hacia Cuba. La estrategia será intentar debilitar los proyectos de integración latinoamericanos (en torno al ALBA, la Unasur y la CELAC) y morigerar el avance económico chino, a través de la promoción del libre comercio de bienes y servicios (no así de productos agropecuarios) y el impulso a la radicación de capitales estadounidenses en la región, con mayores facilidades y menos regulación de los Estados.

Tampoco hay voluntad de reconocer el fracaso en la lucha contra el narcotráfico impulsada por Washington desde los años '70 (el caso más drámatico es el de México, con 70 mil muertes violentas en los últimos seis años). Más aun, Obama puso como ejemplo al país azteca: "En cuanto a la seguridad, estamos comprometidos a fortalecer nuestra cooperación contra los cárteles de drogas y las bandas criminales que nos amenazan a todos. Por eso estamos estableciendo una alianza con México para la Iniciativa de Mérida, así como con los países de América Central y el Caribe para colaborar entre todos para hacerle frente al tráfico de drogas y fortalecer el Estado de Derecho. También estamos colaborando con Colombia según esta comparte su experiencia en combatir las amenazas a la seguridad con otros países en las Américas". ¿Por qué esta "ceguera" frente a datos contundentes? Porque la lucha contra el narcotráfico es la principal excusa para ampliar la intervención militar en los países de la región.

Así, incluso con una retórica a favor del diálogo y la diplomacia, en los últimos cuatro años las bases militares de Estados Unidos en América Latina no hicieron sino incrementarse. Como señala Telma Luzzani en Territorios vigilados, "la nueva estrategia para el siglo XXI –conocida ya como la "doctrina Obama"–, cuya síntesis se dio a conocer el 3 de enero de 2012, advierte que para América Latina se buscará "mantener la presencia con formas innovadoras" a través de relaciones clave entre las FF AA, "ejercicios militares conjuntos, presencia de un número reducido de tropas en forma rotativa y asesoramiento en capacitación". Las siete bases militares en Colombia, el Centro de Operaciones y Almacenamiento en el Chaco y la base del Comando Sur en Concón, Chile, son parte de este entramado del intervencionismo del siglo XXI.

Pese a las ilusiones de algunos, Obama no trajo cambios en la relación con América Latina. El consenso bipartidista en la política hacia el "patio trasero" se mantuvo intacto. Y todo indica que el segundo mandato será más de lo mismo.

*Artículo publicado originalmente en Marcha.org.ar