El dictador no pudo ser enterrado en Mercedes, la ciudad que lo vio nacer, porque el pueblo se opuso. Mientras el cuerpo sin vida de Jorge Videla reposaba en la morgue del penal de Marcos Paz, el sábado 18 de mayo por la mañana, su hijo Rafael, en diálogo con un periodista de Clarín, decía: “Vivimos en una gran incertidumbre. Estamos esperando noticias, pero nadie nos dice nada. Si hasta nos enteramos de la muerte de mi padre por los medios”. Videla murió el día anterior a las 8.25. De inmediato, el hecho tomó estado público. Al igual que la familia Videla, toda la población, incluyendo altas figuras del Gobierno, se enteraron por la radio y la televisión. Sencillamente porque no hay censura. Rafael Videla no es el único que sigue pensando la comunicación con una mentalidad dictatorial.

El obituario del fin de semana inmediato a su muerte, es demostrativo de la soledad del tirano. No se animaron a salir en La Nación o La Nueva Provincia, los cientos de empresarios beneficiados, ni las decenas de ex obispos que empuñaron la palabra y el silencio, ni periodistas que lo idolatraron, como Mariano Grondona o Claudio Escribano.

Videla fue enterrado el jueves 23 en el cementerio privado Memorial de Pilar, donde están los restos de Emilio Massera y José Martínez de Hoz. No se dio a publicidad el lugar exacto de su tumba.

En los últimos dos meses, los genocidas presos están dando una pelea judicial consistente en pedir a los tribunales que les sea otorgada la prisión domiciliaria, fundada en razones de edad. La muerte de Videla sirvió de impulso a otros criminales de lesa humanidad para redoblar esa demanda. La realidad es que los informes clínicos de la última semana del dictador indican que fue atendido por nueve médicos, entre los de guardia y planta del penal, con todos los recaudos. Su propia familia lo había visitado el jueves 16 por la tarde, horas antes de su muerte, y Videla se había trasladado al lugar de visitas por sus propios medios. La historia clínica quedó a disposición de la Justicia y de sus deudos, y allí está documentada la atención y la medicación suministrada. Ninguno de los tribunales que lo tuvo como condenado o procesado ordenó que fuera atendido de otra manera o que fuera trasladado a otro lugar.

Todavía se escribirá mucho sobre el impacto de las dictaduras latinoamericanas en el comportamiento social. Si se repara en la literatura sobre dictadores, podrá contemplarse cómo hay textos que resultan, de algún modo, anticipatorios. Cuando Julio Cortázar escribió Historia de cronopios y de famas fue encuadrado como textos surrealistas. Fue en 1962, el año en que Arturo Frondizi era echado por militares pero que tenía al civil José María Guido como mascarón, fue cuatro años antes del golpe de Juan Carlos Onganía y 14 antes del de Videla.

Cuento sin moraleja. Un hombre vendía gritos y palabras, y le iba bien, aunque encontraba mucha gente que discutía los precios y solicitaba descuentos. El hombre accedía casi siempre, y así pudo vender muchos gritos de vendedores callejeros, algunos suspiros que le compraban señoras rentistas, y palabras para consignas, eslóganes, membretes y falsas ocurrencias.

Por fin el hombre supo que había llegado la hora y pidió audiencia al tiranuelo del país, que se parecía a todos sus colegas y lo recibió rodeado de generales, secretarios y tazas de café.

–Vengo a venderle sus últimas palabras –dijo el hombre–. Son muy importantes porque a usted nunca le van a salir bien en el momento, y en cambio le conviene decirlas en el duro trance para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo.
–Traducí lo que dice –mandó el tiranuelo a su intérprete.
–Habla en argentino, Excelencia.
–¿En argentino? ¿Y por qué no entiendo nada?
–Usted ha entendido muy bien –dijo el hombre–. Repito que vengo a venderle sus últimas palabras.

El tiranuelo se puso en pie como es de práctica en estas circunstancias, y reprimiendo un temblor, mandó que arrestaran al hombre y lo metieran en los calabozos especiales que siempre existen en esos ambientes gubernativos.

–Es lástima –dijo el hombre mientras se lo llevaban–. En realidad usted querrá decir sus últimas palabras cuando llegue el momento, y necesitará decirlas para configurar fácilmente un destino histórico retrospectivo. Lo que yo iba a venderle es lo que usted querrá decir, de modo que no hay engaño. Pero como no acepta el negocio, como no va a aprender por adelantado esas palabras, cuando llegue el momento en que quieran brotar por primera vez y naturalmente, usted no podrá decirlas.
–¿Por qué no podré decirlas, si son las que he de querer decir? –pregunto el tiranuelo ya frente a otra taza de café.
–Porque el miedo no lo dejará –dijo tristemente el hombre–. Como estará con una soga al cuello, en camisa y temblando de frío, los dientes se le entrechocarán y no podrá articular palabra. El verdugo y los asistentes, entre los cuales habrá alguno de estos señores, esperarán por decoro un par de minutos, pero cuando de su boca brote solamente un gemido entrecortado por hipos y súplicas de perdón (porque eso sí lo articulará sin esfuerzo) se impacientarán y lo ahorcarán.

Muy indignados, los asistentes y en especial los generales, rodearon al tiranuelo para pedirle que hiciera fusilar inmediatamente al hombre. Pero el tiranuelo, que estaba-pálido-como-la-muerte, los echó a empellones y se encerró con el hombre, para comprar sus últimas palabras.

Entretanto, los generales y secretarios, humilladísimos por el trato recibido, prepararon un levantamiento y a la mañana siguiente prendieron al tiranuelo mientras comía uvas en su glorieta preferida. Para que no pudiera decir sus últimas palabras lo mataron en el acto pegándole un tiro. Después se pusieron a buscar al hombre, que había desaparecido de la casa de gobierno, y no tardaron en encontrarlo, pues se paseaba por el mercado vendiendo pregones a los saltimbanquis. Metiéndolo en un coche celular, lo llevaron a la fortaleza, y lo torturaron para que revelase cuáles hubieran podido ser las últimas palabras del tiranuelo. Como no pudieron arrancarle la confesión, lo mataron a puntapiés.

Los vendedores callejeros que le habían comprado gritos siguieron gritándolos en las esquinas, y uno de esos gritos sirvió más adelante como santo y seña de la contrarrevolución que acabó con los generales y los secretarios. Algunos, antes de morir, pensaron confusamente que todo aquello había sido una torpe cadena de confusiones y que las palabras y los gritos eran cosa que en rigor pueden venderse pero no comprarse, aunque parezca absurdo.

Y se fueron pudriendo todos, el tiranuelo, el hombre y los generales y secretarios, pero los gritos resonaban de cuando en cuando en las esquinas.